Concluido el Congreso Plurinacional de Educación con sus limitaciones, dificultades y conclusiones reduccionistas e inviables, en medio de un contexto de desatención de la opinión pública centrada en la crisis multifactorial por la que atraviesa el país, queda claro que poco o nada se puede esperar de sus resultados de cara a ajustes estructurales en nuestro sistema educativo, menos aún palpado a diario la improvisada administración educativa actual.
Perdida esa oportunidad, se abre ahora un nuevo escenario para el debate educativo, tan necesario como urgente: El proceso de las elecciones generales, con las propuestas programáticas de los candidatos entre las cuales, sin duda, estará el tema educativo. Quienes con indiferencia vieron pasar de largo el proceso del congreso educativo, ahora cargarán su artillería discursiva con análisis y propuestas para la educación.
Es de esperar que el tema educativo, en el marco de dichas propuestas, no se reduzca nuevamente a visiones inmediatistas, a la demagogia de propuestas inviables o a pactos para no tocar nada que pueda desviar el voto de sectores con intereses en juego.
Los insumos que algunas instancias de la sociedad lograron preparar para el congreso podrán servir como base para exigir a las y los candidatos un manejo mínimamente informado sobre el tema, para la generación de espacios que recojan las reales necesidades y desafíos de la educación formal, y para una mirada estratégica que no parta del ingenuo «comenzar de cero» ni repita propuestas de cambio simplemente cosméticas.
Para ser serias, las propuestas de los candidatos deberán partir de información, de datos disponibles, tanto de las instancias oficiales (ministerios, OPCE, INE, entre otros) como de estudios y diagnósticos como el presentado por la Campaña Boliviana por el Derecho a la Educación (Situación de la educación en Bolivia. Un aporte de la sociedad civil en educación, 2024) y otros menos difundidos, que logran colocar en cifras y criterios mesurables lo que el sentido común ya conoce a veces de manera limitada o desproporcionada.
Será importante también que las propuestas electorales sobre temas educativos tengan un baño de realidad, se nutran de escuchar a los actores de base, no sólo a sus representantes y sus lecturas sesgadas por intereses sectoriales y de representatividad prebendal.
Se espera que las propuestas para educación no tengan temor de apuntar a las raíces de los problemas y, en consecuencia, proponer cambios estructurales, no maquillajes superficiales, aunque ello pueda implicar costos políticos respecto a sectores y grupos que puedan verse afectados. Una mirada estratégica que sepa que los cambios que nuestra educación necesita implicarán rechazos de quienes se ven beneficiados con la actual situación.
Se abre nuevamente una oportunidad para pensar y transformar la educación. No será suficiente esperar que se aborde el tema y que se lo haga con seriedad; será necesario estar alertas y activos para no dejar pasar nuevamente una posibilidad de establecer lineamientos de políticas educativas que nivelen los procesos de educación a las nuevas realidades que ya se imponen en lo local, nacional y global.
(*) Luis Fernando Carrión Justiniano es educador e investigador boliviano







