Si una película es capaz de despertar estremecimientos, conmociones y tristeza, es una gran obra. Y Mano Propia de Gory Patiño, lo consigue. En 80 minutos Gory te lleva por las marañas de la patria profunda y por el sinsentido de nuestra realidad sociocultural. Es la magia del buen cine.
Con un guion correctamente concebido, Mano Propia entrelaza acciones trepidantes, diálogos adecuados y categóricas personificaciones con la sensibilidad suficiente para llevar a la pantalla un relato tremebundo de Roberto Navia. La película despliega una trinidad de personajes en temporalidades superpuestas: el padre, el hijo, y casi un Espíritu Santo en la figura de un fiscal probo y apegado a las sagradas escrituras de la justicia boliviana. Los tres momentos representan uno de los dramas de este tiempo: los linchamientos o ajusticiamientos en comunidades alejadas en la inmensidad territorial boliviana. Este drama se sitúa en el trópico boliviano, en esa tierra de nadie donde se ejercen acciones motrices, irreflexivas, y criminales de grupos sociales perdidos en esos parajes paradisíacos. Por esos lares impera la ley del más fuerte y los códigos de los poderes fácticos de la droga y la delincuencia. Por su guion y su correcta realización, Mano Propia es más que un relato de esos brutales actos colectivos, es la imagen descarnada de nuestra incapacidad colectiva de no lograr en doscientos años un estado pleno, poderosamente organizado. Y ese extremo, se representa cinematográficamente, en un vetusto puesto de policía con tres pobres diablos vestidos de verde olivo, un cuartucho destartalado como fiscalía de Villa Nogales, un oxidado 4×4 que apenas enciende, y unos personajes huérfanos de la mano de dios.
Las manos crispadas cubiertas de barro, de cenizas y sangre que se limpian y sanan con la lluvia, y que además ocupan toda la pantalla, son el punctum de la obra de Gory y su equipo; una simbología que tiene la potencia para que coliguemos el drama de esos personajes del trópico con la tragedia de toda la familia boliviana de este tiempo: incendios, bloqueos, y la violencia de las más bajas pasiones políticas. Estamos ante un ejemplo de buen cine que conmueve y perturba meciéndote en un vaivén entre la ficción y la realidad.
Al salir de la proyección, las interrogantes implantadas por Mano Propia continúan en tu mente, y esa persistencia de mensajes e imágenes dice mucho de esta película. Te cuestionas sobre la brutalidad humana, sobre la indefensión colectiva; y piensas también, que mucha dirigencia política de este tiempo ha emergido de esa tierra de nadie donde imperan los antivalores del desgobierno porque, como se reitera en algunos diálogos de la película: “aquí las cosas funcionan de otra manera”.
Carlos Villagómez es arquitecto







