Entre montañas y miradores, cholets y q’oas, El Alto emerge orgulloso ante el mundo del turismo, un potencial que asienta sobre las bases de su belleza natural y, sobre todo, la cultura que atesora desde sus ancestros y está viva en su gente.
Los primeros pasos tímidos del turismo alteño empezaron hace una década, así lo cuenta Wilson Sangalli, jefe de la Unidad de Turismo de Gobierno Autónomo Municipal de El Alto (GAMEA), en entrevista con La Razón.
Con el paso de los años, El Alto ha virado a un rumbo decisivo con el sello “Capital de los Andes”, para que el turismo se convierta en un potencial económico. El ingenio y voluntad de su gente han sido fundamentales.
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Tan diversa como su población, la oferta turística de El Alto es amplia, pero tiene una particularidad: mostrar a quienes lo visitan cómo la cultura se ha traducido en un modo de vida arraigado por generaciones y que, aunque es adaptada, mantiene la esencia de la cosmovisión.
“Generalmente, el turista extranjero, como desconoce de nuestra cultura, es de otro entorno, pues se queda maravillado”.
TURISMO
Visitar El Alto es vivir experiencias. Una de ellas empieza por debajo de la tierra, en una bocamina, donde los visitantes pueden convertirse en mineros.
Al llegar al Distrito 13 del municipio, los turistas se despojan de su rol de visitante y asumen la actividad minera, en la experiencia impulsada por comunarios llamada Minero por un Día.
“Los comunarios se encargan de dotar todo el implemento necesario: casco, botas, overoles. Van a acompañados de un guía y visitan interior mina por lo menos por una hora y media, donde experimentan lo que es ser minero”, explica Sangalli.
La ruta empieza como sería la normal jornada de una persona que se dedica al rubro. Incluso hay oportunidad de ver la figura del Tío, deidad del inframundo.
“Van a tener la experiencia cultural”.
El funcionario explica que la comunidad tenía entre sus potenciales económicos la minería y la crianza de camélidos, pero que ha decidido potenciar su turismo con esta experiencia.
De debajo de la tierra, el turista puede luego salir a las calles de El Alto. Allí, la cultura se refleja en la imponente arquitectura neoandina, más conocida como cholets. Caracterizados por su originalidad, colores brillantes, forma artística y creatividad, estos inmuebles envuelven en realidad un significado profundo sobre la cultura andina.
“Consiste en mostrar una cosmovisión andina, los tres espacios del hombre andino: Akapacha (superficie), Manqhapacha (profundidad) y Alaxpacha (atmósfera) y a partir de ello se ha dado color a la ciudad”.
Cada piso tiene una razón de ser y está ligada a esta creencia de estos tres espacios que representan a los tres niveles de presencia.
Por ejemplo, “en el Manqhapacha, en todas las edificaciones que se han podido observar, es un lugar fructífero, como la tierra; por eso todas esas construcciones siempre tienen tiendas, almacenes, lo que genera recursos”.
En tanto que, “los primeros y segundos pisos, son locales, donde se desarrolla toda la parte cultural de nuestro pueblo”, afirma.
Finalmente, lo más alto de la edificación, en los últimos pisos, es donde suelen vivir los dueños.
Los cholets, son ahora parte del turismo alteño. Sangalli explica que esta idea nacida del conocido arquitecto boliviano Freddy Mamani ha cambiado con los años, pero mantiene su esencia.
Al sentido cultural de su origen se suma la creatividad y modernidad de su desarrollo. Los dueños han impreso en ellos sus sueños; ahora vemos temáticas en éstos, como el Crucero de los Andes, que tiene un último piso cual una embarcación fuera, entre otros.
A la arquitectura cultural se suma el arte de cada detalle, pinturas en fachadas y laterales, estructuras metálicas y más.
“En (la zona de) Villa Adela hay una inmensa cantidad de cholets y con ellos se ha creado un circuito turístico, en el que el turista puede conocer esto sobre la cultura y los cholets con los que se tiene convenio con sus dueños”.
El ingenio del alteño da un paso más, el turista no solo se limita a mirar. “Hemos tenido oportunidad de guiar a los turistas extranjeros hacia los cholets y allá los han recibido como se recibe a un preste y han compartido dentro de esto una fiesta pequeña; eso les ha agradado mucho. Han practicado el ayni (entendido como reciprocidad), de colaboración. Va relacionado con eso, con mostrar la cultura que tenemos”.
El arte de El Alto también se aprecia en los conocidos condominios Whipala, que tienen pinturas del reconocido artista Roberto Mamani Mamani.
Ya en las calles de El Alto, un punto que también se impulsa es la lucha libre entre cholitas.
“Es un espectáculo alucinante, sobre todo a los turistas extranjeros les encanta, disfrutan del show que ellas presentan”.
Tras estar en la tierra, en las calles de El Alto, el turismo invita también a ir más allá de lo visible.
“Tratamos de que esa espiritualidad pueda ser el reflejo de lo que somos y podamos compartirla con otros”, detalla Sangalli.
Los turistas tienen oportunidad de hacer la ruta esotérica, con la visita al Mercado de las Brujas. “Los yatiris ahí tienen sus casitas para poderte leer la suerte, ya sea en hoja de coca. Ahí tienen elementos andinos muy interesantes, los cuales se pueden visitar. Es una ciudad de contrastes”, precisa a La Razón la presidenta de la Cámara Nacional de Operadores de Turismo (Canotur), María Lourdes Benavides.
La oferta turística de El Alto está también llena de belleza natural. Desde miradores, hasta incluso turismo de aventura, es posible en este municipio.
“Tenemos, por ejemplo. una visita al glaciar Charquini o al nevado Huayna Potosí con un trekking, una caminata por la Ruta Qhutaña o en el Valle de Kaque Marka”, menciona el funcionario.
La altura de El Alto hace también atractivas vistas del resto de la ciudad de La Paz, desde los miradores e incluso desde los teleféricos que hacen rutas amplias.







