Es junio y mi memoria evoca a Filemón Escóbar. La noche de su fallecimiento, hace siete años, agarré un manojo de hojas de coca para pijchar en su honor y recordé las imágenes de una fiesta marcada por su zapateo con doña Olga, su compañera de vida. Lo recuerdo con un pucho en los labios conversando con voz grave y ojos sonrientes. Siempre diciendo “oye”, cada tanto exclamando “carajo”. Lo conocí en la presentación de su libro Testimonio de un militante obrero (1984) y —casi— nunca dejamos de charlar y discutir.
Tuve la suerte de verlo en acción en el congreso de la Federación de Trabajadores Mineros de Bolivia en 1986. En la mina San José, Filemón planteó la Tesis de Catavi enarbolando la defensa de la democracia para frenar posturas radicales de izquierda que proponían derrocar el gobierno de Hernán Siles, acorralado por fuerzas opositoras que controlaban el parlamento. Comisiones y plenaria, tesis por mayoría y minoría, enérgicos debates entre oradores que respaldaban sus posiciones con citas de Lenin y Trotsky. Esa era la cultura política de la poderosa clase obrera del siglo XX. Él afirmaba que había que preservar la democracia como escenario decisivo para la acción política de los sindicatos, a los que concebía como órganos de poder. En ese entonces, su noción de coyuntura democrática lo distinguía de sus detractores políticos que, por miedo o desprecio, eran un montón —por derecha y por izquierda—. Años después, cuando Filemón asumió posturas críticas sobre Evo Morales, varios de esos personajes —de derecha e izquierda— se pusieron una máscara hipócrita de admiración de su estilo y remedaron su retórica para desplegar sus afanes opositores. La contracara fue la ingratitud del MAS que, desde su ruptura con Evo Morales, puso un manto de olvido a los aportes de Filemón para la formación del “instrumento político”, afín a su visión de los sindicatos como órganos de poder.
Su recorrido político e intelectual estuvo signado por la creatividad y la pasión. En 1985 fue candidato vicepresidencial de Genaro Flores, líder del katarismo y ejecutivo de la CSUTCB, bajo una idea anticipatoria: “la clase obrera ya no es la vanguardia, debe ir detrás de los indios”. Cuatro años después fue elegido diputado merced al voto rural; esos años realizaba una incesante labor de formación política y sindical en el Chapare impulsando la opción por una vía democrática cuando los campesinos cocaleros estaban sometidos a una brutal represión y discutían la formación de grupos de autodefensa. La consolidación del MAS como “instrumento político” y su victoria electoral en 2005 fueron la confirmación indirecta de las ideas de su Tesis de Catavi, esa de 1985.
Esas ideas fueron enriquecidas en 2008, cuando Filemón publicó De la Revolución al Pachakuti que planteaba la complementariedad entre opuestos, en un desplazamiento de su marxismo clasista a un indianismo de corte nacional-popular. Tuve el privilegio de dirigir el acto de presentación de ese libro en un auditorio de la universidad. Al inicio del evento, Víctor López ingresó en la sala y, con ojos llorosos, se fundieron en un largo abrazo con Filemón. Ellos, junto con Simón Reyes, fueron destacados dirigentes del proletariado minero en la fase de su ocaso. Frente al reto de la historia, Filemón sembró ideas decisivas para que la izquierda se identifique con la democracia, la política se sustente en los sindicatos y el cambio tenga como protagonistas a campesinos e indígenas. Ese es su legado, lo recuerdo con respeto.
Fernando Mayorga es sociólogo.







