En 1930, el economista ingles J.M. Keynes escribió su ensayo Las posibilidades económicas de nuestros nietos. El contexto bajo el cual escribió su ensayo fue después del crack bursátil de 1929, el cual había hecho que la economía mundial entre en recesión, afectando tanto a las empresas como a las personas pues se sentían desilusionados y con actitud negativa del porvenir; en palabras de Keynes, se sentía un “pesimismo económico” en el conjunto de la sociedad inglesa.
No obstante, Keynes aún albergaba esperanza en el futuro de la economía inglesa y mundial, producto del desarrollo de la tecnología y la acumulación del capital, previendo grandes avances para los próximos 100 años con el consiguiente bienestar para las futuras generaciones: los nietos que vendrían.
Pesimismo
Así, Keynes tuvo que oponerse a ese pesimismo económico, encarnado en “el pesimismo de los revolucionarios que piensan que las cosas están tan mal que nada puede salvarnos sino el cambio violento, y el pesimismo de los reaccionarios que consideran tan precario el equilibrio de nuestra economía y vida social que no podemos arriesgarnos con experimentos” (el énfasis es mío).
Haciendo un paralelismo, con las salvedades del caso, algo parecido está ocurriendo a la sociedad boliviana. Al parecer, el conjunto de la sociedad se ha impregnado de un pesimismo económico, impulsado por el contexto que estamos atravesando: escasez de dólares, filas largas para abastecimiento de carburantes y alimentos, quema de extensiones de vegetación en el oriente, sumado a los problemas por los datos del censo.
Producto de tal coyuntura, los pesimistas revolucionarios quieren cambios violentos, a través de marchas, huelgas, paros y bloqueos; incluso piensan deponer al presidente actual, como si los problemas económicos desaparecieran con él una vez dimita al cargo. También están los pesimistas reaccionarios, quienes no pueden concebir otro tipo de solución a la situación económica actual, recomendando nuevamente una terapia de shock económico, o lo que conocimos como ajuste estructural, bajo el Decreto Supremo 21060, a mediados de los años 1980.
Bolivia
La Asamblea Legislativa Plurinacional es un claro ejemplo de la presencia de ambas posturas pesimistas, las cuales vienen obstaculizando la aprobación de créditos de organismos internacionales (cerca de mil millones de dólares), que, si bien no son la solución a todos los problemas, sí ayudarían a mejorar el desempeño económico, vía inversión pública. El argumento que sostienen es: un mayor endeudamiento será una carga para las futuras generaciones e incrementará el déficit fiscal del sector público. No obstante, no tiene por qué ser así.
Como sostuvo el economista William Baumol en su artículo Hacia un crecimiento sostenido. Argumentos a favor de una política nacional para combatir la recesión, en concordancia con lo sostenido por Keynes: “lo importante es reconocer que las políticas contra la recesión… tienen implicaciones que van mucho más allá de sus consecuencias fiscales directas. Está claro que el propósito de cualquier política contra la recesión debería ser la creación de oportunidades de empleo”.
Medidas
De ahí que Baumol señalase, durante la Gran Depresión de Estados Unidos, “una gran parte del gasto público se dedicó a programas para estimular los outputs más duraderos, que no eran necesariamente productos comercializables. Por ejemplo, se hicieron (o mejoraron) muchas carreteras, se construyeron (o mejoraron) muchas escuelas y oficinas de correos y se concedieron muchas subvenciones a las artes. En resumidas cuentas: una cantidad significativa de fondos públicos se adjudicó a la mejora y expansión de las infraestructuras y actividades de calado social. No pura y simplemente a la creación de productos para el consumo inmediato… En consecuencia, yo si sostendría que nosotros, los hijos de los que eran adultos durante la Gran Depresión, no nos podemos quejar del legado de la carga financiera que nos han dejado. Seguimos disfrutando los beneficios de aquellos gastos”.
Por lo expuesto, no hay nada de malo que un país se preste dinero cuando el fin es el dinamismo de la economía -que las empresas no paren, que la gente no quede desempleada y puedan llevar dinero a sus hogares-, porque a futuro se tendrán mayores beneficios y se podrá honrar las deudas. Seguro que habrá que adecuar el modelo de crecimiento que tenemos actualmente a los desafíos de la economía mundial, mucho más dinámico producto del desarrollo tecnológico, sin dejar de lado la responsabilidad medioambiental; pero de ningún modo debemos de actuar como los pesimistas reaccionarios y revolucionarios si pretendemos dejar un mejor porvenir a nuestros hijos y nietos.







