El país está envuelto, como si fuera el umbral de un enervo demoniaco, en una contaminación atroz. Es algo recurrente de los últimos años. El humo es parte del paisaje cotidiano. Los incendios alcanzaron a devorar 3.000 hectáreas de bosques. Bolivia es una cortina de humo.
Por estos días, hace un lustro atrás, otra contaminación ambiental fue parte de un engranaje conspirativo político que, tres meses después, a mediados de noviembre de 2019, desembocó en un golpe de Estado. Obviamente, los agitadores de aquella tramoya golpista señalaban como culpable de esos incendios al gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS). Ese discurso conspirativo decía que las autoridades masistas habían autorizado a sus bases campesinas, es decir, a los denominados “interculturales” migrantes, “invadir” esas zonas orientales con el propósito de extender la frontera agrícola para el cultivo de la hoja de coca.
Obviamente, ese señalamiento de la oposición, en medio de una coyuntura electoral, tenía un propósito político: perforar el liderazgo de Evo Morales. Pero, además, este discurso tenía un dejo racista y regionalista: la “invasión de los collas” a esos bosques impolutos. Desde luego, ese discurso estaba alimentado de fake news —rasgo del proceder de las ultraderechas actuales— para desvirtuar la realidad. Esas falsas noticias —o por lo menos, medias verdades— sobre los incendios de los bosques, a la par del humo, se esparcieron por las redes sociales hasta convertirse en una “verdad fabricada” en el campo político.
Datos oficiales y expertos en el tema coinciden que los interculturales provocan el 5% de los incendios forestales. Mientras tanto, la agroindustria es el mayor contribuyente con el 45%. ¿Qué significan estos números? En primer lugar, fue una vil mentira que los campesinos collas, es decir, los interculturales, habrían sido los principales responsables de este desastre ambiental, y, en segundo lugar, la agroindustria que sostiene el “modelo cruceño” en los hechos habría sido la principal responsable de esta crisis ambiental.
Detrás de ese discurso rimbombante en torno a la “defensa de la naturaleza”, los operadores de la conspiración golpista usaron a los “interculturales” —e incluso a los pueblos indígenas— habitantes de esas tierras carcomidas por el fuego como los chivos expiatorios del desastre natural. O sea, fue una cortina de humo para esconder a los verdaderos responsables de la hecatombe ambiental: los señores de la “república de la soya”, como diría Manuel Suárez.
Estos señores de la agroindustria que propalan el discurso modernizador solo son para esconder su apetito capitalista voraz, que hicieron grandes negocios en detrimento de la naturaleza, pero que, a la vez, les permitieron tener una influencia política sobre los diferentes gobiernos, independientemente de su cuño político/ideológico. Al fin al cabo, a ellos les interesa hacer grandes negocios. Ellos son los principales depredadores del medio ambiente que, a nombre de la modernización de Bolivia, especialmente de Santa Cruz, no solamente están provocando una contaminación ambiental, sino, por sus implicancias, están provocando efectos a la salud pública ya que los/las bolivianos/as están respirando un aire contaminado.
Esta crisis ambiental que sufre Bolivia pone en el debate ese discurso modernizador del “modelo cruceño” que es —fundamentalmente— capitalista y, por lo tanto, individualista, ya que se asienta en ese afán devastador de la naturaleza. Esta “pausa ambiental” es insuficiente, se necesita patear el hormiguero para revelar quiénes están detrás de esta cortina de humo.






