Miles de palestinos desplazados por la guerra regresan al norte de Gaza, entre alivio de volver a sus tierra y tristeza ante la magnitud de la destrucción y ver sus territorios convertidos en ruinas.
Entre la marea humana de personas que finalmente lograron acceder a lo que fue Ciudad de Gaza, un hombre se arrodilla en el suelo para agarrar un puñado de tierra y olerla.
A su alrededor, rostros sonrientes se codean con miradas incrédulas. Algunos esbozan la «V» de la victoria con los dedos, mientras que otros se quedan aturdidos ante el paisaje de desolación.
Más del 60% de los inmuebles del enclave palestino quedó destruido por los 15 meses de guerra entre Israel y el movimiento islamista Hamás.
Algunos se toman fotos, pese al panorama lleno de escombros y charcos de aguas residuales.
El acceso al norte fue autorizado el lunes, tras nuevas negociaciones entre Hamás e Israel.
Pero en realidad muchos habitantes habían comenzado a avanzar hacia Ciudad de Gaza en el primer día de la tregua, hace más de una semana.
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Solo ruinas
«Es nuestra primera noche juntos» tras mucho tiempo separados, dice Mona Abu Aadrah, una chica de 20 años, que acaba de reencontrarse con sus tres hermanos.
La muchacha se refugió durante meses, con sus padres, en una escuela de Deir al Balah, más al sur, transformada en campo de desplazados para acoger a quienes tuvieron que abandonaron sus hogares a causa de los bombardeos y los combates.
La casa familiar quedó «destruida», y no tienen «ni colchones, ni mantas». Para pasar la noche montan una carpa, adosada a la única habitación que todavía conserva parte de sus paredes.
«Tampoco tenemos agua potable», añade Aadrah.
A su llegada, todas las personas entrevistadas por AFP dijeron que carecían de productos de primera necesidad.
«Mantuve un fuego encendido toda la noche para calentar (a mis hijos)», dice Saif al Din Qazaat, de 41 años.
Este hombre confía en que pronto reciban carpas ya que muchas casas, como la suya, están destruidas.
«Todos estamos contentos de haber regresado, pero nuestra situación es catastrófica», resume Mahmud Kashko, de 52 años.
«Aquí no hay nada para vivir».







