Gregory, el sensei del origami, su dormitorio está tapizado con pósters de personajes de anime y de Los Vengadores.
Su ropero está cubierto con sus dibujos. Encima de una mesa, como si fuera un altar, se encuentran esculturas de papel, que son una muestra de que Gregory es un sensei del origami.
El origami es un arte asiático que consiste en hacer pliegues con un pedazo de papel (sin utilizar tijeras ni pegamento) para formar esculturas pequeñas.
En especial de animales y plantas, porque tienen significado ritual.
Su origen se sitúa en el siglo VII, cuando monjes budistas chinos cultivaron las técnicas del plegado y las enseñaron en otros países.
Un siglo después, los japoneses desarrollaron el origami —del japonés ori (plegar) y kami (papel)— y lo incluyeron como un elemento de los rituales sintoístas.
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Gregory
Después, este arte se expandió por el mundo. Obviamente, también en Bolivia.
El sábado 26 de febrero de 2011 es más que una fecha, es un tatuaje en la vida de Gregory Aduviri Callisaya (25 años).
A las ocho de la noche, su mamá lo despertó para decirle que tenían que desalojar la casa, porque Callapa y las zonas circundantes se estaban deslizando.
“Cuando salí de mi cuarto todo se estaba deslizando. Ha sido impactante para mí, muy fuerte. Aquella noche, lo único que pudimos sacar fue algo de ropa, nada más”, recuerda de cuando tenía 14 años.
Hubo aproximadamente 5.000 personas damnificadas. Entre ellas, Gregory, sus dos hermanas menores y sus padres (Gregorio Aduviri y Gregoria Callisaya).

Quienes se alojaron durante un tiempo en un colegio de Irpavi Bajo.
Cansados de vivir en un aula con otras cuatro familias, la familia emigró a El Alto, a Tilata, para cuidar una casa.
Dos años después del megadeslizamiento, la familia Aduviri Callisaya se trasladó, finalmente, a un complejo de departamentos en Alto Chijini, Distrito 12.
En ese transcurso, Gregory conoció el origami, cuando en el colegio vio a otro niño que presumía cómo armaba una grulla con una hoja de papel.
Pidió que le enseñara, pero no quería, así es que, mezclado entre los demás, llevaba papel y emulaba los movimientos del compañero.
Al poco tiempo, no solo aprendió a armar el ave, sino que les enseñó a sus amigos.
No obstante, su madre se lo prohibió, pues creía que era pérdida de tiempo.

Además, “las hojas no se rompen, solo sirven para estudiar”, afirmaba para explicar que era mucho gasto para su economía.
La prohibición, el fútbol y el básquetbol hicieron que Gregory se alejara del origami por unos años.
Hasta que vio un puesto en la Feria 16 de Julio, donde había publicaciones y figuras relacionadas con este arte.
“Veo una figura expuesta y me sorprende, porque todo eso sale de un cuadrado. Yo, que ya hago origami, quería hacerlo”, comenta.
Su padre le compró unos textos de origami y, con ellos, armó cada vez más figuras de papel.
Tantos, que no podía ocultar su afición. Empero, su vida volvió a trastocarse cuando se enteró de que su mamá tenía una enfermedad incurable.
En sus últimos días, doña Gregoria pidió a su hijo que cuidara de sus hermanas y que siempre se alimentara bien.
“Haz lo que quieras, lo que más te guste”. Esas palabras fueron el permiso implícito para que Gregory continuara armando figuras de papel.
Esta pérdida ocurrió cuando terminaba el colegio, así es que, como le “gusta modelar, dibujar y pintar”, decidió estudiar Industria de la piedra en el Instituto Tecnológico Superior Mirikiri, en Comanche.
“Lo hice también porque quería olvidar el dolor por mi mamá”, cuenta.
Volvió al departamento de Alto Chijini tres años después, con muchas más ideas y proyectos, que los plasmó gracias al Club Origami El Alto.
Este arte tiene varios niveles. Empieza con el básico, con figuras hechas hasta con siete dobleces.
Medio, que tiene 30 a 50 pasos; avanzado, hasta 300 pasos, y el nivel superior es el experto en patrones de plegado y diseño, que tiene infinidad de dobleces, según explica Gregory.
“Ahora no necesito libros, ni líneas; empecé a hacerlo solo, desde mi mente”.
“Cierro los ojos, me concentro y empiezo a generar una infinidad de figuras”, comenta el artista.

Para encontrar paz interna, en su dormitorio necesita una mesa y hojas de papel, pues Gregory se abstrae de todo y comienza a hacer figuras complejas.
Como dragones, caballeros medievales, cancerberos, barcos pirata, sirenas e incluso una máscara de moreno.
“Solo es generar puntas. Tienes que ver la imagen o el diseño y ver cómo hacer”, dice con falsa modestia.
Quiere que la gente conozca su trabajo y que sepan que este arte puede ayudar en la vida.
“Me ha ayudado a superar la muerte de mi mamá, soy tranquilo, no tengo ningún vicio, me ayuda a que mi alma se encuentre estable, mi paciencia está en otro nivel”, asegura.
Por ahora no planea hacer del origami un negocio, sino crear textos para enseñar a los niños.
También presentar una exposición con sus mejores figuras y terminar su vida como las historias que le gustan: con un final feliz.
Texto: Maro Fernández ríos
Fotos: Salvador Saavedra







