DIBUJO LIBRE
De la misma manera, en 1825 la oligarquía minera y hacendataria de Sucre y Potosí lideró un proceso conservador, retrógrado y pre-moderno. Creó Bolivia porque quería permanecer como clase dominante en una estructura colonial, separada de Perú y de Argentina, porque quería seguir explotando las tierras y minas en base al trabajo de aymaras y quechuas. Lo consiguió. Consiguió que seamos el país más pobre de su tiempo, que la gente viva en la miseria, que no haya posibilidades de desarrollo y modernización, que no haya esperanza en el futuro.
De la misma manera en 1899 otra vieja oligarquía de hacendados y mineros en La Paz decidió disputar el poder político a Sucre, para implantar una vez más el mismo modelo exportador de materias primas sin valor agregado. Una vez más se desdeñó la industrialización del país. Esa oligarquía paceña tuvo éxito. Logró que fuéramos el país más pobre de su tiempo, que la gente viva en la miseria, que no haya posibilidades de desarrollo y modernización, que no haya esperanza en el futuro.
De la misma manera, antes de 1952, la oligarquía de hacendados se alió con Patiño, Hochschild y Aramayo, para seguir explotando las minas y las tierras en base al trabajo de quechuas y aymaras; por otra parte, explotando a guaraníes, chiquitanos, guarayos y mojeños en las haciendas y en la explotación de la goma, en el oriente. Su modelo de país siguió siendo el mismo, la explotación de materias primas sin valor agregado. Este modelo aseguró que seamos el país más pobre de su tiempo, que la gente viva en la miseria, que no haya posibilidades de desarrollo y modernización, que no haya esperanza en el futuro.
De la misma manera hoy la oligarquía del Comité Cívico, representante de las antiguas familias dueñas de Santa Cruz, no quiere dejar el poder que disfrutaron sus padres y sus abuelos. En su desesperación opta por el desastre. Su modelo es la explotación de materias primas sin valor agregado (soya, la principal) que representaban solo 12% de las exportaciones del país en 2021. Copia del modelo anterior, solo que en lugar de minerales se impone la soya.
Y de la misma manera hoy la oligarquía cruceña quiere separarse de Bolivia para mantener su modelo conservador, retrógrado y pre-moderno. Minimizados en territorio y población seguirán fatalmente el curso que ha tenido Bolivia, porque del mismo modelo no puede salir más que el mismo fracaso. Este modelo solo ha traído y traerá a Santa Cruz la vida en la miseria, que no haya posibilidades de desarrollo y modernización, que no haya esperanza en el futuro.
En el mundo solo desarrolla y mejora el nivel de vida de su gente aquel país que es capaz de vender productos industrializados en el mercado internacional. Nunca un país se hapodido desarrollar en base a la producción de materias primas, alimentos o minerales. Esta región viene cediendo materias primas al mundo desde hace más de 500 años, esta es la clave de nuestra pobreza y de nuestra derrota.
Se necesita, pues, un cambio de mentalidad, un pensamiento nuevo, moderno, liberador, humano, solidario, generoso, atrevido y transformador. En nuestro país este pensamiento debe venir encarnado en un pueblo unido, una nación verdadera, con su propia historia milenaria, con su propia cultura, con sus propios idiomas, con hambre de futuro y determinación serena. Esta nación no puede ser otra que la aymara, quechua, guaraní, chiquitana, guaraya, mojeña y todas las naciones que habitan este territorio. Nos reconocemos en estas naciones, nos reconocemos en estos nombres, porque son nuestros nombres, nos vemos en ese espejo, descansamos de nuestras fatigas en los relatos de su historia, sus luchas, su comunión con la naturaleza, su visión comunitaria de la vida y su valentía. Nos levantamos cada día con esa fuerza para trabajar la tecnología, la técnica, las sutilezas del pensamiento; con mentalidad emprendedora, revolucionaria e innovadora. Ya no hay caudillos que puedan dominarnos, ya nunca más iremos como esclavos a vitorear en una plaza al capataz de turno. Porque de ahora en adelante las decisiones las tomamos nosotros, no con un grito, no con las emociones exaltadas por la palabrería de un maleante de balcón. Las decisiones las tomamos en la comunidad del barrio, en el ayllu, en las asambleas y consejos de nuestras naciones, mediante el diálogo abierto, la discusión respetuosa, cara a cara, midiendo no solo la palabra sino los sentimientos.
Vivimos, en noviembre de 2022, el acto final de la tragedia. No más modelos económicos fracasados, la industrialización es nuestra meta, un nivel de vida digno que nos llene de esperanza y de ganas de vivir cada mañana; basta de oligarquías suicidas, a este territorio lo sostiene una nación de naciones, unida y fortalecida, moderna y emprendedora.
(*)Carlos Saravia T. es historiador







