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Siglo XX: Sobreviviendo

El recorrido por viejos caminos te trae sorpresas, ya no es la calle que te lleva al trabajo, es la que te ofrece tentaciones para un alto en el camino. Es un mercado persa, por la variedad y el colorido de las ofertas. Desde los platillos típicos: la pisara, la thayacha, la kanka, fideos uchu, […]

TRIBUNA
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Por José Pimentel Castillo
TRIBUNA
La Paz / noviembre 29, 2022
en Voces

El recorrido por viejos caminos te trae sorpresas, ya no es la calle que te lleva al trabajo, es la que te ofrece tentaciones para un alto en el camino. Es un mercado persa, por la variedad y el colorido de las ofertas. Desde los platillos típicos: la pisara, la thayacha, la kanka, fideos uchu, alternados con salchipapas, hamburguesas, pollos en todas sus formas; acompañados de refrescos: mocochinchi, linaza, maracuyá, agua de coco, piña; abundan las ofertas de celulares y los artefactos conexos; igualmente las prendas de vestir de marcas, aunque de estas solo lleven la etiqueta, junto con ropa colorida de las comunidades norte potosinas. Las calles amplias y de casas chatas son un recuerdo; se impone la invasión de comerciantes y los edificios esqueléticos construidos en un pequeño espacio de casa de campamento. La planificación urbana es lo de menos, se impone el sobrevivir.

El municipio de Llallagua se autodefine como indígena, minero, turístico y universitario. Son dos ayllus que son parte de este municipio, sus comunidades se van despoblando con rumbo, en primera instancia, a la capital Llallagua y luego al interior y exterior del país. Sus montañas inmensas, la ciudad de piedra regada por un meteorito, las aguas termales son atractivos naturales. La explotación del estaño con su revolución industrial y su movimiento sindical es lo que le dio renombre mundial; quedan como testigos el tajo enorme en el cerro Juan del Valle y las inmensas montañas creadas con los desmontes de caja extraídos de sus entrañas. Todavía existe la explotación minera, con quejas de que las vetas se han perdido, con un sistema de producción que repuso el combo y la barreta, el quimbalete, el maritate, los buddles, técnicas introducidas en la colonia.

La Universidad Nacional de Siglo XX, impulsada y creada en momentos de glorias del proletariado minero y el inicio de su destrucción (1985), no pudo concretarse en su concepción pedagógica: estudiar trabajando, ni mucho menos ser una universidad de obreros. El cierre del sistema productivo industrial, la relocalización, la destrucción de los sistemas de salud y educación de la Comibol, el cierre de las radios mineras, le privaron de la base material para hacer de la eficiencia productiva el motor de la investigación y la renovación tecnológica, sin poder desplegar calidad y calidez en los servicios, ni mucho menos la palabra para debatir y encontrar la verdad y en torno a ella construir una comunidad. La universidad fue replegada al aula, obligada a luchar por su sobrevivencia.

Así, sin espacio político para la fuerza social que la creó, fue ganando espacios donde el abandono era evidente. Aulas en colegios cerrados, en centros de formación de amas de casa, en el edificio sindical, en oficinas abandonadas de la empresa, en mercados sin compradores, campos deportivos, asentamientos alentados por los vecinos, custodios del abandono. Sin orden ni concierto, su infraestructura se fue desplegando en un área inmensa, buscando alojamiento que la cobije: en épocas de agonía no hay espacio para la planificación, hasta los propios principios fundacionales parecen un estorbo. Su misma presencia en el sistema universitario es un incordio, negándole la coparticipación tributaria y recomendando abandonar sus principios.

Con el advenimiento del proceso de cambio, la situación mejoró. La nacionalización de los hidrocarburos le permitió participar en el IDH y el gobierno de Evo Morales no dudó en darle su apoyo. Sin embargo, el desconcierto aumentó. Con 7.000 estudiantes, la mayoría del interior y 15 carreras, se convirtió en principal elemento de la circulación del mercado persa. Es natural que este se dinamice donde se encuentre una carrera.

Hoy, la UNS-XX enfrenta un problema. Por más de 20 años, sucesivamente, las carreras de Odontología y Medicina utilizaron los espacios de la bocamina de Siglo XX que fueron la botica, seguridad industrial, club Bolívar, oficina de tiempos, casa superintendente mina, club ingenieros; la incomodidad no es nada si de sobrevivir se trata. Hoy se tiene la posibilidad de contar con una infraestructura con todos los requerimientos que la carrera de Medicina necesita, lo primero es dónde realizarla y acá surgen las leyes del mercado. Unos pretenden mantener las relaciones socioeconómicas construidas en estos años y otros crear en su entorno, no una carrera, sino un mercado. En la disputa se manejan toda clase de argumentos propios de la competencia: históricos, financieros, medioambientales, de seguridad ciudadana, de infraestructura urbana, de autonomía, etc.

Lo que menos existe es deseo de dar excelencia a la universidad y esta se construye paso a paso, con una mirada firme al horizonte. Si de terreno se trata, pueden disponer de las 110 hectáreas —bellamente amuralladas— que un iluso las viabilizó soñando en una ciudadela universitaria.

José Pimentel Castillo fue dirigente sindical minero.

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