Octubre, quizás en el calendario político, es el mes de los grandes acontecimientos mundiales y también bolivianos. Aunque, algunos defienden a abril como el mes para los hechos trascendentes: el 9 de abril de 1952 definió las directrices del Estado boliviano para la segunda mitad del siglo XX y la más reciente, la revuelta de abril, en 2000, en Cochabamba. La “guerra del agua” interpeló al Estado colonial y al neoliberalismo, fue la piedra de toque del ciclo de protestas (2000-2005) que, luego, desembocó en la constitucionalización del Estado Plurinacional.
Pero, octubre, por el azar o por las circunstancias históricas, anida en el imaginario social como un mes ícono de las grandes revoluciones o transformaciones sociales. El 12 de octubre de 1592 fue el descubrimiento y posterior conquista de América que marcó nuevos parámetros mundiales: apertura de mercados, incorporación de nuevas áreas de explotación colonial y, en corto, el enriquecimiento de los hombres que se sumaron a las distintas circunnavegaciones de la época. Pero, sobre todo, fue una conquista marcada por la atrocidad. Asimismo, la Revolución de Octubre de 1917, en la antigua Rusia, protagonizada por los bolcheviques contra los zares marcó el derrotero del socialismo en el orbe.
En el caso boliviano, el mes de octubre está atiborrado de sucesos que signaron el devenir político. No es casual, este mes está marcado por celebraciones a doquier. No debemos olvidar, en la memoria de octubre que un 31 de octubre de 1952 se cristalizó una de las principales razones para la revolución nacional: la nacionalización de las minas.
Obviamente, en esta cadena de recordatorios, el 10 de octubre fue una jornada que sirvió para evocar que hace 40 años, en 1982, Hernán Siles Zuazo juraba como presidente democrático, luego de una cadena de dictaduras. El presidente Siles Zuazo se convirtió en un símbolo de la democracia (inclusive, el octubre de hoy, intelectuales señoriales que apoyaron/justificaron el golpe de Estado en noviembre de 2019, le homenajearon con un libro biográfico de por medio).
Este mes también se hizo memoria con aquellos acontecimientos luctuosos de octubre de 2003. Aquel octubre, el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, en su afán de vender gas a los Estados Unidos, a través de Chile, azuzó la indignación del pueblo en la ciudad de El Alto, que posterior a una masacre despiadada protagonizó una resistencia histórica que derivó en la renuncia presidencial de Sánchez de Lozada. Esta resistencia del bloque nacional-popular fue parte del ciclo de protestas.
Hace tres años, en octubre de 2019, mes del inicio de una cruzada conspirativa que culminó con el golpe de Estado, en noviembre de 2019. La noche del domingo 20 de octubre, jornada de elecciones presidenciales y parlamentarias, fue la punta del iceberg para la movilización de sectores urbanos, dicho sea al paso, con ribetes raciales que semanas después terminaron con la renuncia presidencial forzada de Evo Morales.
Un año después, o sea, un octubre después, el domingo 18 de octubre de 2020, se verificó nuevas elecciones presidenciales y parlamentarias. Esos comicios, por una parte, sirvieron —después de un interregno autoritario anual— para el reencauce democrático y, por otra parte, permitieron demostrar, una vez más, la vocación democrática del bloque nacional-popular que se plasmó en una lucha tenaz contra la represión y la persecución judicial del gobierno transitorio de Jeanine Áñez, que buscaba —como dice Fernando Mayorga— la restauración oligárquica. O sea, octubre es un mes para la memoria.
Yuri Tórrez es sociólogo.







