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Ocho escenas y media con Paolo Agazzi

El cineasta repasa su vida y obra. Su primer nacimiento en un pueblito italiano, su segundo nacimiento en Bolivia, sus películas, sus amigos, sus nostalgias, sus proyectos

ocho_escenas_y_media_con_paolo_agazzi.jpg

El cineasta Paolo Agazzi

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Por Ricardo Bajo H.
La Paz / octubre 30, 2022
en Escape

Ocho escenas y media con Paolo Agazzi. No es un director en crisis creativa, atrapado en una trancadera (esto es un guiño cinéfilo).

Tiene tres guiones listos: uno sobre Elizardo Pérez y Avelino Siñani; otro titulado Zapatero a tus zapatos, la historia de un feminicida encarcelado; y un “thriller” con un teniente del Ejército republicano español, robo en Potosí y pena de muerte.

Ocho escenas y media

También sueña con hacer la segunda temporada de la serie Sigo siendo el rey (en 2017 se estrenó la primera con 13 capítulos).

Probablemente, confiesa entre sonrisas, que no termine haciendo ninguno de los cuatro.

¿Qué puerta se abrirá?

Le digo que “la” película sobre la ciudad de El Alto está por hacerse.

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Escena uno

“Luchar y no tener miedo, para todo hay que luchar”. La charla —en dos sesiones matinales de tres horas en su oficina junto al mercado Sopocachi— termina con esa frase.

Ha empezado hablando de Ocho y medio (Otto e mezzo). El crítico de cine Pietro Bianchi, el Pequeño Sócrates, pone por las nubes a la octava película y media de Federico Fellini.

“El diablo destapó la olla” es la frase que recuerda todavía hoy Paolo Agazzi Sacchini. Hace poco ha vuelto a ver la película y no ha sido lo mismo.

El único embrujo que persiste se llama Claudia Cardinale: “qué cosa tan bella, la musa”.

El director de Mi socio ha visto la película en Milán, donde estudia cine. Su primera sala, sin embargo, ha sido la parroquia de su pueblo, Motta Baluffi.

El chango Paolo ve ahí en banquetas corridas de las hermanas Paulinas sus primeras comedias y sus primeros “western”.

¡En 16 milímetros! En Cremona, la ciudad cercana a su pueblo, conoce la primera sala de cine de verdad. Debuta con otra del oeste, Redoble de tambores.

El género marca su carrera, las películas tienen que tener indios rebeldes. Luego llega Sergio Leone. “Una de las mejores películas del oeste la tuvo que hacer un italiano”.

Habla de Hasta que llegó su hora/C’era una volta il West (1968). Paolo comienza a narrar el plano de secuencia final donde el personaje de Claudia Cardinale, la viuda, lleva agua a los obreros del ferrocarril.

Cuando termina, arranca de nuevo: “Te voy a contar una anécdota…”.

Así empiezan todas sus historias, desordenadas, con nombres que se olvidan y se recuerdan al tiro, son “flashbacks” en estado puro.

Escena dos

Agazzi admira mucho a sus padres. Tiene un dolor en el pecho, no estuvo en Italia para despedirlos (tampoco para la muerte de su hermana).

Su padre (Renato) y su madre (Rosina) sacaron a sus dos hijos adelante desde el campo, desde un país destruido tras la Segunda Guerra Mundial.

El ambiente rural de los valles cochabambinos (donde rodó varias de sus películas, entre ellas El día que murió el silencio) le hacen recuerdo a su pueblito natal.

“Ese tiempo de la vida, la siembra, la cosecha, el descanso, las fiestas, los animales, el mundo alrededor del maíz”.

Cuando sale a Cremona y luego a Milán, se avergüenza por ser del campo.

Hoy la nostalgia le lleva de vuelta al pequeño viñedo, al riachuelo donde pescaba, a los viajes a la montaña alpina.

Los ríos del Beni le hacen recuerdo a aquel río Po, que hoy se seca.

El servicio militar cerca de Roma cambia su carácter, se vuelve autoritario, le gusta dar órdenes. Junto a sus estudios de contabilidad, formarán al productor que hoy es.

En el Ejército, llega a ser comandante de artillería, sección misiles antiaéreos.

Antes tiene una novia, de nombre Luana. Existe incluso un compromiso formal entre las familias pero una botella mal abierta en Navidad arruina los planes de aquella “ragazza”. 

Escena tres

En la escuela de cine de Milán (la Civica Scuola di Cinema) ve películas del “nuevo cine latinoamericano”.

Todavía no sabe que Bolivia lo atrapará por siempre, pero queda fascinado por las cintas de Jorge Sanjinés, especialmente Yawar Mallku.

La RAI (la radiotelevisión pública italiana) ha coproducido El coraje del pueblo. Bolivia era la Bolivia del Che y la de Sanjinés. Su tesis versa sobre la importancia específica del montaje.

Tiene a la par de sus estudios cinematográficos, un buen trabajo en una multinacional gringa.

Ha salido de la carrera de Ciencias Políticas y Económicas de la Universidad Estatal de Milán donde se ha politizado/concienciado.

Parece que va a cumplir el sueño de ser contador, el sueño de sus padres (a los que todavía no admira tanto). El hijo de campesino/obrero, a la universidad.

Entonces, se toma un año sabático, parte a México de mochilero con dos amigas. Baja hasta Lima. Cuando está por subir de nuevo, se cruza una mejor idea, Cusco.

Un amigo, un pintor boliviano en Milán llamado Pedro Portugal, sugiere: “Bolivia está a la vueltita”.

Todo estará siempre a la vueltita. En el tren Cusco-Puno, le roban todo. A través de un contacto, llega a la casa de Marina Azcárraga en el barrio de San Pedro.

Tigre

Ve al Tigre por primera vez, en el Lastra de Sopocachi, de la mano de doña Marina, santo y seña del club The Strongest.

Conoce a Eguino, a Cacho Soria, a Luis Espinal, a Pedro Susz… Ha dejado una platita tentadora en Lima.

Pero piensa: “¡qué interesante es Bolivia!, ¡qué compleja es, no complicada, compleja”. México se pierde en la niebla.

Escribe una carta para sus padres. “No voy a volver por el momento”.

La carta la llevan sus dos amigas. El “por el momento” dura (hasta ahora): 45 años. Y lo que te rondaré, morena.

De Antonio Eguino aprende el oficio del cine, del Cacho Soria a trabajar en equipo y mirar el país siempre desde una óptica social. 

En 1977 es asistente de dirección de Chuquiago de Eguino. Le gusta trabajar con niños.

A Espinal lo conoce en una muestra de cine argentino en el Scala sobre la calle Ayacucho (ahora es otra iglesia evangélica).

“El Padre, Lucho, era cortés, amable, multifacético, con un buen sentido del humor”. Agazzi repite la frase otra vez: te voy a contar una anécdota.

“Espinal daba clases de cine en la Extensión Universitaria de la UMSA, dos veces por semana, venían incluso alumnos que no estaban en los talleres.

Cuando por la actividad periodística, reduce a un solo día a la semana, los estudiantes le reclaman: deje ese periódico, usted está amenazado de muerte.

Y el Padre responde: solo muerto me van a sacar de Aquí”.

Tres días después Luis Espinal Camps es asesinado, cuando vuelve a su casa un viernes por la noche después de ver la película de rigor en el cine 6 de Agosto.

Los asesinos de ayer nos deben aún la crítica de cine de Los desalmados,  un “western” mexicano con malos muy malos y buenos muy buenos.

Escena cuatro

Su primer cortometraje titula Hilario Condori, campesino (1981). Gana un premio en Finlandia.

El segundo corto es Abriendo brecha (1984) sobre la zafra de algodón en Santa Cruz. Lo declaran “persona non grata”.

Los camiones de algodón son descargados por  militares y eso molesta a las élites. También gana un premio en Leipzig (República Democrática de Alemana, RDA).

Filma la primera parte de Mi socio. Lo hace con la mejor productora del país, que también hace foto fija: la alemana Ute Gumz.

Y con la plata de un caballero: don Guillermo Wiener, el amo del (Cine) Universo.

Es “adoptado” por una mamá boliviana de gran corazón, doña Maruja. Rueda Los hermanos Cartagena (1984). Admira el cine político de Sanjinés y el “cine posible” de Eguino.

Quiere hacer una película política. Se acuerda de sus estudios en Italia, de su tío partisano cantando “Bella Ciao”.

Hoy cree que la primera parte de la película estuvo lograda, la segunda, no.

“Hay que tener un distanciamiento con la historia, metí mis propios relatos de la dictadura.”

Un crítico dijo que las escenas eran ridículas pero todas las reuniones clandestinas de la COB eran ridículas”, exclama Agazzi, renegando todavía.

Estos dos “largos” los termina en Cinecittá (tres mil películas, 47 Óscar). Es un sueño cumplido.

Ha tenido que luchar harto para llegar a la Meca del cine en Europa. Todos los caminos conducen Roma. Para todo hay que luchar, ¿recuerdan?

Escena cinco

Habitación de hotel en Madrid. Años noventa. Agazzi está en España para traer series españolas para la televisión boliviana.

Ya ha traído Twin Peaks. Encerrado, está viendo El halcón maltés en la tele.

Se le terminan los puchos, fuma casi dos cajetillas al día (siempre Big Ben). Baja a por tabaco. Solo hay Ducados.

“¿Y si dejo de fumar?”. Hasta hoy. Sube y cuando ve a Bogart fumando haciendo de Sam Spade (el detective de Dashiell Hammett), no se antoja más.

Nunca más. ¿Retrata esta anécdota el espíritu de Agazzi? Tal vez.

El presidente Jaime Paz Zamora le concede la ciudadanía boliviana honoraria.

Son cuatro los agraciados: el inolvidable Lorenzo Carriquiriborde (periodista deportivo argentino).

Un cura jesuita del San Calixto (de cuyo nombre Agazzi no se acuerda); el presidente del Automóbil Club Boliviano, el piloto Belisario Benzi, y el susodicho.

Son los años que está enganchado a la televisión. Es un pionero de la pequeña pantalla.

Volverá al cine con El día que murió el silencio ( 1998) con guion a cuatro manos junto al entrañable Guillermo Gordo Aguirre.

Para el rol protagónico piensa en Pato Hoffman, el boliviano que ha hecho de “Dreamer” en Gerónimo, una leyenda americana (1993), otro “western”.

Luego se cruza una propuesta doble: Ricardo Darín y/o Darío Grandinetti. Elige al segundo, lo ha visto en más películas.

¿Te imaginas a Darín caminando por las calles de Totora?

En la película aprovecha para homenajear al querido Cacho Soria en el papel del escritor interpretado por el colombiano Gustavo Angarita.

Grandinetti se queda impresionado tras el plano secuencia de la capilla por las habilidades actorales de Jorge Ortiz.

Escena seis

Agazzi cree en el horóscopo. “Parece una estupidez”.

Con el peruano Salvador del Solar, uno de los protagonistas de El atraco, comparte nacimiento bajo el signo de Tauro.

“El carácter ayuda mucho”. ¿Sirve esto para captar la esencia de Agazzi? Tal vez.

Tauro es un signo de tierra. Son firmes, constantes, decididos, pragmáticos, con una enorme fuerza de voluntad.

Necesitan, pero, sentirse seguros. Tienen mal genio y buen humor. Agazzi hace después Sena Quina.

Él también ha caído en el “cuento del tío”. Comienza una colaboración/amistad fructífera con Juan Pablo, “Piñas”, Piñeiro.

A estas alturas, cree que Bolivia ha cambiado muchísimo después de aquella década vertiginosa de sus inicios.

Todavía piensa en esas dos palabras que le dijeron unas amigas italianas que le visitaron tras el estreno de Chuquiago: “pobreza sublime”.

Escena siete

Agazzi es “rossonero”; sangre roja y negra. En la secundaria, un “compañerito” es hincha empedernido del A.C. Milan. Se contagia y enloquece.

Son los años 70. Nereo Rocco entrena a los “rossoneri”, es el inventor del “catenaccio”.

Rocco justifica su modelo de juego defensivo (con un líbero) y su apuesta por el contragolpe en la desventaja física —supuesta— de los italianos, a consecuencia de la postguerra.

Juegan en aquella escuadra mítica que enamora los Gianni Rivera, Cesare Maldini, Trapattoni, Pivatelli, Amarildo… Pierden la Intercontinental contra el Santos de Pelé.

Del fútbol le gusta que es un deporte colectivo, que prevalece siempre el equipo, como en el cine.

Cuando llegan los holandeses al Milan de Arrigo Sachi a finales de los 80, el hechizo nace por segunda vez. Van Basten y Ruud Gullit hinchan de orgullo su pecho.

Me imagino a Paolo Agazzi dirigiendo y produciendo películas como Franco Baresi, el zaguero central que se adelantó al futuro, oficial de la retaguardia, la columna de San Siro, el líbero por excelencia. “El más grande fue Gianni Rivera”. El primer italiano en ganar el Balón de Oro, el “Bambino de Oro”. De la ausencia de Italia en el inminente Mundial de Qatar, es mejor no hablar.

Agazzi no se pierde un partido por la tele de su Milan amado y añorado. Con la años y la distancia, su afición se afianza. Me pasa a mí lo mismo con el Athletic Club.

La nostalgia también patea pelota. Es la misma pócima mágica que ha llevado a 70.000 personas a ver en el cine la segunda parte de Mi Socio.

Escena ocho

Paolo duerme a las once de la noche. Media hora antes lee periódicos, las páginas webs de diarios italianos: el Corriere della Sera, La Repubblica de Milán, La Gazzetta dello Sport, alguna revista de cine.

“Una vez de viaje a Italia, Carri se me acerca y me dice: ¿me puedes traer algo de Milan? Claro que sí. Quería un ejemplar en papel de la Gazzetta”.

El Tano le trae el periódico y cumple un pequeño anhelo de su recordado amigo. Tal vez esta anécdota, mínima, retrate a don Paolo Agazzi Sacchini.

Escena ocho y media

El documental Corazón de dragón (2015) le cambia la vida. Respeta mucho el documental.

Es un trabajo fílmico, atípico y altamente emotivo, sobre el cáncer infantil. Acude durante semanas al Hospital del Niño.

Eligen ocho casos. Cuatro niños logran sobrevivir, hasta hoy. Cuatro se quedan en el camino. De todos, uno se aloja en su corazón, es un dragón.

Sebastián Ticona hace origamis, figuras de animales en papel, fieras de esperanza.

Agazzi todavía conserva algunos en su oficina de trabajo donde también tiene afiches de películas.

(Una giornata particulare de Ettore Scola, Fresa y chocolate de Titón Gutiérrez Alea, Blackthorn de Mateo Gil, Mi socio…), esculturas (una en madera de Luis Espinal) y cuadros (uno del primer Mamani Mamani sobre hojas de periódico).

Frente a su oficina en Sopocachi, su amigo milanés Marco Schiapparoli (el cocinero del “Beatrice Pastas”) ya no está. Ha fallecido hace unos meses de cáncer de hígado.

El boliche, actualmente, en reformas, abrirá pronto de nuevo. Entonces, Agazzi volverá a comer “cappelletii allá carbonara” y se acordará del flaco con nostalgia.

La vida había sido eso: vivir para construir lindos recuerdos.

Y soñarlos en el cine, como ese director bloqueado que termina volando sobre la trancadera de carros (este es el inicio de Ocho y medio y el guiño cinéfilo del principio).

Fotos: Ricardo Bajo y archivo de Paolo Agazzi

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