Dicen que hablar del tiempo es la mejor forma de perderlo. Eso que para muchos resulta un tema de conversación demasiado banal, tan presente en nuestra forma de socializar y conectarnos como comunidad, se ha vuelto un tema ineludible de preocupación global. La reciente oleada de eventos extremos que sacudió toda Europa durante el verano mantuvo el foco de atención pública en torno a los récords de calor, la sequía histórica y los megaincendios forestales, provocando que en los últimos meses no se hable de otra cosa que del tiempo y la crisis climática.
Mientras tanto, en nuestro hemisferio sur la llegada de la primavera se anuncia con escenarios potencialmente peores. De acuerdo con la Organización Meteorológica Mundial, la agudización de la sequía en la parte meridional de América del Sur lleva el sello de La Niña, un fenómeno climático que, aunque moderado, está presente de manera excepcional por tercer año consecutivo y persistirá al menos durante lo que queda de 2022. A su vez, los pronósticos del Senamhi para estos meses advierten escasez de lluvias y temperaturas por encima de lo normal en el sudeste de Bolivia, que abarca gran parte de la Chiquitanía y Pantanal. Un panorama alarmante que amenaza con agravar la sequía y los incendios que se han multiplicado dramáticamente en las últimas semanas atizados por los fuertes vientos, y que han llevado a 16 municipios cruceños a declararse en desastre, según informes de la Gobernación de Santa Cruz.
Lo cierto es que los fenómenos ligados al tiempo y clima extremo están detrás de la gran mayoría de los desastres, y su aumento sostenido en las últimas décadas se debe a la influencia del cambio climático y la acción humana. Estamos viviendo lo que muchos científicos llaman un clima de fuego, por el aumento de días más calurosos, secos y ventosos, que generan condiciones favorables para la propagación de incendios forestales incontrolables. De ahí la importancia vital de mejorar el acceso y alcance de la información meteorológica y climática, con pronósticos y alertas que permitan tomar medidas preventivas y anticipatorias para reducir el riesgo de desastres.
La alerta temprana es una buena práctica que han adoptado comunidades chiquitanas para prepararse ante el peligro de incendios, apoyándose en el uso de tecnología digital y la observación del tiempo. Días sin lluvia, humedad del ambiente, temperatura y velocidad del viento, son parte de las mediciones que toman a diario con instrumentos meteorológicos y teléfonos inteligentes para estimar el peligro de incendios y difundir la alerta. La participación comunitaria en el monitoreo de riesgos, la alerta temprana y la primera respuesta, articulada a los mecanismos de coordinación local con los distintos niveles, son la punta de lanza en los esfuerzos que se están desplegando para combatir los incendios.
Los desafíos actuales exigen estar en constante preparación y alerta para ser capaces de actuar en el momento justo, bajo condiciones cada vez más adversas que ponen a prueba toda capacidad de respuesta. Esperemos que los vientos y calor extremo puedan dar una tregua a las comunidades y combatientes que están en primera línea frente al fuego, y que esa ilusión de lluvia que nos regala hoy el pronóstico sea un buen augurio de la ansiada llegada de las primeras precipitaciones con el cambio de estación.
Sin duda, hay charlas mucho más banales que hablar del tiempo que hoy ocupan gran parte de la atención de los medios. Hablemos más del tiempo, de sus cambios y riesgos crecientes, que no son más que el resultado de nuestros modos de vida insostenibles, que pese a todo no cambiamos.
Verónica Ibarnegaray Sanabria es directora de Proyectos de la FAN.







