Con solo verlos, Sósima Olivera sabe distinguir un maguey de otro y el momento preciso en que la planta estará lista para hacer mezcal, el licor mexicano que experimenta un boom y al mismo tiempo los riesgos de la sobreexplotación.
«La botella (de mezcal) es el resumen de todo lo que hacemos por años», dice Sósima mientras recorre un campo en Sola de Vega (estado de Oaxaca, sur), donde crecen de forma silvestre y se cultivan variedades como tepeztate, arroqueño, espadín o coyote.
Frente al auge, maestros mezcaleros como esta mujer de 50 años, que ha dedicado su vida a la destilación, apuestan por salvar las especies silvestres mediante su siembra. También, educando al consumidor para que valore la producción artesanal.
De beberse únicamente en pequeñas comunidades mexicanas, el mezcal está ahora cada vez más presente en el mundo. Sus exportaciones se dispararon de 19,7 millones de dólares en 2015 a 62,9 millones de dólares en 2020, según cifras oficiales.

Datos
Estados Unidos, Canadá, España, Francia y Alemania están entre los mayores consumidores de esta bebida, que se produce en varios estados de México, pero que tiene en Oaxaca a su mayor representante.
Además, han surgido infinidad de marcas con nombres que en ciertos casos aluden graciosamente a los efectos del consumo: «Convite», «Viejo Indecente», «Pierde Almas» o «Mil Diablos».
Algunas celebridades también han lanzado su propio mezcal, como Bryan Cranston y Aaron Paul, estrellas de la serie televisiva Breaking Bad que están detrás de «Dos Hombres».
Sin embargo, Sósima, quien lidera un colectivo de productores, alerta sobre los riesgos que genera la fuerte demanda.
«Si se pide más planta, por supuesto que hay más explotación de la tierra (…), de la biodiversidad, el agua, la leña», comenta a la AFP frente a las ollas de barro donde se destila, entre otros, su mezcal «Fane Kantsini» (tres colibríes en chontal, su lengua indígena).
(05/08/2022)







