Después de un mes confinada en su casa, Chen Chunmei aprovecha el levantamiento de restricciones anti COVID-19 en Pekín para degustar montones de cangrejos de río salteados. Como ella, muchos en la capital decidieron celebrar la reapertura de restaurantes.
«Tenía ganas de estar aquí, sobre todo porque no he podido salir durante bastante tiempo», declara sonriente la mujer. «Todos los días, pedía comida para llevar o cocinaba. Así que me apetecía mucho ir de restaurante», añade.
Desde principios de mayo, la capital de 22 millones de habitantes cerró bares, cafés, gimnasios, museos o decenas de estaciones de metro para frenar un brote de COVID-19.
Pekín solo registró algunas decenas de casos diarios, pero las autoridades municipales siguieron la estrategia de máxima prudencia de China para cortar desde el primer momento los contagios y los decesos.
Durante varias semanas, sus habitantes tuvieron que someterse a una PCR al menos cada 48 horas. Además, numerosos edificios fueron confinados y muchos ciudadanos enviados a lugares de cuarentena.
Chen Chunmei explica que su complejo residencial fue puesto en confinamiento durante dos semanas tras la detección de un caso positivo. Cuando pasaron estas dos semanas, fue la estación de metro cercana la que cerró.
«Desde ese momento, me quedé en casa», explica. «Al principio, me gustaba trabajar en mi casa. Pero después de un tiempo se vuelve realmente aburrido», añade.
(07/06/2022)







