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Thor: Amor y trueno

El director neozelandés Taika Waititi dirige la cuarta entrega de la historia del Dios del Trueno de Marvel

Thor: Amor y trueno
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Por Pedro Susz K.
La Paz / julio 25, 2022
en Escape

CINE

Antes de este cuarto, despatarrado, capítulo dedicado por Marvel al personaje de Thor, el tercero: Thor: Ragnarok (2017), dejó la apariencia, aunque solo eso, de haber encontrado en el director neozelandés Taika Waititi el socorro requerido al urgente empeño de buscar y encontrar un sentido, más allá de las puras sumas y restas en los balances anuales de los dueños y beneficiarios de la franquicia extraviados en la cargosa reincidencia en estas aventuras de superhéroes enfrascados en un afanoso ir y venir, desnudo de cualquier sentido justamente. Que aquella era una fachada sin gran cosa detrás de ella deja pronto constancia esta deslavada vuelta sobre lo mismo sometida, pese a muy momentáneas salidas de tono, al molde macro del universo Marvel en el cual termina encajonada la al parecer deseada autonomía creativa de Waititi.

Ya entradito en años, y en kilos, Thor, el Dios del Trueno, originario de Asgard, tan idolatrado en las mitologías nórdica y germana cuanto aborrecido en la cristiana, está de regreso. Viene cargando en las espaldas los dolores y desconciertos del pasado, sobre todo la ruptura con su antigua compañera Jane Foster, doctora a la cual conoció en alguna de sus visitas anteriores a la Tierra. Mientras Thor anda por ahí en compañía del equipo de los Guardianes de la Galaxia intentando sentirse todavía útil, la trama presenta en sociedad a los otros dos personajes centrales del asunto.

Uno es Gorr, cuyas súplicas a los dioses para salvar a  su hija, a punto de perecer en el desierto, no encuentran respuesta. De modo que cuando finalmente la muchacha fenece, papá se transforma en un apóstata obsesionado por vengarse exterminando cuanta deidad se le cruce en el camino, afán que le permite ganarse por mérito propio el mote de “carnicero de los dioses”, si bien mata más bien poco, quizás debido a que los que ponen los dólares consideraron que una sobredosis de sangre podría ahuyentar a un porcentaje de los eventuales clientes, y entonces decidieron meter la cuchara, y la tijera. 

La otra es justamente la doctora Foster, aquejada de un cáncer terminal que intenta sin éxito combatir recurriendo a la quimioterapia, lo cual no obsta para que pueda convertirse entretanto en una superheroína de grueso calibre, equiparable al de su novio de antaño gracias a haber logrado reconstruir el martillo Mjölnir, valiosa arma de la que aquel se valía para poner algo de orden en el universo.

Totalmente fuera de sus casillas Gorr resuelve secuestrar todos los niños de Asgard para atraer a Thor y ponerlo a tiro de sus ansias vengativas. No imaginaba empero que debería enfrentarse en simultáneo a Jane y a la, insípida, Reina de las Valquirias, temible trío habilitado para rivalizar de modo aventajado con el enemigo que se les ponga enfrente a pesar de verse obligado a lidiar con diálogos impresentables y situaciones jaladas de los cabellos. Por ejemplo, contender con unas enormes y chillonas cabras que les son obsequiadas, tan solo para que el director pueda lucir su, dizque, ácida sorna a propósito de las peripecias de estos(as) paladines de historieta. Dicha socarronería colisiona todo el rato contra la indisimulable torpeza de Waikiki para mantener la tensión emocional, aparejada a su patente temor de arriesgar salirse siquiera por algunos minutos de los patrones diagramados por los vigilantes…. no de la galaxia, sino de la cadena de montaje de Marvel a secas.

La recién mencionada impericia se trasluce a lo largo y ancho del relato en la endeblez del amorío restablecido luego del reencuentro de Thor con Jane. No hay una sola secuencia creíble al respecto, dada la ausencia absoluta de emotividad en dicha relación entre el presuntuoso guerrero en decadencia y la modesta científica, dos seres a esas alturas similares a una copia al carbón de uno y otra, cuyo vínculo está vacío de la menor hondura. 

Es muy delgada la línea que separa la gracia de la caricatura. Sin embargo, salta enseguida a la vista cuando alguien optó por una o la otra, o simplemente cuando por descuido confundió la brocha gorda con el pincel, despiste inconveniente que acaba malogrando por entero el producto final. Peor aún si no es el único lapsus en el cual incurre el responsable de, para el caso, una película creyendo posible mixturar a discreción drama, plagado de golpes bajos, y comedia al punto que la criatura acabe dando la impresión de requerir una urgente visita al diván del psicoanalista. Algo similar a lo que ya acontecía con Jojo Rabbit  (2019) la despareja, aun cuando no exenta de matices atendibles, sátira del régimen hitleriano, que ayudó a catapultar a Waititi a la notoriedad,  si bien con una acogida que distó una enormidad de ser unánime, puesto que no escasearon tampoco quienes pusieron en duda, y al parecer tenían razón, la real afiliación del realizador a la autoparodia, sospechando que se trataba de una simulada maniobra de encubrimiento de la pretenciosa arrogancia detectable detrás de esa fingida tomadura de pelo a su propio quehacer. El súbito cambio de tono en el último tercio del metraje, cuando Waititi se olvida de pretender ser chistoso y opta por una gravedad discordante con lo que la pantalla ofrecía hasta ese giro, extrema las dudas acerca de la adhesión del director al sarcasmo.

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Natalie Portman (Jane Foster) y Chris Hemsworth (Thor) en la cuarta entrega de la saga de Marvel

La caricatura aflora insistente en las torpezas atribuidas a un Thor exhibido en el modo de un tonto inmune al más pedestre sentido común, en las ganas de los Guardianes de sacárselo de encima a la brevedad posible, así como en otros apuntes muy poco graciosos de verdad y que si de algo sirven es para reflejar la pronta pérdida de norte de un realizador atascado entre sus ambiciones y los bloqueos usuales de toda franquicia a cualquier intención de traspasar los rígidos límites establecidos mediante la repetición incesante de recetas ya probadas.

Parte de la crítica elogió la filmografía de Waititi dando por cierto que reflejaba una suerte de sapiencia para enterarse de que no siempre las cuestiones serias ameritan un abordaje solemne. Criterio atendible siempre y cuando ello no se traduzca en emprendimientos finalmente aguados en pseudo-parodias construidas a la rápida sin personajes con la menor densidad, sobre guiones de antemano desgastados debido a la repetición, por directores en piloto automático, enfocados ya sobre los proyectos que seguirán, si la taquilla y el humor de los productores así lo disponen.

Que ningún disparate le resultaba a Waititi prescindible a la hora de rellenar de cualquier modo Thor: Amor y Trueno puede constarse, entre otras múltiples evidencias, en el uso y abuso a mansalva en la banda sonora de los éxitos del grupo de rock  Guns N’ Roses, encajados donde caben a medias o no caben en absoluto.

Igual de dramáticamente incongruentes resultan las artificiosas, por no decir oportunistas, inflexiones del guion destinadas a orlar la trama de un acento feminista presuntamente reflejado en el hecho de encaramar a Jane en un pedestal de tamaño equivalente al de Thor en tanto titánicos componedores de los desbarajustes que asedian al cosmos, cual si se tratase de algo tan simple como mutar a las diosas mitológicas en superheroínas, dejando intocados los paradigmas, todavía en gran medida campantes acerca de los roles atribuidos a varones y mujeres en la historia pasada, presente y futura del género humano.

En varias fugaces instancias de la historia da la sensación de que Waititi coqueteó con la idea de  decir algo respecto al poder, al amor, a la responsabilidad, al sinsentido existencial, a la soledad, pero se acobardó al instante desembarazándose a empujones de la tentación mediante el paupérrimo apagafuegos de embutir alguna bobería “chistosa” e incoherente, desviando el curso del relato hacia las usuales peleas, cuyas causas le toca al espectador adivinar, si puede, y cuya credibilidad ya pasa a ser pura responsabilidad de los encargados de los efectos especiales a granel, otra coartada para esquivar sus responsabilidades como realizador, ciertamente no restringidas a los cambios incesantes de escenario para agilizar artificialmente las cosas.

La hechura de Waititi apunta de manera simultánea a los públicos infantil y adulto, no fuera a ser que los ingresos se vieran menguados dejando al margen a ningún aportante potencial a la recaudación. Así, a las múltiples incoherencias constatables a medida que avanza a tropezones el relato, se suma la de pretender jugar en simultáneo con la supuesta madurez precoz de los pequeños adictos tempranos a los videojuegos y con el infantilismo de los mayores, adictos a su vez a las sagas de nunca acabar hasta el infinito y más allá.

Figurativamente la película incluye unas cuantas, por demás escasas, secuencias visualmente atractivas, alternando con otras de una mediocridad insufrible lo cual no arredra a los fans que, dicen los números, disfrutan del producto, cautivos de una fidelidad blindada al menor reparo estético o de otra índole.

Como es costumbre en las sagas Marvel y similares, luego de los créditos saltan a la pantalla un par de escenas para avisar algo que se veía venir desde el primer minuto: “Thor regresará”. Si alguno de los dioses de donde fuera consigue sobrevivir al ímpetu aniquilador de Gorr que nos proteja, aunque tal probabilidad escasee, vistas las pálidas inclinaciones solidarias de aquellos.

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