Yo no había nacido aún y ya Joan Manuel Serrat, un joven de 21 años proveniente del barrio Poble-Sec de Barcelona, empezaba a cantar. Era 1965. Años más tarde, y bajo el amparo de mis hermanos, mayores que yo por más de una década, pasaba largas tardes y fines de semana escuchando la música de esos años que marcó la vida de toda una generación y, por supuesto, de la mía. A pesar de la complejidad de la época, tanto por distintas situaciones políticas, como por limitaciones tecnológicas (algo complicado de imaginar para las generaciones de hoy) se accedía con dificultad a la música de la Nueva Canción Latinoamericana, un movimiento generado desde los años 60 para aludir a la música que renueva el canto folclórico latinoamericano con la denuncia social como característica. Se presentaba como alternativa local frente a la música extranjera y pretendía establecer un puente entre el pasado tradicional y el presente.
Dentro de este movimiento, que abarcó la mayoría de los países latinoamericanos, estaba el Nuevo Cancionero Argentino (César Isella y Mercedes Sosa), la Nueva Trova Cubana (Silvio Rodríguez y Pablo Milanés) y la Nueva Canción Chilena (Violeta Parra, Los Jaivas, Inti Illimani y Quilapayún). También se unía Uruguay con Alfredo Zitarrosa, Daniel Viglietti y los Olimareños, México con la figura de Amparo Ochoa, Venezuela con Alí Primera y el grupo Madera, Nicaragua con Carlos y Enrique Mejía Godoy y Bolivia con Los Jairas, solo por mencionar algunos.
En España, Serrat se iniciaba en la Nova Cançó catalana, una generación de cantautores contestatarios que reivindicaron el uso del catalán durante la dictadura del general Francisco Franco y que componían sus letras al modo poético de sus inspiradores de la chanson francesa. Pronto Joan Manuel, hijo de padre catalán y madre aragonesa, empezó a cantar también en castellano y su música empezó a popularizarse en América Latina.
La calidad de sus composiciones (que luego alternarían el catalán y el castellano) se impuso a las presiones políticas, consiguiendo convertir infinidad de temas en emblemáticos de toda una generación. Y tan importante es lo que hizo Serrat por la música que es imposible concebir todo ese movimiento musical sin él. Fueron los mejores años, los más decisivos para enamorarme de la música y crecer apreciando los esfuerzos que hacen los artistas para comprender el alma humana, descifrar la magia con que transmiten su sentir y acompañar toda nuestra vida, marcándola de una u otra forma.
Joan Manuel sabe retratar a la perfección paisajes y sentimiento, hasta el punto de que álbumes como Mediterráneo (abril de 1971) le llevaron a estar presente en media Europa y en toda Sudamérica. Luego de 57 años de carrera musical, este 2022 decidió despedirse de los escenarios y de su público en una gira que inició en el icónico Beacon Theater de Nueva York el 27 de abril y concluirá en el Palau Sant Jordi, el 23 de diciembre, en su natal Barcelona.

Ovación. Serrat y sus músicos reciben agradecidos los aplausos de pie del público
El vicio de cantar: la última gira
El vicio es un adjetivo de dudosa reputación asociado a los malos hábitos, pero fue elegido por Serrat para nombrar esta gira. Probablemente para Serrat fue fácil que la canción se convierta en un vicio por su natural destreza para la composición musical y porque así además logró un segundo propósito, entablar una relación casi personal con la gente, un público que por décadas siguió su carrera fiel y constantemente. Tal es el reconocimiento de este cantautor que ha recibido distinciones de todo tipo, entre medallas, premios y nombramientos. Recibió la última, antes del inicio de la gira, la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio de manos del presidente de España, Pedro Sánchez, por su brillante carrera y su contribución a la cultura y el arte españoles.
Serrat transcendió fronteras y derribó toda clase de barreras con su honestidad, sencillez y pasión por el canto. Desde el inicio de la gira, sus admiradores siguen el desarrollo de sus conciertos en 10 países: EEUU, Puerto Rico, República Dominicana, México, Colombia, Costa Rica, Chile, Argentina, Uruguay y España. 63 recitales en total, un promedio de dos por semana, lo que a sus 78 años no parece gran esfuerzo. Serrat siempre dice: cantar para él es, más que un trabajo, un regalo.
Iniciar la gira en “la gran manzana” fue para Serrat muy significativo, pues pasó ahí algunos años de su exilio, aunque recuerda con nostalgia que “la ciudad parecía ser menos complicada que ahora”.
Pese a que en la década del 80 Serrat visitó La Paz, no pude verlo porque era niña aún. Me contaron que el sonido desmereció el concierto porque se realizó en el Coliseo Cerrado, un lugar sin la acústica adecuada. Aun así se congregó una multitud. En 2021, cuando me enteré de que Serrat se despedía, sabía que era la última oportunidad de verlo en vivo. Había poco tiempo, pues las entradas se agotaban. Tocaba planificar para cumplir un sueño largamente perseguido. Dicen que la perseverancia es el camino hacia donde quieras llegar. Y llegué al segundo concierto de la gira en el teatro James L. Knight Center, en el centro de Miami: perseverando y soñando. Eran las 19.00 del viernes 29 de abril y, pese a la hora, el cielo aún conservaba el brillo del día. Poco a poco empezaron a congregarse decenas y luego cientos de personas con todos los acentos. Abundaban las personas de mediana edad que, más tarde, demostraron conocer gran parte del repertorio. Al ingreso se apostaban algunas personas para ver si todavía conseguían entradas. Tarde: las localidades, como para la mayoría de los conciertos, estaban agotadas. No era para menos, esta gira despide la trayectoria de un cantautor que hizo de la música su oficio de vida y que cultivó el cariño y el respeto del público con un trabajo que, desde sus inicios, no solo fotografió la realidad española, sino también ayudó a rescatar del olvido a poetas como Antonio Machado, Rafael Alberti, Miguel Hernández, Joan Salvat-Papasseit y Mario Benedetti. Una larga y respetable trayectoria que quedará para siempre grabada en una discografía de no menos de 50 discos, entre álbumes de estudio, en directo y recopilatorios.

Una historia a través de la música
Vestido con unos jeans desgastados, una camisa y una chaqueta, sale al escenario. Le acompaña un conjunto de siete músicos —órgano, contrabajo, violín, clarinete, batería y guitarra, además de su inseparable pianista Ricard Miralles—, alternando en el concierto, sentado en un taburete o en una silla baja, con guitarra o sin ella.
“Gracias por acompañarme durante tanto tiempo, es una cosa fantástica poder despedirse cantando”. Con estas palabras inicia una especie de recorrido por su discografía con una selección de composiciones que muestran no solo su evolución musical, sino también su historia personal y, seguramente, su deseo de complacer al público con los temas más populares, esos que se cantan a voz en cuello. La elegida para el inicio es Dale que dale del álbum Hijo de la luz y la sombra de 2010, un homenaje a la poesía de Miguel Hernández.
“Voy prendido a mis canciones como el abrojo a la manta, eso lo digo como homenaje al querido Atahualpa Yupanqui, maestro de cantautores, aunque realmente sepan que Yupanqui nunca dijo una tontería así”, bromea. Serrat explica que la canción es una composición en verso para ser cantada, que es una historia en la que paisajes y personajes se mueven al son de la música. Los personajes de sus canciones —dice— no son ni de verdad ni de mentira y que entre la realidad y la fantasía viven en un mundo de emociones.
Continúa con los recuerdos de sus mascotas, los veranos en Aragón y esos primeros amores inscritos en Mi niñez, canción homónima del sexto disco del cantautor, editado en 1970, con arreglos y dirección musical de Ricard Miralles. Sigue El carrusel del Furo, composición de 1975 dedicada a su abuelo Manuel Teresa, a quien nunca conoció, muerto en Belchite en 1938 durante la Guerra Civil Española. Le llamaban “el Furo” o “el bravo”, como dice la letra, “Sigan la senda de los niños y el perfume a churros / Que en una nube de algodón dulce le espera el Furo”.
Los recursos para compartir con el público cambiaron, desde la era de los vinilos y la canción de protesta en escenarios populares, hasta los conciertos virtuales y las playlist en Spotify, pero lo que al parecer no cambió ni un poco es la honestidad y la sencillez con la que el cantautor catalán se desenvuelve, algo que parece difícil de lograr en el ambiente del espectáculo. Continúa con Romance de Curro “El Palmo”, no sin antes y —en tono de broma— jugar con las frases de algunos de sus temas más conocidos: “La mujer que yo quiero no se purificaba en agua bendita, se perfumaba con ginebra, como una dama, como la reina de Inglaterra. Yo no hago otra cosa que pensar en ti, es verdad, pero cada día menos. Y quiero dejar en claro que entre mis muchas perversiones, nunca estuvo la de abusar de una mujer de cartón piedra”. Para finalmente explicar que Merceditas y Curro “El Palmo” nunca se conocieron y que él los juntó —como una alcahueta— en una historia de amor absolutamente irrepetible.
Luego, cuando entona Señora los asistentes se ponen de pie y comienzan a corear el estribillo “Si cuando se abre una flor / Al olor de la flor / Se le olvida la flor”. Continúa con Lucía, que con sublime melancolía describe un sentimiento que ha quedado inscrito para siempre en la memoria “Tus recuerdos son cada día más dulces / El olvido solo se llevó la mitad”, como experiencia irrepetiblemente bella, “la más bella historia de amor que tuve y tendré”.
Fiel a su estilo, entre una canción y otra, devela reflexiones sobre distintos temas y, aunque gran parte de la audiencia, pide a coro, como suele suceder, temas como Penélope, Mediterráneo, Aquellas Pequeñas cosas, Serrat, conocido también como El noi del Poble-Sec (el chico del Pueblo Seco) y el Nano, se toma con calma el curso de lo que quiere narrar en este concierto.
Sigue con Algo personal del disco Cada loco con su tema de 1983. La canción critica a ciertos personajes que usan sus cargos en beneficio propio, en vez de hacerlo para el beneficio del colectivo. “Probablemente en su pueblo se les recordará como cachorros de buenas personas / Que hurtaban flores para regalar a su mamá y daban de comer a las palomas”.

Homenaje a Miguel Hernández
Utilizando frases de sus propias composiciones, continúa: “Pero lo nuestro es pasar, de un tema a otro. Miguel Hernández, nacido en 1910, murió en la cárcel de Alicante en 1942, fue un pastor de cabras aunque siempre supo que era poeta, autodidacta y comprometido con su gente y con su tiempo. Un hombre sencillo y sensible que amaba la libertad y la vida, ambas cosas se las quitaron, pero nos dejaron su poesía”. Así introduce Serrat la canción Las nanas de la cebolla, poema que escribe Hernández en la cárcel sobre las penurias que pasan su mujer y su hijo recién nacido mientras él está en el encierro, sabiendo que las cebollas son la base de la alimentación en su casa. Así sostiene que recordarlo es un deber de España y del mundo.
Con un gran coro que le acompaña, interpreta Para la libertad del álbum Miguel Hernández editado en 1972, que pone voz a un herido anónimo en honor a los combatientes de la guerra civil española.
Uno de los momentos más emotivos llega cuando habla de su madre: “Lo único que quería era hacerle un homenaje a la tragedia de una mujer que vive toda su vida caminando, y toda su vida la pasa mirando hacia atrás. Nace en Barcelona, estalla la guerra, fusilan a su padre y a su madre, 30 miembros de su familia son ejecutados, asesinados en el pueblo y ella se dedica durante la guerra a recoger niños…”, como preámbulo de Canço de Bressol cuya semblanza muestra este nostálgico cuadro: “Por la mañana rocío, al mediodía calor / Por la tarde los mosquitos, no quiero ser labrador”.
Es el turno de Hoy por ti, mañana por mí, cuya frase nos recuerda que es importante dar y recibir en igual medida, una de las grandes y más emotivas canciones del álbum conjunto con Joaquín Sabina, La orquesta del Titanic (2012). Fue Sabina quien le deseara en el programa español La Noche en 24h, días antes del inicio de la gira, “toda la suerte del mundo”, además de anunciar que él está haciendo un disco para luego irse de gira, donde finaliza con: “Nano, dime que me vas a echar de menos en el escenario”. Ambos ríen y Serrat responde: “Yo a ti te echo de menos en cualquier circunstancia y en cualquier lugar”.
A medida que se acercan las canciones más conocidas, el público ovaciona a Nano, la mayoría de las veces de pie. Sigue con Es caprichoso el azar (acompañado por la dulce voz de Uixi Amargós), Hoy puede ser un gran día y Los recuerdos.
“Perdonen que sea tan insistente en mis temas pero de eso están hechas las canciones, exactamente de inventos, de memoria, de fantasías, pero ¿saben? ni nuestra memoria es tan fiel, ni nuestros recuerdos tan sinceros. Nuestros antepasados creían que la memoria y las emociones residían en el corazón, pero la vida —según nos dice Gabriel García Márquez— no es la que uno vive, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda. Y una canción existe solamente cuando alguien la canta y alguien la escucha”, dice y entona: “Son aquellas pequeñas cosas / Que nos dejó un tiempo de rosas / En un rincón / En un papel / O en un cajón”.
Pero lo que el público quiere, más que escuchar, es cantar con Serrat, y así lo hace con Mediterráneo: “A tus atardeceres rojos se acostumbraron mis ojos / Como el recodo al camino / Soy cantor, soy embustero / Me gusta el juego y el vino, tengo alma de marinero / ¿Qué le voy a hacer si yo nací en el Mediterráneo?”.

La recta final
La última reflexión de la noche gira en torno al tema ambiental: “La interminable lista de los males que padece el planeta, cada día en aumento, cada día más serios. Duele saber la porquería de testamento que le vamos a dejar a nuestros hijos, uno piensa que siendo positivos, como debemos ser en nuestra actitud, que estamos a tiempo de cambiar las cosas, pero cuando uno observa a su alrededor parece que nadie tiene prisa. Yo deseo de todo corazón que —quien sabe dónde o cuándo volvamos a vernos— la palabra mañana sea aún para nosotros sinónimo de vida”. Y con esta consideración interpreta Padre, canción compuesta originalmente en catalán como una alerta, un ruego para que la humanidad se haga cargo del cuidado del planeta: “Padre, Padre, Decidme qué le han hecho al río que ya no canta / Resbala como un barbo muerto bajo un palmo de espuma blanca”.
El concierto está llegando a su fin cuando llega la apoteosis con Cantares de Antonio Machado, donde el público entona a voz en cuello “Caminante no hay camino / Se hace camino al andar”.
Continúa con otra creación que revela que debemos aprender que la felicidad se encuentra en el propio detalle con “De vez en cuando la vida / Afina con el pincel / Se nos eriza la piel y faltan palabras / Para nombrar lo que ofrece / A los que saben usarla”.
El recital parece finalizar con Fiesta para recordar. “Vamos bajando la cuesta / Que arriba en mi calle / Se acabó la fiesta”. Serrat agradece con repetidas venias y presenta a los músicos que lo acompañan. Los aplausos y los pedidos de “otra, otra” no parecen terminar. Interpreta entonces un infaltable que aborda la crianza de los hijos: “Esos locos bajitos que se incorporan / Con los ojos abiertos de par en par / Sin respeto al horario ni a las costumbres / Y a los que por su bien, hay que domesticar”.
Incansable, el público pide “otra, otra”, “Penélope, Penélope”. Serrat regresa al escenario y entona por fin Penélope, coreada por el público de pie, con total dominio y gran emoción en su despedida: “Penélope / Con su bolso de piel marrón / Y sus zapatos de tacón / Y su vestido de domingo”.
El cantautor deja el escenario y quedan los instrumentos como testigos de un evento importante, quedan también en mi retina las imágenes y en mi memoria las melodías de las 21 composiciones interpretadas con gran sentimiento y captadas por el público con tanta emoción. Los conciertos de Serrat, al menos los de esta última gira, son de esos eventos que se viven una sola vez en la vida. No se trata solo de la emoción de vivir un espectáculo en vivo, sino de estar unas horas en contacto tan cercano con un cantautor que marcó la vida de muchas personas y que con su talento regaló tanta inspiración. A mí su música, definitivamente, me marcó la vida. Me enamoré de un hombre que comparte mi gusto por Serrat, por supuesto; mi primera hija se llama Lucía, porque encontré en ella la más bella historia de amor; comprendí qué son aquellas pequeñas cosas que enriquecen nuestra vida y que solo se hace camino al andar.







