Había terminado de bailar ese Sábado de Peregrinación; almorzaba un poco después de las cinco de la tarde. De pronto, una llamada imprevista y desesperada: “Hermano, la mamá sufrió un accidente en las graderías; mira la televisión”. Nos desvanecimos de susto, eran las 18.00 de ese 1 de marzo de 2014 trágico en Oruro.
Sirenas de ambulancias, incertidumbre y dolor en la gente, y los presentadores del Carnaval en la televisión especulaban sobre su suspensión o no de la entrada. Había caído una pasarela de metal sobre los músicos y las graderías. Luto y desazón.
“Anda a buscar a la mamá”. Mi madre estaba desaparecida; se encontraba en uno de los asientos de las graderías después destruidas por la caída de la estructura metálica; la llevaron en lo que pudieron al hospital y mi familia no supo hacia dónde, por la premura y el caos.
Ya con mis prendas de toba aún en el cuerpo y mis dos hijos conmigo, salgo en su búsqueda. No la encuentro en una clínica y en el Hospital General me dicen que hay una persona fallecida. Helado de preocupación y miedo, pregunto si la víctima es varón o mujer: Es un varón.
Aliviado un poco, aunque dolido por el destino del hombre, comienzo a preocuparme por cómo pudo haber terminado mi mamá. Tomamos un taxi y nos vamos sin rumbo; en el camino decimos que había que cruzar la ciudad bloqueada por el caos carnavalero y la angustia, y otra llamada desesperada: “La mamá está en el Hospital Obrero”. Al norte de la ciudad.
Llegamos y nos internamos raudamente en el nosocomio. Nadie para decirnos dónde pudo estar mi mamá. Un largo pasillo, cuerpos sangrando y en el fondo, mi mamá. Sangraba por el vientre y se moría de dolor. La abracé, lloramos; le pregunté si podía mover sus pies: movía. Sus dedos, también. Estaba bien de la columna, pero sentía dolor en esa parte de su cuerpo.
Buscamos el médico y decidimos llevarla a un examen de radiografía. La retiramos en una camilla a un laboratorio cercano. Mi madre sufrió un grave desgarro interno y daños en un par de vértebras. Afuera, un enjambre de periodistas.
Una de ellas le quita la colcha que cubría la cara de mi madre y comienza a invadirla con un micrófono. Me molesta su atrevimiento y le digo que, por favor, deje hacer su trabajo al camillero. Me increpa casi a gritos: “¡Déjeme hacer mi trabajo!”. Le respondo que, al contrario, me deje salvar la vida de mi mamá.
Discutimos unos segundos, me cuestionó que no sabía nada de su trabajo; le dije que lo sabía perfectamente, que revise los códigos deontológicos antes de seguir la discusión: Disculpe, “colega”. Se quedó en silencio, creo que me entendió.
¿Qué quiso saber la colega de voz de mi madre casi moribunda? ¿Por qué actuar indolente? ¿Acaso no debió hablar con nosotros o los médicos, por ejemplo? ¿La primicia? No, el morbo; el morbo “vende”.
Recordé este pasaje de nuestras vidas estas semanas. Nuestra televisión es una lloradera de personas; los periodistas hacen todo el esfuerzo de buscar que las víctimas lloren; se ha vuelto su especialidad. Hagan la prueba, vean los noticieros de las noches.
¿Qué sentido tiene hacer un reportaje sobre un caso de violencia, pasarlo por las pantallas y luego hacer un “vivo” con la misma fuente del informe del día, la víctima, en el lugar de un velorio? Revictimizarla y morbo; no se entiende de otra forma.
¿Qué necesidad hay de ir al cementerio y en medio del dolor íntimo comenzar a hablar con la familia de los dos niños asesinados por su madre? Indolencia, agresión a la intimidad y, otra vez, morbo.
¿Qué necesidad hay de entrevistar a la niña que vio cómo su padre mató a su madre? Falta de ética, falta de profesionalismo y morbo. ¿Qué necesidad?
Ya no es solo la naturalización de la información falsa el problema de nuestro periodismo, sino también la naturalización de la indolencia y el morbo, aunque no son fenómenos “periodísticos” nuevos.
¿Debemos culpar a los docentes de las universidades o a la improvisación del oficio la tremenda falta de criterio y el irrespeto a las víctimas y al público? No necesariamente, es parte de la misma formación personal de los “profesionales”.
Y no se trata de que nos digan “si no te gusta el canal, apaga y punto”. Se trata de una vil manera de naturalizar el extremo nefasto de un periodismo mal hecho, que repercute en más violencia.
Rubén Atahuichi es periodista.







