Movimiento perpetuo. En los años que llevamos trabajando con Fernando Antezana surge el tema —a veces como broma, a veces en serio— de los nombres de sus exposiciones. Huelga decir que las más de las veces buscamos negociar un cambio, aunque no siempre con éxito, pues él intentaba mostrar más un estado de ánimo que algo que englobe una propuesta estética”, adelanta el galerista Ariel Mustafá sobre Vivencia, la muestra del artista cochabambino que se exhibirá en Altamira galería de arte (calle José María Zalles Nº 834, bloque M-4, San Miguel, en La Paz) del 23 de febrero al 15 de marzo.
“Quienes se acercan a su obra saben que esa decisión es lógica, sus obras son un momento de sensaciones, un instante fugaz de emociones, pues como el propio artista en su obra nada está quieto, la constante es el movimiento, y a través de él —del movimiento— nos sabemos parte de un todo cambiante, no solo de un universo que no se detiene, sino un nosotros que fluctúa entre la euforia y la calma. Quizá Antezana nos revive el hecho de que el tiempo es inaprehensible y con él lo que somos, aunque lo que tengamos al frente sea un coloso en forma de montaña, eterna, sí, pero mutable como el viento que la acompaña”, agrega Mustafá.
Fernando Antezana Andrade nació en Cochabamba en 1974, ciudad en la que actualmente radica. De formación autodidacta, expone su obra desde 1990. A su labor artística se le debe agregar la de gestor cultural. Es promotor y director del Museo de Arte Chinchiri, llamado así en honor al lugar de nacimiento de su tío, el maestro Gíldaro Antezana.
“Fernando Antezana nos presenta su exposición Vivencia. Como no podía ser de otra manera, le preguntamos ¿Por qué ‘vivencia’?, (era la pregunta obvia), sin saber —o tal vez sabiendo— que nada es casual en lo que propone. ‘Trabajo por momentos, es decir frente a la tela o la madera estoy unos momentos. Pero de verdad trabajo todo el día, veo el paisaje y lo imagino en la tela; veo el tronco y sé qué figura oculta; vivo creando, todos los días a toda hora. Es mi vivencia, por ello el nombre’, me dice. Luego me quedo pensando, no muy convencido gramaticalmente del término, pero seguro de que Fernando siente el nombre como un tatuaje. Tatuaje que, estamos seguros, mutará con el tiempo, con los días, con sus vivencias…”, concluye Mustafá.
Es así que el día a día pasa a través de los ojos del artista y los paisajes citadinos, sus personajes, las sensaciones, los sentimientos y las situaciones —incluyendo un paro cívico— se traducen en técnica mixta, esmalte y acuarela sobre trupán, lienzo o metal o en curvilíneas esculturas talladas en madera.







