Cuando vienen a matarlo, Luis Espinal vive en el barrio paceño de Miraflores con otros jesuitas como Xavier Albó, al final de la calle Díaz Romero. Lucho lleva doce años en Bolivia pero no ha olvidado el catalán, con el que se comunica con su hermana, la monja María de la Salut. Atrás han quedado los primeros poemas en su lengua materna cuando ésta sufría la persecución de la dictadura de Franco en España.
Luis (o Lluis en “catalá”) es de un pueblo de 1.500 habitantes llamado Sant Fruitós de Bages, cerca de Manresa, provincia de Barcelona. Es de signo Acuario pues nace un 4 de febrero de 1932, cuatro años antes del estallido de la Guerra Civil Española, tras el golpe de Estado franquista/falangista contra el gobierno de la República.
La madre de Espinal fallece siendo él un niño; dos de sus hermanos se hacen religiosos y otro hermano es fusilado “por los rojos” durante la guerra. Después de la secundaria en un colegio de Roquetas (Tarragona) él también pasa al noviciado. Como estudiante practica natación, hace largas caminatas y juega fútbol, en el que hace de arquero. Con 19 años, ya tiene la película clara pues pide en el día de sus votos en la Compañía de Jesús partir a Bombay, India. El viaje nunca llega por la oposición del gobierno indio.
Un año después, en 1952, Luis gana un concurso de poesía pero es descalificado porque el poema está escrito en catalán. No deja la poesía hasta que llega a Bolivia en 1968. Mientras tanto traduce al poeta y cura jesuita inglés Gerald Manley Hopkins, autor de escasa difusión en vida pero que influyó después a pesos pesados como W.H. Auden o T.S. Eliot. “El hecho de que Espinal hubiese atisbado el valor de un poeta que solo recientemente ha empezado a tener eco en el mundo de habla hispana manifiesta su clarividencia y penetración”, dice Xavier Albó en el libro Luis Espinal, el grito de un pueblo.
Espinal estudia lenguas clásicas y lee el Nuevo Testamento en su idioma original, el griego helenístico o koiné. Escribe para revistas de filosofía y teología con el pseudónimo de “Luis Borja”. En 1964 se va a Italia (Bérgamo) para estudiar durante dos años cine para televisión. A su regreso entra a trabajar en Televisión Española (TVE), el canal público, hasta que la censura de la dictadura de Francisco Franco lo saca dos años después por “culpa” de su programa Cuestión urgente. No va a ser la primera vez que Espinal enfrente cara a cara la censura.
La primera casa donde vive “Lucho pueblo” cuando llega a Bolivia —un 6 de agosto de 1968— está cerca de la populosa calle Buenos Aires. Por la casa pasa medio mundo, por eso es bautizada como Villa cariño, una canción de moda de Los Wawancó, banda fundacional de la cumbia/música tropical argentina. Dos años después de su llegada, Espinal nace por segunda vez y se hace boliviano (el 11 de junio de 1970). Es subdirector de la carrera de Periodismo en la Universidad Católica, organiza sesiones de cine-club y hace un programa de documentales en Televisión Boliviana llamado En carne viva. Entonces sufre la censura por segunda vez y llega el despido del canal estatal en 1971. Es detenido bajo el régimen del general Alfredo Ovando y muchos “curas rojos” salen al exilio. El Lucho no se va. Espinal puede escapar/exiliarse pero esa idea jamás se le pasa por la cabeza. Hace rato que ha decidido volcar toda su lucha en favor del pueblo boliviano, pero huye como agua hirviendo del clásico (¿inevitable?) paternalismo de las izquierdas.
(Señor, danos coraje para lanzarnos a la corriente de la vida, sin prudencias, sin miedo a la muerte. ¡Qué importa adelantarle la fecha!, Luis Espinal, Radio Fides).
Comienza a escribir en Última Hora una columna llamada Signos del Tiempo hasta que el propietario del diario, Mario Mercado, lo “despide” en 1974. Ya van tres censuras. También de Presencia lo van a sacar rajando tres años después porque sus críticas de cine no estaban de acuerdo con la “línea del periódico”, según el director del diario católico Huáscar Cajías Kauffmann. “La verdad nos da miedo y por esto hemos inventado algo tan absurdo como la censura que trata al país como a niños pequeños, se nos quiere ahorrar el tener que pensar y por eso se nos sustraen las ideas diversas. La censura ya piensa por nosotros y nos da solamente las verdades que nos convienen, así las ideas se sirven en mamadera. La autocensura es mucho peor, la censura crea mártires, la autocensura corrompe y crea colaboracionistas, es una forma de suicidio intelectual y da apariencias democráticas a lo que realmente es solamente una dictadura”, responde Espinal.
Las editoriales que escribe para el informativo de mediodía de Radio Fides hacen enojar al general Hugo Banzer Suárez tras el golpe del 21 de agosto de 1971. Una de ellas dice así: “La fidelidad del pueblo solo se gana con la fidelidad al pueblo, basta de muerte y destrucción. Bolivia necesita a sus hijos vivos para que engrandezcan a la patria”. Albó, también jesuita, recuerda que en cierta ocasión la esposa del dictador, Yolanda Prada, aprovechó una charla de cine-club para increparlo.
(¡Maldita sea la muerte! ¡Maldito el machismo que nos la hace mirar sin pestañear, como si esto fuese heroísmo y no simplemente insensatez! Luis Espinal, Última Hora)
Espinal imparte clases de Sociología y, como no tiene tiempo, propone a los estudiantes hacerlo a las seis de la mañana. Dicho y hecho. Espinal duerme poco y le cuesta reaccionar cuando despierta. Clasifica todas las películas que llegan a los más de 20 cines que hay por toda la ciudad con sus famosas “cinco estrellas”: llega a ver tres filmes al día para cumplir con la misión. Ocupa siempre la misma butaca en cada sala. Cuando puede cuela indirectas contra Banzer en críticas de cine sobre películas violentas y clanes autocráticos, como El Padrino. La última película que ve en su vida —en el cine 6 de Agosto— se llama Los desalmados (1971), un filme mexicano que narra la historia de unos cazarrecompensas. “¿Habría pensado Lucho en esos momentos en aquellos desalmados que esa misma noche maquinaban con frialdad diabólica su muerte?”, se pregunta otro jesuita, esta vez vasco, Gregorio Iriarte.
En el cine San Calixto que funciona como Cinemateca hace cola para comprar su entrada, a pesar de que ha sido pieza fundamental para el nacimiento de la misma. No solo escribe de cine, también hace cine, merced a su experiencia y estudios en montaje y guiones cinematográficos. Se junta con Antonio Eguino, con Paolo Agazzi, con Óscar Soria, con Alberto Villalpando y participa en una de las películas más exitosas de la historia del cine boliviano, Chuquiago (1977), que llega a ser vista por más de un millón de personas.
Desayuna de pie para no perder ni un minuto de vida. En todos los trabajos pone siempre lo suyo: seriedad, sencillez, humildad, responsabilidad, crítica constructiva y pasión. El cine y la radio son sus dominios pero nunca dice que no a un taller de Teología de la Liberación, a una charla cinéfila, a un represaliado político que necesita ayuda.
(El país no necesita mártires, sino constructores… El mártir es un masoquista; si no puede vencer en el triunfo, procura sobresalir en la derrota… Los mártires son adolescentes. Y hay adolescentes de 50 años de edad… En cambio, el pueblo no tiene vocación de mártir. Cuando el pueblo cae en el combate, lo hace sencillamente, cae sin poses… La revolución necesita hombres lúcidos y conscientes; realistas pero con ideal. Y si un día les toca dar la vida, lo harán con la sencillez de quien cumple una tarea más. Luis Espinal, última editorial inconclusa del semanario Aquí, marzo de 1980).
A estas alturas ya vive en una casa de la calle Illampu, cerca del mercado Rodríguez. Es un gran contador de anécdotas y da misa en Villa San Antonio. Solo descansa los domingos cuando duerme hasta las once. Aprovecha “el día del Señor” para hacer los tallados en madera que tanta calma y reposo le aportan. Lee compulsivamente (José María Arguedas es uno de sus autores predilectos) y cocina menús “a la Espinal”: sopita de verduras, carne asada con vino y jugosas tortillas de papa con cebolla.
Muchas de las esculturas en madera tienen un puño en alto y son regaladas a los amigos más queridos. Una de las últimas que va a hacer es el logo del combativo semanario que dirige, Aquí, ejemplo eterno del mejor periodismo militante, el periodismo de clase. La primera tapa/portada de Aquí, publicada el 17 de marzo de 1979 (un año antes de su asesinato) lleva una fotografía rota de Banzer sobre una marcha popular de fondo.
(No se puede ser neutral entre el robado y el ladrón, entre el bien y el mal, entre el explotado y el explotador, por ganas de conservar una absurda imparcialidad. El que dice que no se interesa de política, sin saberlo tiene un rol político: el de conservador. También el absentismo político es una actitud política: la del apoyo al sistema establecido. Y apoyar el sistema no es neutralidad. Luis Espinal).
Antonio Peredo, compañero en el periódico de la calle Jenaro Sanjinés 841, recibe una de esas tallas de madera. La va a guardar con cariño hasta su muerte. “Para mí representa una actitud: un rostro de ojos redondos, como abriéndose a las posibilidades del mundo, se une a un cuerpo que es solo un brazo empuñando un martillo; todo el resto de la estructura humana ha sido descartado. Ese martillo empuñado —como dispuesto a golpear donde sea necesario— es Luis Espinal”, recuerda Peredo Leigue en el capítulo El compromiso del periodista, del citado libro.
Luis es un gran aficionado a la música y en esto tampoco discrimina: goza por igual de los cantos gregorianos y la música clásica (sus composiciones favoritas son la Novena Sinfonía de Beethoven y el Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo) que de las canciones de Edith Piaf o de la banda sonora de Candilejas, de Chaplin. Gusta también de pasear y sus caminatas preferidas son por los barrios de la periferia paceña y por Zongo, a los pies del Huayna Potosí. Cuando puede casa a parejas en la clandestinidad, como recuerda hoy Ruth Llanos para honrar la memoria de su compañero Ricardo Navarro.
Lucho es un querendón de las tertulias y las guitarreadas aunque escapa de las “farras” con trago, recuerda Albó. Sufre tres enfermedades graves antes de ser asesinado: un derrame cerebral en el 74, una columna dislocada un año después y una hepatitis. “Por eso, parecía más mayor de lo que era”, dice Albó. El borrador de la última editorial para Aquí que nunca se publicará titula: No queremos mártires. Y la última editorial suya que se escucha aquel viernes fatídico al mediodía por Radio Fides lleva este titular: Alerta a la tentación neo-nazi.
(La lucidez con que hemos pensado en jugarnos la vida, en algún momento, me trae un instante de suprema serenidad: la vida es para esto, para gastarla por los demás. […] Hemos visto claramente que hay cosas que valen más que la propia vida. ¿No será ideal muy rastrero esperar morirse de senectud y vejez? ¿No será mejor morir por algo? ) Luis Espinal Camps, 1980.
*Los datos y fotos de este texto están recogidos en un hermoso libro llamado Luis Espinal, el grito de un pueblo de Alfonso Gumucio Dagron, con artículos de Xavier Albó, Antonio Peredo Leigue y Gregorio Iriarte. La obra fue publicada por primera vez en Lima en 1981 por la CEP. Una segunda edición fue lanzada en España en 1982 bajo el título Lucho Espinal, testigo de nuestra América (IEPALA). La tercera edición, la primera en Bolivia, llegó en 2017 gracias a Plural editores y la Fundación Xavier Albó.
Réquiem para un justo
(*) De Jaime Nisttahuz Parrilla
Tu palabra es como un árbol repicando
una venta con tu sonrisa junto a la eternidad.
Sabías que la tristeza
es como una llovizna de necesidades
un espejo empañado
en el que uno se mira a medias
y buscabas una infinita multiplicación de panes
para una ciudad más abierta.
¿Qué podían indagar en tu transparencia?
¿Qué interrumpir de la vida
interrumpiéndote el aliento?
Tu palabra es como un árbol repicando.
Para enfadar al ladrón y al asesino
te has partido en las calles
como una luz.
Que beban, rían o se revuelquen en la hierba
los arteros.
Los ha vencido tu muerte, Luis.
Van a testificar hasta las piedras.
Y porque el amor
es un puente entre la vida y la muerte,
vamos a reconocer tu alegría en cada nombre
que caiga y se levante
como una manera de recuperar tu transparencia.







