Cada nueva crisis nos obliga a mirarnos al espejo como sociedad y a tomar conciencia de nuestra relación con la naturaleza. Estamos ingresando al tercer año de pandemia y con todo, la gente parece estar cada vez más consciente de la gravedad de los riesgos que presentan la crisis climática y el colapso de la biodiversidad para el mundo. Según el Informe de Riesgos Globales 2022 publicado recientemente por el Foro Económico Mundial, el fracaso de la acción climática, el clima extremo y la pérdida de biodiversidad, son los tres riesgos más graves y potencialmente dañinos para las personas y el planeta en la próxima década.
No debería extrañarnos que entre todos los riesgos de diversa índole (económicos, tecnológicos, geopolíticos, sanitarios, etc.), los riesgos ambientales dominen las preocupaciones sobre las amenazas más críticas que enfrenta la humanidad, dado el aumento de la frecuencia de grandes incendios, récords climáticos, sequías e inundaciones en todo el mundo. Lo que resulta una llamada de atención importante para los líderes mundiales es que se perciba el fracaso de la acción climática como la mayor amenaza global, develando la falta de confianza en la voluntad política y en nuestra capacidad para frenar la crisis climática y ambiental desde sus causas estructurales, y esas causas están relacionadas con el modelo actual de producción y consumo y la degradación de nuestro medio natural.
Parafraseando a John Muir: Cuando tiramos de una cuerda de la naturaleza, encontramos que está conectada a todo lo demás. Los bosques son esenciales para la conservación de la biodiversidad, la regulación del clima y el ciclo del agua, y su destrucción pone en riesgo la base ambiental de nuestra propia supervivencia. La Amazonía se acerca peligrosamente al punto de no retorno que vienen advirtiendo los científicos desde hace años, con casi una cuarta parte de su territorio bajo un estado de perturbación avanzada por la deforestación y degradación, según alertó la RAISG en 2021. La pérdida de los bosques de la Amazonía tendrá impactos irreversibles en procesos vitales como la generación de lluvias, con consecuencias desastrosas en la intensificación de sequías, escasez de agua y riesgos de incendios en regiones altamente expuestas y vulnerables como la Chiquitanía y el Bosque Seco Chiquitano. Así como la deforestación y la expansión agrícola en los Bañados de Isoso, un humedal y sitio RAMSAR de importancia internacional, amenazan con acelerar la pérdida de biodiversidad y la crisis del agua en el Chaco, además de la conectividad hidrológica con otro sitio RAMSAR ya degradado, que es Laguna Concepción, comprometiendo la seguridad hídrica y alimentaria de poblaciones indígenas vulnerables.
Lo sucedido con el puente construido sin estudios de impacto ni licencia ambiental y los consecuentes desmontes en el río Parapetí y los bañados de Isoso, es un reflejo de lo que viene ocurriendo a mayor o menor escala con nuestras áreas naturales en todo el país. Las repercusiones que ha generado esta noticia reflejan también el descontento general y esa toma de conciencia ambiental de la sociedad, que exige a las autoridades de todos los niveles que actúen consecuentemente con las leyes y políticas vigentes y discursos en favor de la Madre Tierra.
Dicen que de todas las crisis se aprende, y aunque hoy somos más conscientes de que la salud de las personas está estrechamente relacionada con la salud del planeta y la biodiversidad, aún no parece haber un verdadero reconocimiento del sentido de urgencia de actuar sobre los riesgos ambientales para prevenir futuras crisis. No se trata de oponerse a las necesidades de desarrollo, ni de volver a la naturaleza, como si fuésemos algo opuesto o exterior a ella. Hablamos, en todo caso, de reconstruir nuestra relación con la naturaleza, ponerla al centro de las decisiones en las agendas de desarrollo y del futuro al que aspiramos.
Verónica Ibarnegaray es Directora de Proyectos Fundación Amigos de la Naturaleza.







