Colocar el mosaico número 4.000 era algo muy especial. Por eso el creador francés Invader decidió colocarlo en Potosí, Bolivia, a 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar. Graduado en Bellas Artes en la Universidad de la Sorbonne en París y reconocido como uno de los artistas urbanos más importantes del globo, llegó al país como parte de un proyecto a gran escala que realiza desde 1998: Space Invader.
“Me defino como un UFA, Unidentified Free Artist (Artista Libre No Identificado). Elegí Invader como mi pseudónimo y siempre aparezco detrás de una máscara. Como tal, puedo visitar mis propias exposiciones sin que ningún visitante sepa quién soy realmente, incluso si estoy a unos pasos de ellos”, explica el artista que ha dejado su obra en las calles de 80 ciudades de todo el mundo. Potosí y Sao Paulo son las dos únicas urbes que contienen sus trabajos en América del Sur, como se puede ver en el mapa de sus intervenciones en su portal space-invaders.com.
El artista crea mosaicos de diferentes dimensiones, emulando —a través de la estética de los píxeles— los temas de la cotidianidad de cada ciudad, así como la cultura del lugar y los íconos pop. En las calles y paisajes de Potosí dejó 53 obras plasmadas, donde habla de los mineros, la fauna y las tradiciones. ESCAPE conversó de forma exclusiva con el artista que siempre está enmascarado.
—¿Cómo surge la idea de venir a Bolivia, a Potosí en específico?
—Durante mucho tiempo he estado buscando un lugar donde poner mi Space Invader número 4.000. Estaba buscando una idea interesante que se vinculara con el 4.000, así que cuando descubrí la existencia de Potosí, ubicada a 4.000 metros sobre el nivel del mar, y me informé sobre dicha ciudad, inmediatamente pensé que era el lugar perfecto. No solo es una ciudad increíble en cuanto a su historia y su posición geográfica, sino que hace tiempo que quería trabajar en un país latinoamericano porque eso nunca antes había pasado. Así que todo se ha dado para llevarme a Potosí.
—Esta pieza forma parte de un proyecto de arte urbano mucho más grande, World Invasion. ¿En qué consiste?
—La idea es realizar mi arte a escala planetaria, es decir en las calles de todo el mundo. Todo mi concepto se basa en la idea de invadir el espacio, el espacio planetario, con mosaicos inspirados en la estética digital y más precisamente en dar cuerpo al píxel informático con baldosas de cerámica. Potosí me permitió celebrar mi mosaico número 4.000, pero también es la ciudad número 80 en la que intervengo alrededor del mundo.
—Yendo atrás, ¿cómo surge la idea de trabajar el píxel en arte urbano?
—Me interesó la idea de representar el píxel en mi arte porque el píxel representa a mis ojos el nacimiento de la era digital, es decir de nuestro mundo actual, ya que con las computadoras y los teléfonos móviles lo digital es omnipresente en nuestros días. Esta es una gran revolución para la humanidad. Bueno o malo, ¡pero muy real! Entonces comencé hace 25 años haciendo pinturas de píxeles, luego se me ocurrió la idea de representar el píxel usando baldosas de cerámica. Así que hice una serie de mosaicos con baldosas de cerámica sobre paneles de madera. Entonces, un día, cuando tenía un mosaico que representaba la figura de un Space Invader (figura de un videojuego japonés lanzado en 1978 por Taito) listo para ser pegado, decidí pegarlo no en un panel sino directamente en una pared, en la calle… Y todo comenzó ahí, y me dije que ahora tenía que seguir el programa “Space Invader” (invasor del espacio) y seguir invadiendo las paredes de las ciudades de todo el mundo con mis mosaicos de píxeles.
—¿Cómo se ha integrado su trabajo con diferentes ciudades? ¿Qué ha descubierto en estos viajes?
—Este proyecto es el proyecto de mi vida porque es interminable. Año tras año mejoro mi estilo y sobre todo viajo por todo el mundo para afinar los mosaicos. ¡Y el mundo es grande! Me digo a mí mismo que tengo una gran oportunidad de hacer esto porque no hay nada más gratificante que viajar por el mundo, descubriendo diferentes formas de vida, diferentes paisajes y, por supuesto, diferentes culturas. Así que a lo largo de los años he aprendido a adaptar mi arte a estas diferentes culturas para fundirme mejor en el paisaje. Por ejemplo, en Potosí, trabajé en símbolos locales como chacanas, cóndores, referencias de las minas del Cerro Rico, etc.
—¿Cómo fue trabajar a más de 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar?
—Reconozco que fue bastante intenso, sentí lo que se llama el mal de altura y muchas veces me quedé sin aliento, ya que instalar un gran mosaico, como es la cabeza del Tío, que tiene 3 metros de altura, es todo un acto físico. Pero realmente no me arrepiento, valió verdaderamente la pena porque fue una gran experiencia, esta ciudad es extraordinaria y estoy más que feliz de haber logrado finalmente instalar más de 50 obras en toda la ciudad de Potosí.
—¿Cómo lo recibieron los bolivianos, qué impresiones tuvo su obra?
—La gente me recibió muy bien, en su mayoría eran curiosos y se preocupaban por mi trabajo. La invasión de una ciudad es para mí un regalo que le hago a la ciudad y a sus habitantes, y las personas que he podido conocer lo han entendido bien. Dicho esto, hablo por las pocas personas que he conocido, pero la gente de una ciudad tarda varias semanas o meses en notar mi trabajo, así que depende de usted investigar y decirme qué impresiones ha dejado mi trabajo en la gente.
—¿Será posible “invadir” Bolivia con arte nuevamente?
—No lo sé, por el momento acabo de volver y, como le dije, el mundo es grande… Así que no creo que regrese de inmediato, pero no sé qué va a deparar el futuro…







