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Coda: Señales del corazón

El Óscar a mejor película para el filme de la directora Sian Heder provocó sorpresa; no estaba entre los favoritos

Coda: Señales del corazón
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Por Pedro Susz K.
La Paz / abril 17, 2022
en Escape

CINE

Si bien el sopapo propinado por Will Smith  a Chris Rock, dizque cómico presentador/animador de la velada, acaparó el grueso de los comentarios en redes y medios, ratificando la propensión cada vez más conspicua de unas y otros hacia el morbo y el escándalo, al mismo tiempo develó cuán poco deja la publicitada ceremonia anual de los Óscar para una apreciación que trascienda el espectáculo banal, en cualquiera de sus manifestaciones.

De principio, Coda: Señales del corazón (en otras latitudes se estrenó con el título Coda: Sonidos del silencio) no figuraba en las predicciones como una de las grandes favoritas de la noche, pero tampoco resultó ser una gran sorpresa. Bastaba con recordar los incontables ejemplos que denotan la predisposición de la Academia de Artes y Ciencias de Hollywood a pavonearse en el modo de una piadosa congregación presta siempre a condolerse de quienes padecen, en la pantalla al menos, algún tipo de afección física o psicológica.

El hecho es que el segundo largometraje como directora de Sian Heder (Cambridge/1977) —el primero fue Tallulah (2016)— acabó recibiendo los reconocimientos a mejor película, mejor guion adaptado y mejor actor secundario. Si el primero resulta opinable considerando que en el otro platillo de la balanza figuraba El poder del perro —más adelante me detendré unas líneas para pormenorizar por qué la película de Jane Campion, candidata preferente en las apuestas previas, acabó siendo la gran perdedora—, no lo es menos el segundo, teniendo en cuenta que se trata de la rehechura de la película francesa La familia Bélier (Éric Lartigau/2014). En cuanto a la tercera estatuilla, no hay nada que objetar.

Quienes tuvieron la oportunidad de apreciar el original galo concuerdan en su mayoría con que el bis estadounidense, coproducido por el mismo equipo de aquél, es uno de los infrecuentes ejemplos de cuán relativo viene a ser el dictamen “nunca segundas partes fueron buenas”, opinión compartida incluso por aquellos que relativizan los méritos de la hechura de Heder.

Ruby, de 17 años,  es la hija menor de los Rossi, una familia inmigrante de pescadores y la única intermediaria entre aquélla y el mundo circundante, puesto que Frank, su padre, Jackie, su madre y su hermano Leo son todos sordomudos. (A modo de aclaración, Coda es la sigla de “Child of Deaf”, en castellano “hijo de padres sordomudos”) Durante el día, luego de acompañar a papá y al hermano mayor a bordo de su modesta embarcación, la chica se encarga de negociar el producto de la pesca con los abusivos mayoristas, renuentes siempre a pagar el monto justo de lo que deben por el producto, precipitando así severos problemas de subsistencia para todos los lugareños, pero sobre todo para los Rossi. 

Al mismo tiempo también intenta mantener a flote las relaciones amistosas con los demás moradores de Gloucester, quienes muestran una agresiva inclinación discriminatoria hacia ese grupo familiar con raíces en alguna circunscripción latinoamericana y afectado por la patología que llevan encima.  En las noches, atiende sus labores escolares, si bien en el fondo su sueño es triunfar en algún momento en el campo de la música, aspiración sustentada en la bella voz que posee y en su innegable talento melódico. Esto último es advertido pronto por Bernardo Villalobos, también conocido como Mr. V, el maestro de canto rendido  pronto, pese a su árido carácter, a la incuestionable aptitud de Ruby, destacándose entre sus compañeras y compañeros del coro estudiantil, al cual se sumó en principio buscando aproximarse a Miles, el muchacho que la atrae.

Cuando, alentada por Villalobos, Ruby resuelve probar suerte en una conocida academia de música, deberá enfrentar en primer lugar sus dilemas personales, su timidez, su reticencia a alejarse de Miles, y, ante todo, la cabal conciencia de ser el vínculo familiar excluyente con los alrededores. A su vez, papá, mamá y el hermano se ven forzados a lidiar con sus propias aprehensiones de no saber cómo harán para seguir adelante sin el soporte de ese lazo, amén de no comprender, sino hasta el final del filme, el por qué la música resulta tan importante para la protagonista principal del filme. La emoción que los invade cuando contemplan los rostros arrobados de los asistentes al examen final de la asignatura de canto de la adolescente en la escuela —donde es víctima cotidiana del bullying de sus coetáneos a causa de la situación de sus familiares—, mientras el silencio invade la escena, permiten que el espectador pueda sintonizar por esos breves minutos con la turbación que los sacude, consiguiendo un pasajero alto voltaje emotivo a pesar de la previsibilidad de la situación en sí.

Tal vez sea precisamente esa habilidad, poco explotada empero, para devolverle al contrapunto imagen-sonido su potencialidad dramática el principal logro del trabajo de Heder. La cual apostó por añadidura a un tratamiento casi artesanal, rarísimo en el panorama del cine norteamericano actual, donde la tarea del equipo humano pasa a un segundo orden de importancia mientras son los cálculos industriales los que toman a su cargo el timón.

Al margen de esos aciertos narrativos circunstanciales y del impecable trabajo del elenco, el déficit medular de Coda: Señales del corazón estriba en su apego a las fórmulas de las feel good movies, películas armadas para lograr a como dé lugar que la platea se aposente en una sensación de beneplácito, sin importar cuán duras sean las circunstancias que los personajes confrontan, puesto que lo trillado del anecdotario abordado y del modo de acometerlo ya anticipan que el azúcar prevalecerá finalmente sobre los agrios eventos que a aquéllos les toca transitar.

Un claro ejemplo —hay otros, innumerables, de cómo se va tejiendo en el espectador ese sentimiento de “todo finalmente saldrá bien”— es la manera de montar las escenas. Así, cuando Rudy escucha que Miles se encuentra a punto de anotarse en el coro escolar, enseguida el corte a la siguiente escena la muestra procediendo en el mismo sentido e inmediatamente, en la próxima escena, el profe detecta que allí hay una estrella en ciernes. Incidentalmente, sorprende la moderación exhibida por el comediante mexicano Eugenio Derbez en su personificación de Bernardo, muy lejos de la sobreactuada comicidad usual en sus faenas. Es un logro atribuible sobre todo al manejo por Heder de sus actores. 

No es el único. Anotábamos más arriba lo merecido que resultó que el Óscar al mejor actor secundario fuese a parar a manos de Troy Kotsur, impecable en su personificación de papá Frank. Sin embargo, este mérito sí debe hacerse extensivo a la directora/guionista por su decisión de entregar los papeles de los personajes sordomudos a quienes lo son en la vida real, sabiendo de seguro que tal opción comportaba una tarea doblemente compleja para la dirección de los protagonistas. Desde luego, el grado de credibilidad obtenido en muchas de las secuencias del relato, no obstante reiterar situaciones trilladas, compensa de sobremanera ese esfuerzo.

Sin haber visto, según ya se dijo, la versión de Lartigau, incurriré en la ligereza, perdonable espero, de señalar una de las varias vueltas de tuerca en el argumento: en la versión francesa, el padre decidía candidatear a un cargo político, en la de Heder se empeña en formar una cooperativa que ponga freno a los atropellos de los intermediarios. Más que una muestra de perspicacia, y compromiso con la realidad social, de la directora, como creyeron ver otros críticos, trasunta la influencia de los imaginarios socio-culturales prevalecientes en los distintos ambientes donde se generan los productos de la industria del entretenimiento. 

Quedó pendiente el pormenor de los motivos por los cuales El poder del perro, la favorita en las encuestas previas al show de los Óscar acabó con los crespos hechos, igual que en las tres versiones anteriores había acaecido con Roma (Alfonso Cuarón/2018), El irlandés (Martín Scorsese/2019)  y Mank (David Fincher/2020). Ocurre sencillamente que, al igual que en el caso de la densa y a ratos oscura, pero notable, película neozelandesa dirigida por Jane Campion, el relegamiento de todas ellas se debió a que el voto de los académicos no se encuentra en absoluto al margen de  la áspera pulseta que entre bambalinas enfrenta a las productoras y distribuidoras del viejo Hollywood con las plataformas de streaming, Netflix en especial, en la disputa por el mercado audiovisual. Vale decir: los dólares en juego acaban pesando más, a la hora de votar, que la verdadera envergadura cinematográfica de las candidatas. Tampoco parece mucho suponer que Pathé, propietaria de los derechos de ambas versiones de la historia, haya puesto en práctica el lobbismo intensivo para direccionar la decisión de los votantes.

Pruebas al canto, Coda: Señales del Corazón Heder pulsa, con cierta delicadeza, sí —esquivando desembarcar en el melodrama cursi, así como exprimir el miserabilismo—, las cuerdas usuales para activar los lagrimales del respetable o empaparlo de ternura. Es consistente por lo demás la tarea del elenco, con especial destaque de la británica Emilia Jones en Ruby, sosteniendo una muy lograda y profunda conexión emocional con sus parientes en la ficción, en varias instancias mediante el lenguaje de señas. También cabe encomiar algunos muy logrados momentos visuales atribuibles a la fotografía de la mexicana Paula Huidobro. No obstante esos, y algunos otros puntuales aciertos mencionados, no resultan suficientes para distanciar la película del montón.  

Ficha técnica

Título original: Coda

Dirección: Sian Heder – Guion: Sian Heder –

Historia: Victoria Bedos , Stanislas Carré de Malberg – Fotografía: Paula Huidobro – Montaje: Geraud Brisson – Diseño: Diane Lederman – Arte: Paul Richards, Jeremy Woolsey – Música: Marius de Vries – Efectos: Thomas Bacanu, Tania Beaulieu, Reine Bourgault, Evelyne Cote, Julie Pagé, – Producción: Sarah Borch-Jacobsen, Stéphane Célérier, Marie de Cenival, Ged Dickersin, Valérie Garcia, Fabrice Gianfermi – Intérpretes: Emilia Jones, Troy Kotsur, Daniel Durant, John Fiore, Eugenio Derbez, Lonnie Farmer, Kevin Chapman, Amy Forsyth, Courtland Jones, Molly Beth Thomas, Ferdia Walsh-Peelo, Ayana Brown, Marlee Matlin – USA-FRANCIA/2021

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