DIBUJO LIBRE
La abrupta salida del poder de Evo Morales y del MASIPSP en noviembre de 2019 fue un periodo traumático para el país. Como toda crisis, fue un momento intenso, de altísima concentración social, económica, política e ideológica. Fueron las circunstancias para el autoconocimiento de las sociedades, como indicaba René Zavaleta Mercado. Desde entonces al presente hay un antes y un después en el país, y en el MAS también.
ANTES. Durante los 14 años en que Evo Morales estuvo en el poder, en su liderazgo se concentraba la representación del bloque popular indígena, la presidencia del MASIPSP y la presidencia del Estado boliviano. Esto hacía que, al menos en apariencia, a todos estos elementos se los perciba como partes indisolubles de un todo, como que se tratase de elementos que eran lo mismo. Evismo, masismo e identidad política popular indígena se podían entender casi como sinónimos.
Carlos Romero, exministro de Gobierno y hombre fuerte de la administración de Morales, explica que “antes, Evo acumulaba un capital social al que se sumaba un capital político y esta ecuación lo convertía en un liderazgo indiscutible”.
En cuanto a ideología, la misma estaba fuertemente atada a la personalidad de Evo Morales. Sumado a lo anterior, el exvicepresidente Álvaro García Linera cumplió un rol fundamental al generar buena parte de la orientación estratégica, además de su rol articulador con las clases medias y Santa Cruz en particular, junto con Romero, Gabriela Montaño y otros.
El gran referente programático fue la Agenda de Octubre, que Morales dio por concluida al inicio de su segundo mandato. Ésta fue reemplazada por la Agenda Patriótica, pero que “no llegó a desarrollar el mismo proceso de construcción desde abajo y no se hizo tangible en una propuesta específica de programa de Estado”, precisa Romero. Como consecuencia, los movimientos sociales fueron perdiendo “su capacidad movilizadora en torno a un nuevo horizonte de país”.
Es decir que, al llegar a 2019, existía en curso, al interior del MASIPSP, un proceso en el cual los actores del bloque popular estaban transitando de una agenda nacional a otro momento en el cual los intereses sectoriales resultaban más visibles. Paralelamente, la intermediación con las clases medias urbanas se fue debilitando luego del referéndum del 21F.
TRANSICIÓN. Luego del desplazamiento del poder de Evo Morales y el MAS-IPSP en noviembre de 2019, comenzó una etapa de resistencia, que cambió muchas cosas dentro del partido, y que hasta hoy no concluye.
Hugo Moldiz, exministro e importante referente intelectual e ideológico del MAS-IPSP, señala que “el golpe terminó impulsando a muchos sectores, a muchos individuos y los colocó en la escena política, en diferentes niveles. Es gente que en la resistencia fue construyendo capacidad de liderazgo, desde lo más pequeño hasta los ámbitos más grandes”.
Así, en el periodo comprendido entre las elecciones de 2019 y las de 2020 se dio un cambio en las dirigencias al interior del MAS-IPSP. Moldiz señala que “tienen el mérito de emerger de la resistencia a un gobierno de facto, a un golpe. Esto genera un nivel de compactación social, de cohesión. Sin embargo, la otra cara de la medalla es que ahí también están hombres y mujeres que sin tener el acumulado político e ideológico reducen su presencia en la escena política a la consigna ‘ahora me toca’. Esto le quita valor a lo que hicieron y de ahí que traten de dividir al mundo entre los antiguos y los nuevos”.
Carlos Romero observa que “la dirigencia ha modificado su rol. Ahora está pugnando permanentemente por espacios de poder, por el control de instituciones, en fin. De alguna manera se ha corporativizado, se ha burocratizado”. Señala que probablemente el contexto de las dificultades económicas ocasionadas por la pandemia favorece esto. “Veo un MAS más pragmático, menos ideológico, desde 2019”, afirma.
CAMBIOS. La diferencia más sensible en la situación del MAS-IPSP antes de 2019 al presente, sin ninguna duda se concentra en su liderazgo. “Ahora Evo Morales cuenta con el apoyo social mayoritario de los núcleos duros del proceso de cambio, pero no es ya completamente hegemónico. Hoy hay más de una referencia en términos de liderazgo”, explica Romero. En esto coincide con Moldiz, pero también con lo que expresaron recientemente en entrevistas el exvicepresidente Álvaro García Linera y el vocero presidencial, Jorge Richter.
Como consecuencia de lo anterior, a partir de 2019 comienza a evidenciarse que existen diferencias entre lo que es el evismo, el masismo y el bloque indígena popular. Actúan con lógicas distintas. Más aún, se pudo percibir que la dirigencia próxima al MAS no necesariamente coincide con los dirigidos. “Esto se observó más claramente en la movilización de agosto de 2020, cuando había desencuentros entre lo que planteaban los dirigentes y lo que decían las bases. Muchos sectores sociales apuntaban a la renuncia inmediata de Jeanine Áñez y su gobierno, mientras que el MAS estaba tratando de preservar la realización de las elecciones”, explica Romero.
Con todo, si hay algo que demuestran los sucesos del periodo comprendido entre las elecciones presidenciales de 2019 y 2020, es que en los hechos el bloque popular indígena se mantiene cohesionado y fue capaz de rearticularse con sectores importantes de las clases medias urbanas emergentes, de forma tal que el MAS-IPSP logró la victoria electoral con el 55,11% de los votos.
Se puede entender entonces que la situación actual del MAS-IPSP es de una mayor diversidad compitiendo en su interior, con liderazgos que buscan convencer al bloque de que merecen ser sus representantes. En ese contexto, la discursividad de la renovación está expresando la diferencia entre quienes estaban antes y quienes se empoderaron en la resistencia al gobierno de Jeanine Áñez. Sin embargo, al menos hasta ahora, la intención de quienes compiten no es la de dividir la cohesión indígena popular, sino que la preservación de la misma es el marco de sentido en el cual se libra la brega.
PORVENIR. “Se ha recuperado el gobierno, pero todavía no se ha recuperado el proceso de cambio”, afirma Moldiz. Efectivamente, el MAS-IPSP enfrenta desafíos importantes en cuanto a volver a plantearse una agenda nacional, un horizonte de transformación. El gobierno, por su parte, tiene una gran oportunidad para intentar recomponer y mejorar su relación con las clases medias urbanas y Santa Cruz en particular.
El tema del liderazgo partidario y la eventual candidatura del binomio presidencial están por definirse. “Ya no será una articulación espontánea. Será, imagino, una articulación que va a ser pactada”, expresó Carlos Romero.
(*)Pablo Deheza es periodista, Santa Cruz







