En un país hecho de contradicciones constitutivas e insalvables y, por lo tanto, históricas, los momentos polarizantes no son necesariamente la excepción, sino todo lo contario, la recurrencia. Desde hace casi 200 años, Bolivia es un país dividido. Ora por las herencias coloniales: segregaciones raciales, ora por las fracturas republicanas: desigualdades sociales y divisiones regionales. Entonces, la intensidad de las tensiones vividas hace dos años, a pesar de que fueron momentos muy álgidos, no debería generar extrañeza.
Cuando la polarización se volvió aguda se acudió al concepto de Antonio Gramsci: el “empate catastrófico”. Desde ya, la polarización agravada en la época del debate constituyente fue esgrimida analíticamente por el exvicepresidente Álvaro García Linera para dar cuenta del tortuoso camino de construcción hegemónica. Obviamente, ese “empate catastrófico” desembocó en un “punto de bifurcación” (dixit García Linera), para la resolución parcial —ahora sabemos que no era estructural— de esa polarización por la vía de la aprobación de un nuevo “contrato social”: la nueva Carta Magna que constitucionalizaba el Estado Plurinacional, pero, al mismo tiempo, con autonomías.
Ese “punto de bifurcación” se basaba, entre otras cosas, en el apoyo de la clase media —siempre resistente a la cuestión indígena— al proyecto del Movimiento Al Socialismo (MAS). Entonces, esa hegemonía supuso, además, sendas victorias electorales, y, al mismo tiempo, supuso aniquilar las intenciones desestabilizadoras de aquel momento (operación Hotel Las Américas, en Santa Cruz, por ejemplo).
En el MAS se acostumbraron —y nos acostumbramos— a creer que tenían todo controlado: creían que la hegemonía era perdurable y lo manejaba todo. Y de pronto un desliz político: la búsqueda de la reelección presidencial de Evo Morales despertó todos los demonios dormidos de la oposición. Así, la hegemonía sufrió una inflexión, generando una época de conspiración política que luego desembocó en un golpe de Estado.
Posterior al golpe, el MAS ganó (55,1%) las elecciones presidenciales de 2020, pero no fue suficiente para restituir la hegemonía. Acto seguido, las fuerzas opositoras, vía las elecciones subnacionales, ocuparon espacios de poder. Y, a partir de allí, intentar hacer una cruzada de deslegitimación política contra el gobierno de Luis Arce y al propio liderazgo de Evo Morales.
Después de una tregua poselecciones 2020, reaparecieron los discursos incendiarios, volvieron las friegas y las movilizaciones. O sea, se reactivó la polarización. Recordemos, la polarización de 2008/2009 se asentó en diversas aristas: étnica, regional, política y, además, cada polo tenía un proyecto estatal propio: el Estado Plurinacional y las autonomías departamentales. Esas mismas aristas se reeditaron en los conflictos poselectorales de 2019 hasta las coyunturas críticas de las últimas semanas. Quizás la propuesta federalista enarbolada por el gobernador cruceño es la cereza que le faltaba a la torta.
Entonces, el discurso federalista es un remedo del autonomista de los sectores elitistas de Santa Cruz en el curso de la polarización de 2008/2009. Más allá de la consistencia programática de la propuesta federalista, al parecer es una consigna comprensible en el contexto de la reactivación de la polarización, o sea, en el retorno del “empate catastrófico”. ¿Cómo superar esa polarización? Buscar otro “punto de bifurcación” hoy suena como utopía o quizás la recomendación de Armando Ortuño sea una salida más realista: “convivir con la polarización”.
Yuri Tórrez es sociólogo.






