Una de las reacciones automáticas en determinados sectores opositores, a partir de la aparición del affaire de los ítems fantasma, fue la versión de que el Gobierno estaría montando un nuevo caso “Hotel Las Américas”. Aludiendo aquel operativo policial en el Hotel Las Américas en Santa Cruz que, a fines de la primera década del presente siglo XXI, desbarató a un grupo, según la visión gubernamental de aquel momento, tipificado de terrorista, y en tal sentido se buscaba sembrar terror en el país pretendiendo generar inestabilidad política.
Obviamente, el caso Hotel Las Américas fue una estocada militar, pero, sobre todo, política que sirvió para neutralizar una salida autoritaria por parte de los sectores más conservadores en el contexto del “empate catastrófico” (léase polarización) de aquel momento que posteriormente se decantó democráticamente en aras del proyecto del Estado Plurinacional con autonomías. Ciertamente, el efecto político fue la construcción de una hegemonía a favor del Movimiento Al Socialismo (MAS) y, como efecto colateral, el repliegue de la oposición.
No es casual, entonces, que ese trauma dejado por aquel affaire en el imaginario social de determinados sectores opositores se haya reactivado, diría, inconscientemente. Muchos se animaron a decir que el MAS nuevamente está montando otro caso, sobre todo, las versiones opositoras hablan de un “Hotel Las Américas II”. O sea, el Gobierno, vía este caso, nuevamente quisiera desarticular a la oposición como lo hiciera años atrás.
Una enseñanza maquiavélica: en política nunca hay que descartar una conspiración, pero este caso específico de los ítems fantasma parece ser una carnada del azar, o sea, un conflicto familiar desató imprevistamente ese hecho escandaloso, dicho sea de paso, es un robo descomunal a las arcas ediles cruceñas. Se trata de que este hecho —ciertamente— va a acarrear efectos políticos.
En todo caso, esos “miedos”, además, azuzados por la detención de Marco Pumari, uno de los actores estratégicos de la movilización opositora de octubre/noviembre de 2019, incrementaron la susceptibilidad opositora de que el Gobierno estaría armando un “Hotel Las Américas II”. Estos miedos opositores quizás no tienen asidero, ya que los contextos socio/políticos entre la polarización anterior (2008/2009) y la polarización actual, aunque tienen las mismas aristas, son diferentes. Además, a diferencia de la anterior polarización que decantó en un punto de bifurcación (dixit Álvaro García Linera): la aprobación del nuevo texto constituyente, hoy no se visualiza en el horizonte una salida al entuerto de esta polarización.
La resolución de la polarización a un corto plazo parece difícil. La construcción de hegemonía se hizo cuesta arriba. Se hace difícil, por ejemplo, al MAS reconquistar a la clase media urbana que, además, está imbuida por creencias negativas contra el partido oficialista. Y en el otro polo de la polarización, la oposición carece de un proyecto político con capacidad de seducir al bloque nacional-popular. El federalismo más bien parece un eslogan para la vigencia política en la actual coyuntura que una seria propuesta labrada para su convencimiento, ya que, posiblemente, como pasó en el caso de las autonomías departamentales, es percibida como un proyecto de la élite cruceña y no como un proyecto nacional que sea un verdadero derrotero en base a la edificación de una “comunidad imaginaria”, diría Benedict Anderson, para una tarea hegemónica de gestar consensos más ampliados en aras de la articulación de un proyecto estatal alternativo y disputar al proyecto estatal actual.
Yuri Tórrez es sociólogo.





