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Hochschild, odio y amor

El libro de Peñaranda y Brockmann ‘Escape a los Andes’ presenta un “balance final” sobre la figura del segundo “barón” del estaño; “ni perfectamente malo ni perfectamente bueno”

Hochschild-mirada

El empresario Mauricio Hochschild fue uno de los tres denominados “barones del estaño”.

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Por Ricardo Bajo H.
La Paz / mayo 28, 2023
en Escape

Hochschild es el segundo hombre más rico de Bolivia (el primero es su enemigo íntimo Iturri Patiño; y el tercero, su buen amigo y competidor Aramayo). Es uno de los hombres más altos del país con su imponente 1.92 de estatura (lejos —de todas formas— del gigante Camacho y sus 2.32 centímetros). Tiene cejas pobladas y parece un búho. Habla cuatro idiomas (su alemán natal, castellano, francés e inglés). Y sabe más de dos mil chistes; lo que le servirá en la cárcel de San Pedro para confraternizar con los presos.

Hochschild bebe whisky y fuma habanos que llevan su nombre (por cierto, mal escrito en la anilla al poner su casero “Hochschied”). Es un adicto al trabajo y desprecia olímpicamente el concepto de tiempo libre. Tampoco trasnocha, eso es para bohemios y malentretenidos. Así le saldrá su único hijo. Ya vamos a tener tiempo de hablar del pobre Gerardo, una víctima más.

Hochschild es partidario de la idea bolivariana de unir a todo el continente bajo el nombre de los Estados Unidos de América Latina. Es un ávido lector de libros de economía. “Don Mauricio era el ejemplo del charmé que debe mostrar un verdadero gentleman”, cuentan Peñaranda/Brockmann en su flamante libro Escape a los Andes. No se jactará jamás de su plata y gustará más de complacer que de impresionar. (Nota mental uno: nada que ver con Marcelo Claure. Ricos eran los de antes).

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Uncía en 1900. Foto. DE LOS LIBROS: ‘ESCAPE A LOS ANDES’ (BROCKMANN Y PEÑARANDA),

Hoschschild es un capitalista/explotador sin escrúpulos (paga cincuenta centavos de dólar diarios a sus mineros); es un vampiro/sátrapa; es un evasor voraz de impuestos; es uno de los culpables del atraso de Bolivia, es “un villano sin matices ni conciencia” (Brockmann/Peñaranda dixit). Su “leyenda negra” (extranjero, millonario y judío) se construirá a pulso: uno de los escándalos más sonados estallará en plena Guerra del Chaco; será acusado de ganar plata a través de cobros irregulares (cargas de más, invención de vagones o inflando el número de soldados enviados al frente) durante la administración del ferrocarril Atocha-Villazón. Se ganará así un rencor/odio eterno que llegará hasta nuestros días.

“Don Mauricio” —como le dicen sus empleados, sus amigos y sus enemigos— subestima siempre a su interlocutor y no se cansa de “diferenciar” entre los judíos alemanes/austríacos y los “indeseables” migrantes polacos (más pobres y menos secularizados). Es imprudente y atrevido; es desdeñoso y desmedido, incluso con su secretario personal y cocinero, el pobre Ricardo Luders. Publica en los periódicos cartas abiertas a los ministros para exhibir su poder. No entra a los socavones de ninguna de sus minas. No soporta que su único hijo se dedique al arte, a la literatura, a la fotografía (oficialmente Gerardito presentará dos exposiciones fotográficas a lo largo de su vida). Hochschild es amor y odio; odio y amor.

Mezcla su bonhomía con su capacidad testaruda de persuadir. Su frase favorita para resolver quilombos y entuertos sin salida es: “déjame hablar con él”. Es un judío secular, distante de la religión. Nace el 17 de febrero de 1881 como Moritz (luego castellanizará su nombre para ser Mauricio). Lo hace en Biblis, un pequeño pueblo del sur de Alemania, a 50 kilómetros de Frankfurt, famoso por sus pepinos. Hoy en esa localidad del estado de Hessen tiene una calle con su nombre. Dicen las malas lenguas (y lo contó el historiador germano-estadounidense Charles Arnade) que “don Mauricio” hizo una “donación” a la ciudad para lograr el cambio de nombre de la calle en 1961. ¿Sabrán hoy sus ocho mil habitantes que su paisano fue tan amado y odiado ayer?

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Laboratorio químico del empresario. Fotos: de los libros: ‘escape a los andes’ (brockmann y peñaranda),

Estudia en la Escuela de Minería de la Universidad de Freiberg y hace el servicio militar en el Batallón de Cazadores Número 12 del Real Ejército de Sajonia. Trabajará en la principal firma alemana de compraventa de metales, en la Metallgesellschaft del primo hermano de su padre, el tío Zachary.

En uno de sus primeros viajes, terminará en Huelva (sur de España), famosa por albergar las minas de cobre de Riotinto, las más antiguas del mundo. En esas tierras andaluzas aprende castellano. Arrastrará —con acento alemán— las zetas por siempre. Un día, otro tío, Leopold, le animará a montar su propio negocio en Sudamérica. Le adelantará una carta de crédito por cinco mil libras esterlinas, unos 850.000 dólares en la actualidad. (Nota mental dos: ningún rico arranca de cero, ninguno).

Moritz desembarca en Chile y se instala en Coquimbo. Comienza a comprar mineral por todo el norte. De Atacama a Bolivia, hay un paso. Antes vuelve a Alemania durante la I Guerra Mundial y trabaja en el ejército comprando metales para la maquinaria bélica germana. Se casa con Kathe Rosenbaum en 1918 y vuelve a Chile. La pareja tiene un hijo, Gerardo, nacido en Valparaíso; será el único que tendrá.

La madre muere de tuberculosis en el sanatorio suizo de Arosa. El padre (ausente) no se ocupa de criar/cuidar a su primogénito; antes estarán siempre los negocios y los viajes. Es un magnate errante. Ambos, padre riguroso e hijo culto/parrandero, terminarán en los tribunales; uno soñando filicidios y el otro, anhelando parricidios. Ambos acabarán igual, morirán en soledad, producto de sendos infartos en la habitación de un hotel de lujo. Tanta plata para eso.

El padre, Mauricio, fallecerá con 84 años el 12 de junio de 1965 en el parisino hotel Meurice; el hijo, Gerardo, desheredado; el 12 de octubre de 1992 en el londinense hotel Claridge’s. El primero está enterrado en el legendario cementerio Pére-Lachaise, cerca de la tumba de Balzac; el segundo, en Highgate, cerca de la tumba de Marx.

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Hochschild y dos de sus abogados. Foto. ‘EL PODER Y LA CAÍDA’ (ALMARAZ).

Hochschild llega a Bolivia en 1921, tendrá que irse en 1944. Cuando desembarca en el país, dice (con razón): “Bolivia es uno de los países más ricos del mundo; en su riqueza mineral natural solo es comparable a Canadá o Rodesia”.

Se convertirá a corto plazo en un “rescatador” de minerales; a medio plazo, en un primordial productor (Colquiri, San José, Matilde, Morococala y cerro Rico terminarán en sus manos); y a largo plazo, exportará el 30% del estaño boliviano y el 90% del plomo, zinc y plata, así como la mayoría de la producción de tungsteno, antimonio, cobre y oro. Será uno de los personajes más odiados de la historia de Bolivia. Formará parte de la famosa “rosca” minera: un suprapoder paralelo, un Estado de facto por encima del Estado real.

Estará a punto de ser fusilado por orden del presidente Busch, su “amigo”. Será secuestrado a sus 63 años durante el gobierno de Gualberto Villarroel (sus raptores fueron Jorge Eguino y José Escóbar, director general de la Policía y jefe de la Policía en La Paz, respectivamente). La revista Newsweek titulará: “The case of the vanishing tin man” (El caso de la desaparición del hombre de hojalata”). No dejará nada de su herencia (900 millones de dólares) en el país. Su segunda esposa, Germaine, donará su última mansión de Suiza al obispado de Lugano. Por lo menos, su rival de toda la vida (el “señor Patiño”, como lo llamaba) tiene una fundación cultural en el país.

Hochschild es un negociador duro, se hace rápidamente con el monopolio boliviano de exportación de minerales de baja ley. Peñaranda y Brockmann, en su libro Escape a los Andes: la historia de Mauricio Hochschild, el Schindler de Bolivia (editorial Aguilar/Penguin Chile), aseguran que nunca fue mujeriego, que nunca se le conoció amorío alguno fuera del matrimonio. “Largamente viudo” acabó con Germaine, la esposa de su primo Felipe.

También puede leer: Matilde, la sembradora de fueguitos

Privado de su nacionalidad por las leyes nazis, fue apátrida por un tiempo hasta convertirse en ciudadano… argentino. El pasaporte de la Argentina —potencia en ascenso— abría más puertas que el chileno o el boliviano. En esa época, Buenos Aires tenía dos millones y medio de habitantes y toda Bolivia llegaba apenas a tres millones.

Mauricio hace alarde de una personalidad exuberante, “en ocasiones, apabullaba”, cuentan Peñaranda/Brockmann, casi siempre en tono hagiográfico. Vivirá a caballo entre La Paz, Londres, Nueva York, Frankfurt, Santiago de Chile, Buenos Aires, Valparaíso, Arequipa, Lugano y París. No delegará nunca sus negocios (algo bien alemán) y visitará a sus clientes por medio mundo en interminables viajes en barco y tren. (Su archirrival, el cochabambino Iturri Patiño no se moverá casi nunca de París; en su mansión de la Avenue Foch recibirá incluso a presidentes de Francia, como Raymond Poincaré).

Se vestirá a medida en Saville Row, el imperio de la sastrería londinense, el paraíso del buen vestir al más puro estilo británico. Su centro de operaciones estará en el segundo piso del edificio La Urbana en la avenida Camacho, el “Wall Street” paceño. Sus mansiones serán sobrias (su última casa en La Paz estará en la penúltima cuadra de la avenida 6 de Agosto, al 610), alejadas de los oropeles típicos de su clase y época. “Las oficinas locales de la empresa eran expresión de su gris frugalidad” (Peñaranda/Brockman dixit).

Escape a los Andes recupera con todo lujo de detalles (gracias, entre otras fuentes, al flamante Archivo Histórico de la Minería Nacional de Bolivia y su gran impulsor, el compañero Edgar “Huracán” Ramírez) las acciones desconocidas de Hochschild para salvar a miles de judíos perseguidos en la fase previa del Holocausto. Los autores calculan que el alemán salvó de la muerte a —al menos— 12.000 personas (“aunque por la falta de registros, sean más del doble”). El famoso Oscar Schindler rescató a poco más de 1.200.

Cuando negocia con el presidente Germán Busch las cuotas de inmigración, el documento oficial boliviano hace una salvedad: las puertas de Bolivia están abiertas para todos (la idea inicial era traer agricultores europeos/blancos a las zonas despobladas del país) menos para “los inmigrantes de color y las personas que pudieran significar una carga para el Estado o un peligro para la conservación y mejoramiento étnico”. Hochschild no era Blancanieves.

El libro de Brockmann/Peñaranda también es una historia “pequeña” sobre el antisemitismo. Lo que más (me) fascina es re-descubrir la ignorada/oculta telaraña anti-judía del Departamento de Estado del gobierno del Estados Unidos para rechazar a los judíos y no-judíos (entre otros, comunistas, socialdemócratas, anarquistas, “agitadores profesionales”, muchos de ellos) que trataban de escapar del III Reich de Adolf Hitler. “En Estados Unidos, que en proporción a su población recibía cinco veces menos refugiados que las naciones europeas y diez o veinte veces menos que las sudamericanas, hubo esfuerzos para permitir el aumento de ingresos de judíos. Todos fracasaron”.

Luego, tras la derrota de Alemania, Washington no se hizo líos de acoger a los más altos jerarcas y científicos nazis. La parte II del libro termina con un dato contundente que debería avergonzar al país del norte hasta el día de hoy: “el 90% de las cuotas disponibles en EE UU para los inmigrantes de países bajo el control de la Alemania nazi y la Italia fascista nunca se llenó. De haberlo hecho, unas 190.000 personas (que equivalía al 0,1% de la población estadounidense) podrían haberse librado de las desdichas en los campos de exterminio y de la muerte”. Entre ellos, la familia de Otto Frank, cuya hija Ana escribiera luego un famoso diario. El libro denuncia la inoperancia internacional y la poca/nula voluntad de Estados Unidos por salvar las vidas de los perseguidos por el nazismo. Y carga las tintas también contra la insolencia de los judíos adinerados de Estados Unidos, los grandes magnates.

Es también un granito de arena para que el mundo reconozca y valore (de manera oficial y aunque sea tarde) la política de puertas abiertas que tuvo Bolivia cuando la gran mayoría de países del “mundo civilizado” miraron para otro lado y cerraron sus fronteras a cal y canto condenando a miles y miles de hombres, mujeres y niños, al gas y a la muerte en los campos de exterminio.

Bolivia fue el mayor receptor de refugiados en toda América, a excepción de EEUU y uno de los más altos del mundo. Superó en visas a todas las otorgadas por Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica e India juntas. “Es bueno insistir también en que ningún refugiado, de los cerca de 20.000 que llegaron a Bolivia entre 1939 y 1947, fue rechazado al llegar. Ninguno”, dicen Brockmann/Peñaranda. ¿Conocerán este dato los que hoy deportan bolivianos y niegan visas en las fronteras de la Unión Europea?

La llegada de 12.000 judíos entre 1938 y 1941 no provocó un movimiento antisemita en Bolivia, salvo algunos incidentes/anécdotas. Los autores del citado libro recuerdan el ambiente cosmopolita y la riqueza que aportaron los alemanes, austriacos, polacos, rusos y checoslovacos en ciudades como La Paz, Oruro y Cochabamba, con cientos de nuevos comercios, negocios y tiendas (desde el café Viena a la confitería Eli’s, por citar solo dos).

Moritz Hochschild

Pocos de esos huidos de una Europa en manos nazis se quedaron en Bolivia (la mayoría volvió a emigrar a la Argentina, Chile, Uruguay, Brasil, EEUU o Israel) pero los que no lo hicieron, están en la memoria de todos: Wiener, el mítico productor de cine y creador de las salas Universo y Monumental Roby; Seligman, el gestor del arbitraje profesional boliviano; Conitzer, de familia de artistas; Guttentag, uno de los mejores libreros y promotor del oficioso Premio Nacional de Novela; Schreier, el del planetario…

Bolivia también salvó la vida a toda la familia Drexler (que vivió en Oruro); uno de los nietos, Jorge Drexler, es hoy un célebre compositor y cantante uruguayo. La historia de este gesto/esfuerzo boliviano ha sido recogida en su canción Bolivia (Todos decían que no / cuando dijo que sí Bolivia).

Hollywood llevó al cine la historia de Oscar Schindler (al cual el libro de Peñaranda y Brockmann le tiran un guiño por motivos comerciales) pero es casi imposible que haga lo mismo con la historia de Hochschild porque desnuda la hipocresía sistemática y el doble discurso de Washington, antes y ahora. (Nota mental tres: a no ser que Martin Scorsese se anime).

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La talla “heroica” del odiado Hochschild está siendo “resucitada”. Primero fue la tesis universitaria hagiográfica de Carlos Antonio Tenorio Levandro (Orígenes de las firmas del industrial minero Mauricio Hochschild Hirsch en Bolivia, 2011) y luego el libro Dr. Mauricio Hochschild: empresario minero, promotor e impulsor de la migración judía a Bolivia (editorial El País, 2015) de León Enrique Bieber (con prólogo de Carlos Mesa Gisbert).

La tarea por desestigmatizar a Hochschild va rumbo a toda vela. Ha nacido con retardo el “hochschildismo” (como en su época nació el “patiñismo”). Con el surgimiento del interés (interesado) por su figura, el personaje brota de la historia “renovado en distintas dimensiones, ni perfectamente malo ni perfectamente bueno. En el balance final, se descubre a un ser humano que marcó la diferencia entre la vida y la muerte para miles de otros seres humanos”, dicen Peñaranda Undurraga y Brockmann Schroeder en el prólogo de su libro.

No obstante, la “leyenda negra”, parida por la Revolución Nacional del 52, sigue firme. Ya lo dijo en su momento Sergio Almaraz Paz en su libro El poder y la caída: el estaño en la historia de Bolivia (1966): “la minería fue el poder de la degradación: todo sucumbió ante ella. Monstruo sediento de riqueza, destruyó miles de vidas en un espantoso holocausto. A los hombres de gobierno no los mató pero los envileció. Pudrió el espíritu de las capas medias con un credo derrotista e hizo de ellas una sombría masa de seres indiferentes y resignados. Desarraigó, segregó y aplastó. En los campamentos se vivió la muerte lenta: enfermedades, alcoholismo, promiscuidad, miseria. Las ciudades fingían existir. Su condición íntima era más miserable que la de un campamento. Las aldeas aguardaban para entregar su aporte de sangre a la leva minera”.

Es cierto que Hochschild, el “Schindler de Bolivia”, salvó a muchos del Holocausto nazi (aunque sus empleados aseguraron en su momento que no pasaron de 80 personas), pero miró para otro lado y avaló el “espantoso holocausto” en sus propias minas. Y eso no es ninguna “leyenda negra”, señores. La maldad en Bolivia tiene tres apellidos: Hochschild, Patiño y Aramayo, los tres barones del estaño, la rosca. Y eso —“déjame hablar con usted”— no hay libro ni operación blanqueadora mediática/revisionista que lo remedie, “don Mauricio”.

Postdata i: el libro es rico en anécdotas desconocidas. Una de ellas es el regalo que le llevó el padre de German Busch, el alemán Pablo Busch Wiesener, al mismísimo Hitler, en 1939. Era una fina colcha de vicuña. ¿Acabaría en su bunker de Berlín? El “chisme” ha sido revelado a los autores por Denisse Busch Vargas, una de las nietas del presidente beniano.

Postdata ii: la obra mencionada está escrita a cuatro manos. Un ejercicio entretenido es tratar de averiguar quién ha escrito qué. Es más que obvio el nombre del autor del novelesco inicio del libro con la apasionante historia del naufragio del vapor/barco “Orazio”. Por ejemplo.

Texto: Ricardo Bajo H.

Fotos: DE LOS LIBROS: ‘ESCAPE A LOS ANDES’ (BROCKMANN Y PEÑARANDA), ‘FOTOGRAFÍAS PARA LA HISTORIA, SIMÓN I. PATINO, ESTAÑO Y VIDA COTIDIANA  1900-1930’, ‘EL PODER Y LA CAÍDA’ (ALMARAZ).

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