CINE
Por segunda vez el cine intenta desentrañar, lo tanteó también la Tv en dos ocasiones, la manera de llevar a la pantalla la novela, “infilmable” aseveran quienes la leyeron, publicada en 1965 por Frank Herbert, que luego del éxito de ventas y los reconocimientos obtenidos, su autor resolvió convertir en una saga extendida a lo largo de otros cinco textos, número que, luego del óbito de Herbert, su hijo procuró engrosar, poniendo en imprenta trabajos presuntamente inacabados de su progenitor, si bien muchos comentarios pusieron en duda la veracidad de tal aserto.
En los tres intentos anteriores sus responsables tropezaron con la misma piedra: ¿cómo volcar al cine o a la Tv un relato literario de casi 500 páginas sostenido mayormente en reflexiones íntimas, discusiones filosófico-religiosas, especulaciones metafísicas y otros recursos propios de la escritura pero inabordables a través de los elementos narrativos del código cinematográfico?
El primero en intentarlo fue el realizador chileno Alejandro Jodorowsky en la década de los años 70 pero su propósito quedó en eso luego de verse imposibilitado de conseguir los 15 millones de dólares que estimaba que requeriría.
En cambio a David Lynch, fruto del prestigio ganado con Eraserhead (1977) y El hombre elefante (1980) no le resultó difícil convencer en 1984 a Dino de Laurentiis de arriesgar una suma ostensiblemente superior en una producción finalmente impresentable en todos los sentidos del término. Lynch equivocó el cálculo al suponer que podría traducir la voluminosa novela de Herbert en un extenso, extensísimo, largo de casi tres horas. Y el productor italiano azorado por la duración, infrecuente para los estándares de la época, instruyó acortarla en la etapa del montaje. Resultado: a las pantallas llegó un relato incomprensible por lo errático, deshilvanado, sin sentido identificable, al cual le fue como en feria, tanto desde el punto de vista taquillero como con la recepción crítica.
En 2000 John Harrison dirigió la miniserie de tres capítulos Dune, la leyenda y volvió a probar fortuna en 2003 con otros tres episodios en Hijos de Dune, en ambos casos habiendo recogido escasísimos elogios pese a ser galardonado con unos cuantos premios Emmy.
La modestia, al igual que su opuesta, la grandilocuencia, no constituyen per se una garantía a priori del valor de ningún emprendimiento creativo. Siempre dependerá del para qué y del cómo. En todo caso queda claro que el cineasta canadiense Denis Villeneuve optó por la segunda de las opciones, sintiéndose seguro de haber acopiado los suficientes laureles como para lanzarse al vacío con las aclamaciones que saludaron algunos de sus trabajos precedentes, especialmente Incendios (2010), Sicario (2015), La llegada (2016), si bien los jaleos se atemperaron frente al remake de Blade Runner (2017) no obstante suponer Villeneuve que al agregarle al título el año 2049 ya quedaba justificada, actualización de por medio, esa innecesaria rehechura del clásico de Ridley Scott.
Que la Warner hubiese reservado un presupuesto de 165 millones de dólares (un millón y pico por cada minuto de película) no habrá hecho sino insuflar más ánimo en el director para ver si esta vez conseguía hacer justicia a la novela. Con el fin de zafar de uno de los escollos con los cuales había tropezado Lynch: la mencionada extensión del libro de Herbert, Villeneuve creyó haber salvado el asunto resolviendo desde un principio que le hincaría el diente a la mitad del texto, dejando para una segunda entrega la otra mitad. Si aquella fue una decisión fundada en consideraciones creativas o en una especulación comercial es algo que se verá, si es que la secuela llega a efectivizarse puesto que de momento no se tiene siquiera estimada la fecha de inicio del rodaje, dependiendo, sospecho, de cómo le vaya a esta parte en materia de recaudación.
En verdad la anécdota es lo de menos puesto que a Herbert le interesaba metaforizar las inquietudes, entonces todavía incipientes, acerca de los posibles estropicios que, para la vida en el planeta, entrañaría el cambio climático, entremezclando ese eje argumental con innumerables otros tópicos presentes desde siempre en las interrogaciones existenciales de los humanos. Villeneuve consigue equilibrar solo por momentos tal acento introspectivo con su inclinación al gran espectáculo, cuyas claves maneja con segura pericia. Volveremos sobre la cuestión.
Resumamos entonces. Ambientada en una inhóspita y árida galaxia el Emperador Shaddam IV observa con recelo cuánto poder viene cobrando la Casa Atreides, al mismo tiempo que, después de 80 años, se siente harto de la presencia de la Casa Harkonnen. Moviendo una serie de intrigas palaciegas monta entonces una celada, apuntada a ahondar los conflictos entre ambas. Ordena a los Atreides, bajo la amenaza de terribles castigos, desplazarse en busca de Arrakis, un nuevo y peligroso planeta conocido como Duna por ser un enorme desierto de arena, donde es dable acceder a la mélange (la Especia), la materia más apetecida del universo, ya que aparte de servir como alucinógeno consumiéndola se amplifica la conciencia, se alarga muchísimo la expectativa de vida y se puede viajar seguro a cualquier punto del espacio interestelar. Parece un premio, pero, según intuye enseguida, el joven Duque Leto Atreides, protagonista central del film, es una trampa, que empero afrontará con la entereza propia de su condición de El Elegido, el nuevo Mesías predestinado a salvar la especie, después de haber gestionado la complicidad de los fremen, los pobladores originarios del desértico Arrakis y sus dunas movedizas, donde conviven con unos gigantescos gusanos de hasta 400 metros, según la novela.
Dicho sea de paso, el sesgo acentuadamente ecologista del asunto pone a Villeneuve a buen recaudo de cualquier acusación de incorrección política, lo cual no hace sino ilustrar cuán subyugado se encuentra el director por los mantras de la industria del entretenimiento no obstante sus ademanes autorales.
Tal tensión entre dos maneras de entender el papel del director, sea como un técnico solvente capaz de construir un espectáculo atrapante o bien como un pensador, digamos, que se vale del cine para referir su propia visión del mundo y de la vida, finalmente acaba ladeándose hacia la segunda de las opciones y Duna resulta ser el modo de exhibir la pericia de Villeneuve para fabricar imágenes y secuencias atrayentes, que deben apreciarse en pantalla grande, entre medio de las que circulan personajes con los cuales, y sus problemas, resulta muy difícil conectar emocionalmente. Sucede en particular con las reiteradas y tediosas apariciones de Chani, joven fremen destinada a acompañarlo en el futuro, cuando mute en Muad’Di —el salvador anunciado—, en las ensoñaciones de Leto Atreide, pero asimismo en los otros hilos del conflicto dramático que la película se limita a describir a distancia sin ningún ahondamiento que tense la cuerda emotiva del relato.
Ocurre sobre todo durante las primeras dos horas del film, a lo largo de las cuales la acción se encuentra en gran medida ausente y la narración divaga a un ritmo cansino intentando poner al espectador al corriente de alianzas y traiciones que requerían de mucho menos tiempo, pero, eso sí, de un pulido del guion a fin de gestionar la mínima empatía con los personajes, aplastados en la búsqueda de una epopeya colosal por el director, que se toma demasiado en serio y queda a su vez agobiado por sus mencionadas ínfulas autorales, antes de ceder, en los últimos cuarenta minutos, a los tópicos del cine de aventuras: persecuciones, combates sangrientos, con los antagonistas envueltos en tormentas de arena y todo el etcétera usual en los modelos mainstream.
Visualmente hay momentos impactantes, de un realismo agradecible en virtud a la renuncia de Villeneuve a echar mano de los efectos digitales trabajados mediante la superposición por los técnicos de las figuras humanas, haciendo lo suyo delante de pantallas verdes o azules que en la mezcla final se sustituyen digitalmente por paisajes y ambientes. En cambio prefirió rodar muchas secuencias en el muy real desierto de Jordania, otras en un no menos real espacio igualmente desértico de Abu Dhabi. Algunos de los efectos también sorprenden como las motos voladoras que surcan los cielos de Arrakis movidas por hélices que en lugar de girar se mueven cual si se tratará de las alas de un ave.
Si bien Hans Zimmer es a la fecha uno de los compositores más cotizados para ponerle música a películas, en la oportunidad tampoco hace honor a su fama con una banda sonora inflada que no cesa ni un minuto sumándose a la procura de un monumentalismo épico en definitiva empachante que acaba confirmando que Villaneuve es antes un perito en organizar masivos desplazamientos de técnicos y actores que un artista especialmente dotado para la creación.








