La escena parecía surrealista e inédita: un señor encorbatado salió de las oficinas del Newcastle United e informó a la muchedumbre agolpada a las puertas del estadio St James’ Park que, finalmente, tras prolongadísimas negociaciones, estaba autorizada y firmada la venta del club al PIF, el ultramillonario Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudita. Era oficial: el viejo Newcastle desde ese momento pasaba a ser un nuevo rico del fútbol, el más rico de todos. Un gentío de mil o dos mil hinchas con camisetas blanquinegras explotó en un grito como si se tratara de un gol al minuto 95 que le daba el título de liga. Luego fueron cánticos, saltos, abrazos y demostraciones de emoción, desfile en caravana por las calles de la ciudad.
Vueltas olímpicas por la firma de un papel… El Newcastle es el club más popular del norte de Inglaterra y con una extraordinaria tradición. Pero su último título de liga data de 1927. ¡Casi un siglo…! Y su última Copa Inglesa fue en 1955. Glorias viejas. Y pocas. Casi no quedan hinchas vivos que hayan celebrado una coronación siendo adolescentes y puedan recordar la alineación del equipo. Es todo demasiado añejo.
Hartos de mediocridad, de vegetar en la Premier League, de llorar descensos y reilusionarse con ascensos, los fans de las Urracas sueñan con, en un par de años, arrebatarles los títulos al Big Six, el exclusivo círculo de los Manchester, United y City, el Chelsea, el Liverpool, el Arsenal y el Tottenham. Incluso piensan pisarles la pata en Europa al Real Madrid, Barcelona, Bayern Munich, Juventus y demás copetudos. El PIF, por sus siglas en inglés, es un fondo con activos de 320.000 millones de euros, o sea con más poder económico que todo el resto de la Premier League junto. Si tienen buen ojo, pueden fichar a todos los Haalands y Mbappés que vayan surgiendo y armar un plantel fuertísimo. De ahí la ilusión de los hinchas. Ven que pueden transformar el Big Six en Big Seven, que puede repetirse con ellos el suceso del Chelsea, del Manchester City, del Paris Saint Germain y de otros que, con el desembarco de grandes fortunas, dieron un salto de calidad y cambiaron su historia de frustraciones por éxitos resonantes.
El Chelsea era un club histórico de Londres que había logrado una liga (en 1955) hasta el arribo del magnate ruso Roman Abramovich el 1° de julio de 2003. A partir de allí tuvo un crecimiento excepcional y se transformó en un club planetario, obteniendo 20 títulos, entre ellos 5 ligas, 5 Copa Inglesa, 2 Europa League y 2 Champions, además de 14 subcampeonatos. Ha sido fenomenal para sus hinchas y para el fútbol inglés. Casi idéntica a la película del Manchester City, que a partir de la llegada del fondo emiratí se convirtió en un club líder en el mundo. Lucía dos ligas en sus vitrinas (1937 y 1968), ahora es un multicampeón que se sienta en la mesa del Madrid, del otro Manchester (que lo tuvo de hijo menor por décadas), del Bayern o del Barça. Otro tanto aconteció con el Paris Saint Germain, club que ostentaba apenas dos campeonatos locales y, desde la llegada del grupo catarí le agregó 7, más 12 copas nacionales, además de ser finalista de Europa. Los tres están situados ya en la cúspide, son referencia universal. ¿Es malo para el fútbol que haya más participantes fuertes y con acceso al éxito…?
«No podemos fichar como el Chelsea porque nuestro dueño no es un país ni un oligarca», señaló, a modo de queja -y de excusa- Jurgen Klopp, el excelente técnico alemán del Liverpool, al ser preguntado en septiembre pasado por los refuerzos del equipo londinense, que totalizaron 223 millones de euros. Aunque debe aclararse que el Chelsea estuvo durante dos mercados sin contrataciones por una suspensión de la FIFA.
Klopp se refería en el primer caso al Manchester City y al PSG, que son propiedad de fondos de inversión soberanos de Emiratos Árabes y Catar respectivamente. O sea, pertenecen a esos países. La crítica no parece sustentable: el Liverpool es un activo de John W. Henry, propietario también del Boston Globe y de Fenway Sports Group, una corporación estadounidense dueña de los Medias Rojas de Boston, un equipo de carreras de la Nascar y varias compañías de música y otra índole. O sea, Henry está unos escalones más abajo que Abramovich en la lista Forbes, pero no es un mendigo. Luego, vale subrayar que el Liverpool es un equipo construido a talonario. Salvo Alexander Arnold y Curtis Jones, el resto de la nómina es de chequera, no de cantera. Veinte integrantes de su plantel provinieron de otros clubes a precios altísimos. Sólo el arquero Alisson y el zaguero Van Dijk le costaron 73 y 85 millones de euros (pedidos por Klopp). Las dos docenas de elementos que fueron campeones de Europa y de Inglaterra se la compró la directiva al entrenador alemán. Así armó el equipo. Klopp, a quien le gusta jugar al modesto, se inscribe en esa antigua costumbre de que todo lo que no es europeo es dudoso. Acontece que el de mil millones rebuzna contra el de diez mil millones. Y si empezamos a escudriñar el origen de las fortunas tal vez debería parar el fútbol.
No cabe decir que sólo el PSG, el City o el Chelsea son equipos de billetera, todos los grandes de Europa lo son. A los habituados a coronar les molesta que aparezcan nuevos competidores con posibilidades de título, en cambio es saludable para el fútbol. El Real Madrid y sus medios afines acusaron al PSG de prepotencia económica por no soltarles a Mbappé. “Lo hacen porque tienen plata, qué vergüenza…” Pero ellos, los pobres, ofrecieron 220 millones de euros por el delantero.
En España se llenan la boca presumiendo de que el Madrid y el Barça son clubes democráticamente manejados por sus socios y no por potentados (que también lo son). La democracia del Madrid es un unicato en el que reina desde hace décadas Florentino Pérez. Y reinará hasta que la salud se lo permita. A propósito: ¿alguien sabe de algún otro directivo madridista…? ¿Y el Barça…? ¿Cuál es el orgullo de deber dos mil millones de euros…? ¿Consultó Bartomeu con sus socios la compra de Coutinho, Dembelé o Griezmann en más de 600 millones de euros sumando contratos y comisiones…?
No hay ningún club de Inglaterra, Francia, Italia, que no pertenezca a millonarios. Mínimo ejemplo: Rocco Comisso, dueño de la Fiorentina, tiene activos por 6.500 millones de euros. Berlusconi acaba de comprar el Monza, que milita en Serie “B”. El Rennes, de Francia, pertenece a François Pinault, archimegaultrarico, poseedor de las marcas Gucci, Balenciaga, Iyes Saint Laurent, etc. El austríaco Dietrich Mateschitz, dueño de Red Bull, la bebida energizante y con un patrimonio de 25.000 millones de euros, posee cuatro clubes. Su joya máxima es el Leipzig alemán, al que creó desde cero, partiendo de la quinta categoría de la Bundesliga. Hoy, doce años después, es el tercero en importancia en la patria de Beckenbauer detrás del Bayern y el Dortmund y está disputando la Champions. También tiene otros en Austria y Estados Unidos. Y el que acaba de darle la última alegría es el cuarto: el Red Bull Bragantino, de Brasil, que animará la final de la Copa Sudamericana el próximo día 20 en Montevideo frente a Atlético Paranaense.
En el empobrecido fútbol sudamericano, donde trabajosamente se puede pagar los sueldos de los futbolistas, se mira con desconfianza el arribo de estos empresarios acaudalados -que no son mecenas-. ¿Será hora de que lleguen más Dietrich Mateschitz…?
La parte oscura del nuevo patrón del Newcastle -el príncipe Mohamed bin Salmán Al Saud- es que está acusado de graves violaciones a los derechos humanos. Eso no se festejó.






