ECONOMÍA
La elaboración de las tradicionales marraquetas, sarnitas y ch’amillos atraviesa su peor momento. Tras la pandemia, la venta de estos panes bajó 40%, que sumado a una “inadecuada” distribución de la harina subvencionada por el Estado, alarma a los panificadores.
Por la crisis económica ocasionada por el COVID-19, la producción de pan en los hornos disminuyó considerablemente. Antes de la pandemia, en los grandes centros de panificación se producían ocho quintales (qq) al día, en los medianos al menos seis y en los pequeños hasta cuatro.
“Ahora el que hacía ocho produce seis, el mediano de acuerdo a la demanda produce cuatro y el último hasta dos quintales, esa es la escala de producción de pan después de la pandemia”, reveló a LA RAZÓN el presidente de la Confederación Nacional de Panificadores Artesanos de Bolivia, Juan Carlos Cachicatari.
Esta situación expone que el sector panificador fue duramente golpeado por la pandemia —desde marzo del pasado año cuando se detectó el virus en el teritorio nacional a la fecha— provocando que la producción de pan baje al 60% de la capacidad así como la demanda de la población también se reduzca en 40%.
Pese a esa caída en la oferta y demanda, 2.500 panificadores distribuidos en los nueve departamentos se mantienen firmes y confiados en que la crisis pasará.
“Estamos con 2.500 afiliados en la Confederación Nacional de Panificadores, distribuidos en los nueve departamentos. A pesar de la pandemia se ha mantenido casi en ese mismo promedio. Hubo bajas o decesos por el COVID -19, pero también por la falta de trabajo”, sostuvo.

CONSUMO. Según evaluación del principal ejecutivo de los panificadores del país, la población de La Paz es la mayor consumidora de pan, le sigue la de Cochabamba y posteriormente la de Oruro. Los depar tamentos que demandan en menor cantidad este alimento de primera necesidad son Potosí y Chuquisaca.
“Las marraquetas, sarnitas, cachitos se mantienen vigentes”, a pesar de la reducción de ingresos económicos de la población.
“Por ejemplo, una familia que compraba 20 panes, al día, entre marraqueta con o sin manteca, sarnitas, cachos y caucas, ahora lleva entre 12 y 15 unidades, pero siguen surtiendo su compra”, aseguró a este medio Cachicatari.
La reducción de los ingresos de las familias bolivianas sumada a la falta de fuentes laborales, ha provocado que en el último año “prolifere” en diferentes capitales del país, el funcionamiento de hornos clandestinos.
“Algunas personas, por la falta de trabajo, compraron un hornito y han tratado de producir (pan) a precio más barato, como dicen aunque no tendrán una utilidad razonable como para sostener un hogar pero les ayuda para vivir al día, por lo menos para un medio kilo de carne”, comentó.
HARINA. Otro factor que influye en la baja de la producción de pan es una “inadecuada” distribución de harina a las panificadoras por parte la Empresa de Apoyo a la Producción de Alimentos (Emapa). “La harina no está siendo distribuida de forma adecuada por Emapa. La harina subvencionada es Bs 151 precio estándar. Y en el mercado solo se encuentra la harina argentina a un precio de Bs 185”, alertó Cachicatari.
La subvención de la harina que hace el Estado no es suficiente y los panificadores deben cubrir la falta del producto, comprando este producto del mercado informal, lo cual encarece sus costos de producción frente al congelamiento del precio del pan en Bs 0,50.
“Hay un desabastecimiento en la entrega de harina desde el gobierno de los pititas y desde enero seguimos arrastrando este problema”, dijo al anunciar que en los próximos días la dirigencia de los panificadores se reunirá con autoridades de Emapa para encontrar una solución a esta dificultad que enfrenta el sector.







