Poco apoyo gubernamental, falta de hábito de lectura en la población y las crisis de 2019 y 2020 mantienen condicionada la recuperación del sector editorial, en cuyo panorama el modelo de microeditorial se pinta como una alternativa viable.
“El tamaño de la industria editorial boliviana es chiquitísima. Nosotros le debemos llegar al tobillo de la industria peruana y debemos ser la uña del meñique de la industria argentina y brasileña”, afirmó Willy Camacho, editor en jefe de Editorial 3600, encargada de la publicación de los premios nacionales de literatura.
Pese a ser una de las más grandes del país, Camacho no duda en admitir que, a nivel nacional e internacional, 3600 es una editorial mediana. “Todas las editoriales bolivianas son independientes”, añade, pues ninguna en Bolivia tiene best-sellers para mantenerse, ni dependen de nadie en cuanto a capital o línea editorial, sino que son dueños de decidir qué publican, cuándo y cómo se procuran los medios para hacerlo.
En contacto con La Razón, están de acuerdo con Camacho, Ernesto Martínez, presidente de Cámara Departamental del Libro La Paz; Francisco Bueno, representante en La Paz de la Asociación de Escritores Bolivianos (Escribo); y Alexis Argüello, editor en jefe de Sobras Selectas Editorial.
Por otro lado, René Téllez, editor en Editorial Subtterránea, añade que editorial independiente es aquella que “no pertenece a grandes asociaciones o gremios de libreros que pretenden la representación monopólica de todo el sector”.
Por su parte, José Villanueva, fundador de la microeditorial Nuevos Clásicos, afirma preferir este “micromodelo”, pues, además de poseer independencia, con menos personas y menor inversión saca libros con mayor oficio artesanal e ideas alternativas a lo que suele verse en Bolivia.
“La ventaja de las microeditoriales es que al ser pequeños sus mecanismos, las condiciones ambientales no afectan demasiado y las posibilidades de actualizarse y acondicionarse se llevan a cabo con mayor facilidad”, explicó Villanueva, refiriéndose a cómo, en el panorama de crisis del sector editorial, las microeditoriales siguen y seguirán en pie por su alto valor de adaptabilidad.
Su editorial, especializada en poesía. tiene un no tan reducido nicho de lectores, aquellos que buscan estéticas e ideas alternativas, todas esas temáticas y experimentos que editoriales más grandes no siempre pueden explorar por temas comerciales.
Lo mismo sucede con otras microeditoriales como Chivo Maquínico en Santa Cruz o Pequeño Elefante en La Paz. Esta última es una microeditorial que, además de apostar por libros con mayor contenido visual, también tendrá producciones audiovisuales cortas.
Ejemplo de ello es Posibilidades formales del autoempleo, un libro de Pequeño Elefante que, a su texto, escrito por la poeta Iris Kiya, le suma un corto audiovisual filmado por Miguel Barrero, editor en jefe de Pequeño Elefante.
“Es más amor al arte, a publicar libros, hacerlo por más que tenga que hacer otros trabajos para vivir”, aseveró Barrero, quién también observó que las editoriales más grandes no solo financian sus publicaciones fungiendo como imprentas o vendiendo libros usados, sino que por la crisis están abandonando los grandes tirajes (en Bolivia: 500 ejemplares), prefiriendo imprimir de acuerdo a la demanda, o publicando en digital, cuyo comercio virtual aún necesita fuerza en Bolivia.
A ese problema Bueno, Martínez, Téllez, Argüello y Camacho le suman el escaso apoyo de autoridades (nacionales y municipales), una poco útil ley del libro y el nulo fomento a la lectura a nivel de educación. Téllez suma la competencia desleal entre editoriales.
“Las microeditoriales son las que mayores chances de sobrevivir y pasar este temporal tienen, pues son pocos sus gastos”, aseveró Camacho. “Ya estamos en un tren de producción de escala mediana”, añadió, refiriéndose a como 3600 y otras editoriales de su tamaño podrían reducir su producción, pero sostienen un compromiso con autores que esperan para publicar con ellos.






