El beatito René es el primero en llegar. Ocupa su lugar en una vidriera del boliche. Está rodeado de hojas de coca, unos puchos de tabaco negro, unas cervezas y libros de Adolfo Cárdenas Franco. Ya puede arrancar el último adiós al Astérix. El trío rabioso de Llok’alla Punk prueba sonido. Son las nueve de la noche del último miércoles de marzo y dos centenares de personas están/estamos reunidas en el pub Equinoccio de Sopocachi para rendir homenaje al autor de Periférica Boulevard; al amigo, al maestro.
Oswaldo Calatayud, el organizador del tributo, toma la palabra: “El día del velorio fue todo muy qaima, a Adolfo no le hubiese gustado algo así; el domingo estuvimos en el lago Titicaca con sus cenizas, siempre pensamos que se merecía otra despedida, más a su estilo”.
El programa de la velada —intitulada Hoy fricasé hoy, como uno de sus relatos— comienza con palabras de Willy Camacho, exalumno, escritor y actual director del sello 3600. El autor de El misterio del estido recuerda los libros prestados y los talleres que Cárdenas impartía en su casa de Alto Obrajes. “Era muy crítico con la academia, con la institución, con la propia carrera de Literatura; por eso, daba clases en su living, recomendaba lecturas como Joyce o John Kennedy Toole; era muy creativo y valoraba por encima de todo, la libertad”. A una de sus hijas le puso María Libertad.

Camacho nos cuenta que “Renecito”, el beato de los prestes de la carrera de Literatura, fue obra y gracia de Adolfo (su faceta artística es bien desconocida). “Fue después de un taller sobre Jaime Saenz y René Bascopé Aspiazu. La amistad y admiración entre Cárdenas y Bascopé fue de ida y de vuelta”. Por eso, Astérix crea hace 26 años con sus propias manos y un montón de plastilina y plastoformo el muñequito del santo René, que esta noche todo lo ve desde el fondo del bar, presto una vez más a obrar el milagro de congregar a los amigos y amigas.
El Huili recuerda el humor negro/ácido del Alf, sus obsesiones (contra los músicos, especialmente “bateros”; y contra los peruanos, en gestos xenófobos que no ocultaba); su confianza absoluta en sus editores a la hora de “tocar” sus textos. Nadie se acuerda de su animadversión hacia otro escritor de la noche paceña, don Víctor Hugo Viscarra.
El “Equi” tiene todas sus mesas repletas, hay gente en la barra del bar. En uno de los rincones, veo a Christian Jiménez Kanahuaty junto a Mauricio Souza Crespo, agudo estudioso de la obra de Cárdenas y su “lenguaje de una colectividad, su novela de una ciudad”.
En otro costado, Guillermo Mariaca comparte charla con cuates. Me acuerdo entonces que él estaba en el jurado que en 2003 otorgó la Mención de Honor a Periférica Blvd en el Premio Nacional de Novela que daba el Viceministerio de Cultura, la editorial española Santillana y el fondo de pensiones del BBVA. Ese año ganó La gula del picaflor de Juan Claudio Lechín. En aquel jurado, presidido por Raquel Montenegro, estaban también Rubén Vargas, Marisol Quiroga, Gary Daher y Jaime Iturri.
Junto a la barra, veo a un hombre con un parecido asombroso al Astérix. Me quiero imaginar que es la última broma del Adolfo. Cuando llegan los discursos, algunos se quejan del precio de las cervezas (30 pesos la botellita); otros lamentarán acabar sobrios la noche del tributo a Adolfo Cárdenas.
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La compañera de Alf, Sonia Amusquivar, agradece la presencia de todos: “gracias a ustedes estoy de pie”. En una pantalla se proyectan —como bucle interminable— fotos en blanco y negro del escritor. En la mesa del Chino Arandia se beben las nostalgias a sorbos entre Sonia y Guiomar Arandia. Hablan de reponer el musical Ch’ojcho con audio de rock p’ssahdo.
El micrófono, entonces, comienza a girar; se viene un karaoke de letras cargadas de nostalgia. Omar Rocha Velasco, el director de Literatura de la UMSA, estrena la pista leyendo un fragmento de Hoy, fricasé, hoy. Luego siguen exalumnas y amigas como Ángela Huanca, Fernanda Verdesoto, Mary Carmen Molina, Adriana Rodas, Liliana Carrillo, Martina Noriega y Daniel Romero. Las palabras en “aymarallano” o “espachol” resuenan dentro del boliche. Afuera, me imagino a alguien pintando en la clandestinidad de la noche el último grafiti: “El Rey no ha muerto, el Adolfo tampoco”.
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Entonces, toma la palabra el Chino Arandia. Es el último heredero del humor corrosivo del Alf. Es el único presente de la vieja guardia, de los Humberto Quino, de los Jorge Campero, de los Julio Barriga, de los Diego Morales… Miento. En los minutos de alargue, cuando el boliche luce casi vacío, aparece como fantasma de la noche, Marito Conde con la “duquesa” Rosemary Mamani del brazo. No podía faltar.
Édgar rememora viejos tiempos que nunca volverán, las madrugadas de bohemia, las revistas de humor compartidas (como La Taba, donde Adolfo era el caricaturista), las mil y una anécdotas. “Voy a contar cinco historias”, amenaza el Chino.

La primera nos lleva a la plaza San Francisco. Es un viejo relato de la Moca Conchuda, un exaduanero corrupto. Parece un personaje paceño del Adolfo. Unas profesoras de colegio rondan a los viejitos, son beneméritos de la Guerra del Chaco. Van por sus pensiones, por su platita. Y la táctica se resume en tres palabras: mate de calzón. Con comida muy salada y el mate, las profesoras mandan a la tumba al benemérito. Misión cumplida. Son los relatos que se escuchan en la calle, son los relatos que Cárdenas transformaba en literatura. Cárdenas es el espejo de las clases populares.
La segunda historia del Chino nos conduce al “Boca”. Adolfo y el pintor Diego Morales han llegado pronto al añorado boliche de la calle Jaén en el casco antiguo de la ciudad. Están renegando, para variar. “Parecen dos viejas”, dice Édgar, rememorando los diálogos. “Mate de calzón nos van a dar”. Entra por la puerta chiquita una pareja. Ella, preciosa; él, zapato de Aladino y nariz prominente. “La vida es una mierda, semejante monumento con ese cojudo, realmente Bolivia es una mierda”. El público del Chino se ríe, ahora sí esto es un lindo homenaje al Adolfo. “Mandaremos una carta al presidente de Corea del Norte, implorando que la próxima prueba nuclear sea en La Paz, pero que falle y así desaparecemos todos, total nadie se va a dar cuenta en el mundo”.
La tercera nos traslada a su casa de Alto Obrajes. Adolfo cree fervientemente que existe una conspiración en su contra. Sonia y María Libertad se han agarrado la chompa favorita del Alf. La han ocultado para que no se la ponga más. El escritor está bajoneado, realmente adoraba esa chompa. La cuarta nos lleva a la casa de Manuel Vargas. El vallegrandino organiza las “Manueladas” en contraposición a las elegantes “Flaviadas”. Escuchan jazz en vez de música clásica. Son las tres de la madrugada y los contertulios se retiran con unos traguitos de más. Adolfo y el Chino Arandia caminan juntos. Pasan por el Cementerio Judío. Trepan el muro. Con el encendedor y el pucho iluminan las lápidas. Un perro se abalanza sobre ellos, detrás viene el enojado cuidador del cementerio. Arandia tira de imaginación para zafar: “Mi amigo es judío, blancón es, estamos buscando la tumba de un familiar, pero parece que no está aquí, ya nos estamos yendo, joven; va a disculpar”.

La quinta y última anécdota del Chino arranca con una pregunta: “No está la Galindo, ¿no ve?”. Y sigue Édgar: “Al Boca entra una guapa, llueven las groserías, seguimos teniendo resabios machistas, pues. Uno dice: yo lo haría así; otro dice: yo lo haría asá. Y el Adolfo termina: yo quisiera darle un planchazo”. Arandia comparte un recuerdo: su amigo, anotando todo en su libretita. Y nos deja una última imagen: el modo como Alf se retira medio borrachito de las quedadas, como bailando morenada, de un lado a otro. Es el “paso Astérix”. Los aplausos acompañan la imitación de “moreno” del Chino.
El siguiente orador en tomar la palabra es un exalumno, Álvaro Vázquez. “Nos ha dejado el jefe del pabellón”, dice para emocionar a toda la congregación. “En Cochabamba había un cura del colegio La Salle que se robaba chicos; Adolfo también robó hartos changos, nos robó a nosotros y nos hizo adictos a la literatura, nos cambió la vida y nos hacía ver a la gente cotidiana como potenciales personajes. Somos la hermandad, la fraternidad del Adolfo para siempre”.
Rodrigo Urquiola le habla a Cárdenas como si estuviese presente: “No compartí chelas contigo, pasé el taller de Escritura Creativa II, me da mucha tristeza pensar que no podré ir más a tu casa, nos queda tu obra y tu humor”. Fernanda Verdesoto lee de nuevo y Lourdes Reynaga agarra el micrófono, esta vez, para contar anécdotas de vida. “Me decía niña, creo que a todos nos decía así”. Es la noche de las niñas del Adolfo.

El último orador es otro escritor, Rudy Terceros. “Adolfo renegaba porque la gente creía que los libros eran caros. Cuarenta bolivianos, muy caro. Pero cuarenta pesos son dos cervezas solo, hermano. Y el Ulises a 150 es una caja de chelas. Así trataba de convencer a la gente. El alcohol y su vara de medir es lo único que entienden, decía”. Rudy cita entonces para poner el sello final: “Los grandes hombres no mueren, solo caminan hacia el horizonte”.
Es el último discurso antes de que el poderoso trío de Llok’alla Punk descargue una batería de versiones punkis desde Eskorbuto a RIP pasando por temas propios como Puños rotos y Pueblo libertad. El Chapi hace sonar bien a la banda, es el brujo de la noche sentado en su taburete, siempre en el fondo del bar como un barco anclado en el desierto.
Cuando todo parece llegar a su fin, aparece el fricasé. Resistimos apenas treinta personas. Peggy Salazar y Reynaldo Calatayud han traído una olla caliente de “fricacho”, bien picante como le gustaba al homenajeado. Ahora sí, esto es un verdadero homenaje al Adolfo.
Texto: Ricardo Bajo H.
Fotos: Ricardo Bajo y Diego «Cuetillo» Valdivia.







