TECNOLOGÍA
Las fake news han demostrado ser una poderosa fuerza disruptiva en los tiempos actuales. Pueden poner en riesgo reputaciones personales, empresas e incluso Estados. Es momento de hacer frente al desafío.
Las recientes y virales imágenes del papa Francisco vistiendo a la última moda son hiperrealistas y fueron generadas por aplicaciones de Inteligencia Artificial (IA). Esto significa que la IA es capaz de entregar un resultado visual indistinguible sensorialmente de lo que entendemos por “real”.
Las noticias falsas o fake news, con las que se comenzaron a inundar las redes sociales bajo el formato de memes, por lo general se elaboraban bajo la premisa de la descontextualización. Por ejemplo, se tomaba la imagen de un líder político haciendo un gesto en una determinada situación y luego se la explicaba en una circunstancia radicalmente diferente. Así, la reacción a un mal olor captada casualmente por un fotógrafo, era transformada en una gesto de aversión frente a tal o cual cosa o persona.
La IA está haciendo obsoleto ese truco. Prácticamente es capaz de entregar la imagen de un líder, en realidad de cualquier persona, haciendo o vistiendo lo que uno imagine. Es la maravilla y a la vez el vértigo de la IA.
Pero volvamos previamente a la definición de las fake news. Estas están vinculadas al fenómeno de la desinformación, que la Comisión Europea define como “un ecosistema de producción, propagación y consumo de información falsa, inexacta o engañosa con fines lucrativos o que busca influir en un público”.
Entonces, las fake news contienen información falseada, no contrastada o parcial, con el fin de lograr engañar al interlocutor e interferir en su percepción y en su capacidad de tomar decisiones. El contenido es muy variado. Sin embargo, el común denominador es la intención de conseguir un beneficio económico, político o la creación de un determinado estado de ánimo o de opinión.
Las fake news pueden tener un gran impacto reputacional, porque la inversión necesaria para dañar la imagen de una empresa es muy pequeña. De hecho, la desinformación por lo general proviene de la publicación de información falsa en redes sociales.
Así, la desinformación se convierte en un nuevo frente de batalla para las empresas, los consumidores e incluso los Estados.
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Es absolutamente cierto que, en 2023, no es concebible una empresa que no esté trabajando denodadamente para crear una comunidad de interés y forjando sinergias en su mix de redes sociales. En la medida en que esto es así, las amenazas presentes en estos ámbitos deben ser asumidas y resueltas día a día. Para esto se requiere un equipo humano formado adecuadamente para comprender este tipo de riesgos y saber reaccionar adecuadamente.
Sin embargo, se cae de maduro que los esfuerzos individuales de las empresas no serán suficientes.
Probablemente sea conveniente tener en cuenta la experiencia de Finlandia al respecto. Este país ocupó el primer lugar entre 41 países europeos en resiliencia contra la desinformación por quinta vez consecutiva en una encuesta publicada en octubre del año pasado por el Open Society Institute en Sofía, Bulgaria.
Para las autoridades, el éxito de Finlandia no es solo el resultado de su sólido sistema educativo, uno de los mejores del mundo, sino también de un esfuerzo concertado para enseñar a los estudiantes sobre las noticias falsas. La alfabetización mediática es parte del plan de estudios básico nacional a partir del preescolar.
Es necesario tomar conciencia de que estamos en un mundo que plantea nuevos desafíos. En Bolivia no estamos exentos de sucesos de desinformación. Basta recordar el temor al desabastecimiento que se generó semanas atrás en Santa Cruz. Unos pocos mensajes en redes sociales bastaron para generar colas de automóviles, todos queriendo llenar sus tanques.
Mientras no nos eduquemos para hacer frente a la desinformación, esas colas serán nuestra nueva normalidad.







