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El historiador y la memoria colectiva

La labor del historiador no es preservar la memoria; es, por el contrario, demostrar que el pasado ya no está ahí, que la memoria engaña.

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Por Javier Saravia T
La Paz / abril 9, 2023
en Animal Político

DIBUJO LIBRE

El fundamento del trabajo del historiador es rechazar la tentación de buscar el origen inequívoco y preciso de ciertas ideas, pensamientos y valores que la nación defiende como suyos; rechazar la búsqueda de héroes fundadores, de padres creadores, de épicos descubridores; y, por tanto, develar que no existe la “esencia” de la nación.

Porque, en realidad, todo pensamiento humano, toda teoría y, al mismo tiempo, toda acción es producto de un sinnúmero de factores que confluyen y se refrendan, pero que también se contradicen; y es en este vaivén de ideologías y revoluciones que encontramos respuestas a las preguntas del presente; es en este caos donde encontramos el sentido de las acciones, del discurso y del pensamiento que dan lugar a la formación de la nación.

La labor del historiador no es preservar la memoria, es, por el contrario, demostrar que el pasado ya no está ahí, que la memoria engaña, que lo que reconocemos como pasado es en realidad una construcción que hacemos colectivamente, por medio del olvido voluntario y sistemático de lo que no queremos recordar y por el recuerdo sistemático y voluntario de datos con los que queremos construir nuestro presente y el futuro que deseamos.

Cabe la posibilidad, en este sentido, de la generación de múltiples pasados. Así como para Jorge Luis Borges el futuro puede ser múltiple (un jardín con senderos que se bifurcan), también el pasado puede ser múltiple.

En un pasado, soy estudiante de un colegio privado, en otro soy el chico que lustra zapatos, en otro soy hijo único, en otro soy huérfano, ¿cuál de todos estos es mi pasado? Lo mismo a escala nacional: ¿cuál es el pasado de Bolivia?, ¿será el de una nación criolla que se libera de sus padres españoles para fundar una república liberal, que dicta leyes, que ansía el progreso, que no ha cortado su relación con lo europeo y que aún siente en sus venas la sangre de los conquistadores, la nación criolla que intenta con modestos recursos construir sus símbolos, su bandera tricolor y sus héroes mártires? O, tal vez, ¿el pasado de Bolivia es el de la nación aymara, la quechua, la guaraní, que sufre una invasión, que lucha, pero sucumbe y es dominada; que aprende a sobrevivir, que asimila todo lo que puede serle útil, aprende el uso del fusil, de los cañones; que domina la técnica y la tecnología, que se organiza, que socava el poder estatal, que acumula capital, que crea la wiphala y, con una fuerza cada vez creciente, construye su proyecto nacional en una lucha por la hegemonía. ¿Cuál de estas versiones del pasado es la correcta? ¿Hay alguna opción más? Tal vez hay muchas opciones más, tal vez las posibilidades son infinitas.

Los historiadores generamos memoria colectiva, al mismo tiempo que recuperamos memoria colectiva. La memoria traza un dibujo del pasado, uno que es venerado por la sociedad, que pretende que sea eterno, ese dibujo se hace monumentos de piedra.

El historiador debe demostrar que en esa monumentalidad que plantea la memoria colectiva está el origen de su propia ruina, que en esos objetos de anticuario está la mancha de su propia herrumbre que la deshace. Detrás de esas máscaras no hay nadie. Ese dibujo bidimensional solo se entiende visto desde la perspectiva adecuada; de lo contrario, no significa nada. Esos monumentos están huecos, esos objetos se deshacen en polvo si los queremos aprehender. Quiere decir que todo ello ha sido construido, es una armazón articulada de varias ideas, deseos, proyectos; no es una aparición rotunda desde un lugar absoluto, como descargada desde el cielo, como la definición judía de Dios, “Dios es el que es”.

También puede leer: Límites a la descolonización

La labor del historiador no es encontrar una esencia absoluta que supuestamente estaría allí, es más bien mostrarnos los planos de cómo se ha construido ese monumento, mostrarnos los andamios de la lenta y muchas veces sufrida construcción de la memoria colectiva.

Esa memoria no se construyó desde la plácida contemplación de la historia del que descansa y tiene tiempo para reflexionar sobre el pasado. La memoria colectiva se construye en medio de la angustia de una urgencia por ganar el sentido común de la época, del apremio del que debe conquistar el poder, el control del Estado, debe desafiar los poderes económicos, y sabe que para lograr el apoyo de sus conciudadanos debe entregar una garantía de que el objetivo no es personal ni de grupo; que es, por el contrario, un objetivo comunitario, superlativo y nacional. Debe, por tanto, crear, lo más pronto posible, la comunidad imaginada, la nación nueva, que identifique a todos, que los empuje a luchar. Es en este terreno que se levanta la memoria colectiva. Los historiadores debemos ser conscientes de estas posibilidades y de los múltiples destinos a que nos podemos ver llamados cuando nos dispongamos a escribir la historia.

(*)Javier Saravia T. es Historiador

en tendencia: historiador

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