DIBUJO LIBRE
Hace unas semanas los más grandes bancos centrales del mundo anunciaron continuar con sus posturas monetarias expansivas, manteniendo inalteradas sus tasas de política en mínimos históricos desde inicios de la pandemia (o incluso antes). La Reserva Federal de Estados Unidos reafirmó su plan de compras ilimitadas a las que mensualmente destina $us 120.000 millones en títulos del tesoro y deuda hipotecaria, que al año suman $us 1,44 billones. El Banco Central Europeo acelerará el rescate de activos, en el marco de su programa de compras de emergencia para la pandemia, por $us 1,85 billones. En Inglaterra se mantuvo el stock de compras en $us 1,2 billones, mientras que el Banco Central de Japón también ratificó la ampliación que hizo hasta medio año de compras masivas de activos para dotar de mayor liquidez a la economía nipona. En resumen, crece la hoja de balance de los bancos centrales.
En las reuniones anuales de primavera del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) celebradas hace poco, la entidad que dirige Kristalina Georgieva mejoró las perspectivas de crecimiento de la economía mundial de 5,5% a 6%; esta previsión se sustenta en el mejor desempeño de las principales economías del globo, los nuevos planes de estímulos aprobados y el ritmo de vacunaciones masivas que afectaría positivamente a la actividad en la segunda mitad de 2021. La cita también fue oportunidad para que el FMI relance su propuesta de emisión de Derechos Especiales de Giro por $us 0,65 billones como medio para ampliar el acceso a financiamiento a países miembros del Fondo.
Estos anuncios no deberían causar asombro como tal, pues frente a las últimas crisis económicas, la salida ha sido inyectar más dinero. ¿Si la riqueza no se crea a partir de la impresión de dinero, cuán riesgoso o sostenible es apostar a la emisión monetaria para preservarla? Ha pasado un poco más de una década después de la crisis financiera global y aún no tenemos una comprensión cabal del efecto neto de los paquetes de estímulos monetarios creados desde 2008 y hemos entrado en una nueva fase de expansión de los agregados monetarios sin precedente desde 2020. Pareciera que, bajo el régimen monetario dominante de fijación de tasas de interés, la cantidad de dinero no importase. Sin embargo, se debe tener presente que los estímulos monetarios no pueden ser para siempre. Japón trató de crecer hace más de una década expandiendo los pasivos monetarios del Banco Central, empero el estancamiento persistió, así como la deflación. Si bien a nivel global no se ha planteado la posibilidad de una deflación desde los organismos internacionales ¿podría darse?
¿Dónde terminará el dinero de la pandemia? ¿A quiénes beneficia los rescates multimillonarios de los bancos centrales? ¿Dónde se destina la excesiva liquidez proveniente de los planes de recuperación? Los cientos de miles de millones de dólares que se gastan en el mundo en el suministro de vacunas, tests, equipos de terapia intensiva, etc., al menos a corto plazo, pareciera favorecer en la reactivación económica exclusivamente a los países que pueden producirlos, no así a aquellos que los compran.
Por otro lado, a diferencia de la crisis de 2008, cuando el exceso de liquidez mundial producía una entrada masiva de capitales a los países emergentes y en desarrollo, la incertidumbre global y la fragilidad de estas economías no ayuda para que la hazaña se repita, pues el capital financiero menguó su apetito por mayor riesgo. La elevada liquidez mundial posiblemente aliente mayor endeudamiento a escala mundial, pero a un costo cada vez mayor, dado que se aceleró el aumento de los rendimientos de los títulos emitidos por el tesoro americano y otros, lo cual será un freno para el crecimiento para aquellas economías financieramente más vulnerables.
Pero no todo son malas noticias. Los precios de las materias primas continúan en ascenso, aunque su recuperación no tiene un origen real sino especulativo. Una parte del exceso de liquidez mundial estaría validando el alza del precio de granos, minerales y petróleo. Esta subida de precios podría impulsar la recuperación económica de los países en desarrollo, siempre y cuando exista la capacidad fiscal de capturar esas rentas.
Hoy se encuentra circulando en la economía mundial más dinero del que hubo en toda la historia. Si las tasas de interés están tan cercanas de cero, ¿ello quiere decir que el dinero dejó de tener un costo (al menos de oportunidad) o para comprender su verdadero valor debemos ver más allá del mercado monetario? La compra masiva de activos está creando una demanda ficticia, distorsionando la valoración de precios en los mercados de capitales y exponiendo a los balances de los bancos centrales a riesgos de mercado.
¿Esta colosal cantidad de dinero mundial realmente contribuirá a la reactivación económica? o ¿estamos frente a un crecimiento espurio donde lo único que sube son los precios de los activos sin efectos sobre la economía real? Existen muchas más interrogantes, pero concluiría señalando que el dinero a escala global contribuiría a crear más riqueza y, a la vez, menos producción.
(*) Omar R. Velasco es economista






