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2025: ¿El fin de la historia?

El portavoz presidencial escribe sobre el sentido epocal y el porvenir del proceso político boliviano.

Richter dice que Arce ‘medita y reflexiona’ el futuro del censurado Del Castillo

El vocero de la Presidencia, Jorge Richter. Foto: Archivo Oswalgo Aguirre

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Por Jorge Richter Ramírez
La Paz / julio 30, 2023
en Animal Político

DIBUJO LIBRE

El futuro de la sociedad boliviana y su Estado debe repensarse, inventarse y construirse. El espacio de lo que viene no puede seguir desprendiéndose del pasado. Desde 2005 la Bolivia que emerge de aquella victoria electoral de los actores centrales del Proceso de Cambio construye un país uniforme desde la perspectiva de la hegemonía ideológica dominante. La izquierda de la corporatividad social y popular se hace con todas las referencias importantes de la política nacional y señala el rumbo de un país que transita su camino hacia el Estado Plurinacional.

El siglo XXI en Bolivia empieza en enero de 2006. Aquel mes marca una ruptura con la hegemonía de consensos a partir de la fragmentación del Estado. Desde entonces, las perspectivas posibles del conservadurismo raído de la partidocracia boliviana se fueron diluyendo en un “deambular oscuro” y trastornado. Hubo un cambio epocal en lo ideológico, un nuevo tiempo que incorporaba a los históricamente excluidos, y por ello era esperanzador y a su vez imprevisible por las reacciones en las tradicionales oligarquías. En ese tiempo de cambio la idea de soberanía fue resignificado, se basó más en la idea de nación y fue recogido así por la nueva CPE. Parafraseando a Enzo Traverso: una sociedad de individuos reemplazó a una sociedad de órdenes predilectas. Las palabras tomaron nuevos significados, lo colectivo se instaló como una lógica societal/política y la misma historia recuperó la ancestralidad oculta. Las categorías Izquierda y Derecha, a las que Norberto Bobbio refiere con claro sentido de utilidad interpretativa de la política y sus contextos de dirección, emergen con fuerza referenciadora.

Lo que en 2003 se había despedazado con la caída de Sánchez de Lozada era una forma de comprender la democracia, de entender y accionar la política, en definitiva, la organización misma de la sociedad y el Estado neoliberal. Se esperaba un tiempo más democrático y lo fue. Se esperaba también una mayor comprensión y conciencia de una sociedad que debía aprender a coexistir con lo nuevo incluido y algo más de paz y tranquilidad social, esto no fue posible.

En 2019, los noviembristas enterraron su esforzado relato de monumental fraude electoral bajo los masacrados en Sacaba y Senkata. Rápidamente la dialéctica mostró que las luchas señaladas como épicas, libertarias y democráticas por los accionantes de noviembre de aquel año en el golpe de Estado eran apenas la restauración más envilecida del peor momento de decadencia del neoliberalismo. Registraron sus nombres en el evento más deplorable y ominoso de la nueva construcción democrática. Sin embargo, la dramaticidad de aquella crisis oculta entre su polvareda las necesidades urgentes de este Estado nuestro y esta sociedad.

Transcurridos los hitos de hegemonías dominantes, hoy, el país no supera la faz descentrada de nuestra sociedad y Estado. La estructura estatal no se articula pacíficamente con la sociedad civil. Los esfuerzos son tensionados y frágiles. Sobre ese escenario, con la vista puesta en 2025, se confrontan la sociedad plurinacional y la sociedad obsesionada por el pasado.

El proyecto social y popular construido sobre los ejes de la movilización popular, asambleísmo y deliberación social como mecanismos de petición e incidencia del pueblo sobre el poder y el gobierno brotó por años como una estructura que portaba un andamiaje inoxidable. La homogeneización de la conducta electoral de los movimientos sociales, de la corporatividad social y del pensamiento progresista construía victorias electorales con asombrosa facilidad. Alguna clase media participaba allí con entusiasmo en la idea de un país de inclusiones más extendidas. El tiempo de las victorias indudables se va desvaneciendo, nada está asegurado y hoy, como las palabras del Manifiesto Comunista, un fantasma recorre el país popular, el fantasma del fin de la historia.

El fin de la historia se imagina como el eclipse de la fortaleza electoral del movimiento social y popular, y a pesar de ello, desde el frente ideológico contrario, allí donde cohabitan algunas piezas del museo neoliberal con las nuevas voces de las corrientes libertarias, sin horizonte de expectativas ni expectativas en el horizonte, han renunciado a la idea de otra sociedad, se quedan anclados en el adjetivo que descalifica y abandona el esfuerzo de pensar, imaginar y proyectar un concepto nuevo de sociedad y Estado. Una derecha enrabietada antes que pensante habla del 2025 con su único y esmirriado objetivo, ganarle el proceso electoral siguiente al MAS.

Cuando un proyecto político agota su ciclo, quienes pretenden sustituirlo deben saber por qué reemplazarlo. Pero no dejan caer en sus altisonantes declaraciones ni un esbozo de algo nuevo o distinto, condenándonos a vivir en la misma tensión cíclica y recurrente que desde hace décadas caracteriza a la política boliviana.

Las figuras políticas del armario neoliberal/ conservador boliviano quieren relevar el proyecto social popular, pero desconocen por qué sociedad hacerlo. Apenas unas palabras, aquellas de la consigna de fácil consumo es lo que logran exponer. Ello los hace, inevitablemente, portadores del germen del caos, la incertidumbre, la ingobernabilidad y de la reconducción hacia la siguiente crisis social/política de expectativas frustradas y esperanzas derrotadas. Este preanuncio del escenario posible a vivir por el club de la derecha dura tiene un argumento que lo respalda, algo estructural y poco meditado, su memoria está construida de neoliberalismo, sociedades de privilegio, desgano democrático y exclusión social. Carecen de liderazgos nacionales, van faltos de estrategia y su consistencia ideológica no madura. No son gente para el debate político ni las miradas de estadistas. Son el consorcio de la no-política, un surtido de odios, tiktokers y engreimientos.

Los límites de la derecha nacional no deben encontrarse tanto en la falta de líderes, esto podría ser hasta un profundo error del análisis. Sus límites están marcados por la época actual, el tiempo histórico y el Estado Plurinacional. Hoy arrastran como pesada carga la derrota de la Revolución que creyeron construir en 2019. El peso es abrumador e insoportable, los ha transformado en despechados hasta perder la imaginación. Así, el 2025 es un escenario incómodo para ellos que solo se especula posible por el imaginado fin de la historia del proyecto social y popular.

Siendo complejo y crítico el panorama electoral de la derecha boliviana, el proyecto social popular también viaja en aguas agitadas. Entendido en toda su dimensión el proceso sociopolítico que relevó al caído Estado neoliberal el ciclo político de lo social popular como movimiento político en acción gubernamental evidenciaba señales de agotamiento. Los hechos de 2019, el rupturismo como lógica política, el compromiso directo y abierto en ese proceso de parte de todos quienes hoy buscan indirectamente ser nominados a candidatos por un frente de derecha fueron elementos que parecieron regenerar el período hegemónico, sin embargo, los desencuentros internos cercenan el pensamiento ideológico para conducirlo en riesgo elevado a una polaridad interna que se anota dentro de la cultura de la confrontación permanente, del enemigo constante, de la construcción de bandos antagónicos y de extremos irreconciliables que gráfica la política boliviana. Las sociedades confrontadas, agrietadas, así como las divisiones intrapartidarias de los movimientos de masas son de lenta y compleja reconstrucción, requieren valores democráticos añadidos y comprensión de la importancia de la paz social como elemento indispensable para la gobernabilidad y la convivencia pacífica de una sociedad plural y fuertemente abigarrada. La discrepancia ácida y diaria con los sectores de derecha radical y hoy también en lo interno, con impactos en las posibilidades económicas, laborales pero también en la tranquilidad social, están asociando pesadamente al proyecto popular a espacios de resistencia y fatiga desde la sociedad. Ello configura la necesidad de miradas, abordajes y propuestas que no se estructuren sobre la base de la memoria reciente del proceso de cambio. Nuevo marco de convivencia social se llama.

También puede leer: Hacia un debate sin adjetivos sobre Santa Cruz

Los excluidos de antes no pueden excluir hoy, es una contradicción histórica que inviabiliza el camino del socialismo en Bolivia. El Estado Plurinacional, que generó inclusión social, representación política oportuna y reacomodo de prioridades económicas y sociales, puede transformarse en un Estado imposible, como forma de organización societal justa y equilibrada, si no se perfecciona y sobrepasa el rezago institucional que hoy lo expone a sensaciones de impotencia que facilita la tarea de sus interpeladores.

Estas necesidades impostergables de la sociedad y el Estado, no vistas ni percibidas en el actual y extenso abanico político, ideológico y electoral van abriendo el camino a que nuevas referencias animen su participación. La derecha va, llena de entusiasmo, reduciendo todo a recursos económicos, apoyos de la potencia imperial y márketing político, no advierten que el regresionismo del Estado neoliberal socialmente asimétrico y carente de equilibrios está sepultado en la conciencia social de aquellos que determinan categóricamente los resultados electorales. La aspiración de que los últimos sean los primeros ya está asentada desde hace tiempo.

El fin de la historia es el fin de los proyectos de hegemonías dominantes, el declive de las opciones políticas excluyentes y de las lógicas circulares de sustitución de élites. El tiempo que se va abriendo espacio busca complementariedades sociales, económicas y paz social.

(*)Jorge Richter es politólogo

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