Una de las promesas comunes, entre quienes se presentan como candidatos de cualquier proceso eleccionario en el país, es, en el último tiempo, el de la seguridad ciudadana. Lo que coincide con el clamor de los vecinos. Claro que en la práctica, poco cambia, pues la realidad muestra cómo los asaltos no sólo que crecen en cantidad, sino también en nivel de violencia.
El atraco a mano armada del viernes, en la poblada y comercial zona de Villa Fátima, confirma lo desprotegidas que se hallan las calles de la urbe. Los criminales actuaron confiados en que no iban a toparse con policías. Así que entraron, atacaron a dos mujeres —madre e hija, la primera de las cuales murió a causa de la gravedad de sus heridas—, salieron haciendo disparos al aire y escaparon. Todo, en medio de una vía llena de transeúntes, comerciantes callejeros y decenas de vehículos del transporte público. Que no haya fallecido nadie más es casi un milagro.
La reacción de los vecinos de la villa ha sido unánime: no hay seguridad, no hay policías, el miedo crece.
Una de las zonas rojas, mencionada como tal por la propia Policía, es justamente ésta del noreste de La Paz. Los asaltos callejeros, a veces con saldos lamentables de heridos, no es una novedad. Hay que ponerle freno.






