Cuando se trata de defender la calidad de vida, particularmente en las urbes, las grandes ciudades, de la mano de los nuevos arquitectos, reconocen que hay que dar marcha atrás: las moles de cemento han hecho daño, es preciso intentar recuperar el verde. De allí los jardines verticales y cualquier otra innovación que permita oxígeno, paisaje, vuelta a la naturaleza en medio del concreto.
Pero, como prueba de que siempre hay lugar para la sorpresa, los alteños buscan eliminar lo verde en vista de que lo hallan como sinónimo de inseguridad. Ocurre que parque que se abre se hace sinónimo de ocupación por parte de los antisociales o grupos de personas que usan dicho espacio para beber alcohol y otras prácticas no deseables.
La salida que proponen los habitantes de El Alto —basta de áreas verdes— no es la recomendable. La inseguridad hay que combatirla por otras vías que no pasan por la irracional salida de privar a la ciudadanía de saludables árboles y plantas capaces de absorber los elementos contaminantes de la atmósfera y de permitir un clima menos agresivo.
La Organización Mundial de la Salud recomienda, no sin razones, que para una vida de calidad es preciso que las ciudades dispongan de nueve metros cuadrados de verde por habitante. Sería un error ir en contra de esta tendencia.






