Joaquín Sánchez es un ejemplo de integración, de integrador. Este joven artista nació en Eusebio Ayala (Paraguay) y llegó a Bolivia a fines de los 90. Vino con inquietudes para crear, para desarrollar sus inquietudes de artista y optó por inscribirse en la Escuela de Bellas Artes (hoy Academia), la que dejó pronto en busca de algo más que sólo una mirada académica.
Como todo paraguayo, de niño había escuchado muchas veces hablar de esa contienda, la del Chaco, que enfrentó a sus paisanos con los bolivianos. Siendo él un oriundo del Chaco, y ya como uno más de los ciudadanos de La Paz, se sintió movido a explorar en la memoria, la suya y la colectiva, para abordarla desde el arte. La suya iba a ser, y es, no una memoria muerta, sino aquella que le da sentido desde el presente, desde la posibilidad de cambiar lo que de lo contrario es pura fatalidad.
Con Sánchez hemos atisbado en el cofre de las vivencias de ex combatientes, hemos visto sus fotografías con corazones bordados y hemos escuchado sus voces en guaraní. Hemos sentido, hemos evocado, hemos suspirado hondo y hemos sabido de seres de carne y hueso: ni desconocidos, ni enemigos.
Este Sánchez, con una nueva obra sobre su Chaco, acaba de ganar el Gran Premio de la XVII Bienal de Arte Contemporáneo de Santa Cruz.






