Tras 70 kilómetros de recorrido desde La Paz se encuentra el primer baño público, que es parte de un restaurante ubicado en la carretera a Oruro. No hay jaboncillo ni papel higiénico. El panorama se repite en este trayecto y en la ruta a Copacabana.
El transporte sale de la sede de gobierno, luego de atravesar la urbe alteña comienza una planicie altiplánica que acompañará parte del viaje. El primer pueblo está a 50 kilómetros, ahí hay llanterías, tiendas de aceite y de repuestos para automotores.
Nueve kilómetros después está Calamarca donde se encuentra una estación de servicio y una llantería. En El Tolar (70 km) existen casi todos los servicios que un viajero puede requerir en caso de urgencia. Por ejemplo, hay dos hoteles con precios diferenciados, restaurantes con una variedad de comida y dos micromercados.
En el camino también se encuentra un surtidor de combustible y un centro de salud. «Por estar en plena carretera aquí paran las flotas y vienen turistas extranjeros y nacionales que se descompensan en el trayecto. Nosotros hacemos todo lo que se pueda, si vemos que el caso es complicado entonces evacuamos a La Paz, porque tenemos nuestra propia ambulancia», explica el médico de la posta sanitaria, Pablo Lipa. Este centro atendió 14 accidentes que se produjeron en la vía, desde febrero de este año. De hecho, el viaje se torna peligroso porque es muy frecuente que los choferes invadan el otro carril.
Una de las deficiencias en El Tolar es que no hay internet ni auxilio mecánico especializado.
El viaje continúa, tras recorrer 95 kilómetros, se llega a Viscachani, donde sólo hay una farmacia, pero está cerrada.
Labriano Gutiérrez, comunario de Villa Belén, explica que la población se dedica a cultivar la tierra y a criar ganado, porque las movilidades «no paran en este sector». Más bien pide a las autoridades que construyan «pasarelas y puentes subterráneos para hacer pasar a los animales».
El vehículo vuelve a su ruta y después de recorrer 100 kilómetros desde La Paz, se llega a Patacamaya, donde se puede acceder a restaurantes, entidades financieras, hospedajes, hospital, farmacia, tiendas de repuestos, internet y otros servicios.
Sin embargo, el servicio higiénico es deficiente. Sólo hay un baño y los inodoros no tienen agua corriente. Los usuarios deben utilizar el agua de un turril. Tampoco hay jabón para lavarse las manos. El ingreso cuesta un boliviano y da derecho a un pedazo de papel higiénico.
Wálter Rodríguez, chofer de un vehículo de transporte pesado con más de 12 años de experiencia, asegura que en los últimos años se abrieron lugares donde se pueden encontrar diferentes servicios. «A lo que era antes, ha cambiado. A lo largo de la carretera ahora hay llanteros, restaurantes; el problema es la calidad», explica. Según Rodríguez, algunas veces la comida que consumen les causa problemas estomacales.
Copacabana. El viaje se inicia nuevamente, esta vez la carretera visitada es La Paz-Copacabana. Después de atravesar durante casi una hora las calles congestionadas de la urbe alteña, se llega a la tranca de Corapata, ahí la Asociación de Comerciantes Minoristas construyó un baño. La inauguración fue hace dos semanas y los servicios aún son muy elementales. No hay agua corriente, se la almacena en turriles.
En Patamanta sólo hay un centro de salud y en Batallas una estación de combustible. A 74 kilómetros de La Paz está Huarina, donde se puede conseguir el auxilio de una llantería, un taller de soldadura, un mercado donde se vende comida, tiendas y un baño público, que sin embargo no siempre está abierto.
Ronald Machicado viaja con el Instituto Geográfico Militar. Según su experiencia, en las carreteras «lo que más falta son talleres mecánicos, sólo hay llanterías».
En este trayecto, las actividades más desarrolladas son la hotelería y la gastronomía, gracias al atractivo del lago Titicaca. Hay hoteles incluso de cinco estrellas, alojamientos y restaurantes con diferentes ofertas.
En Sankajahuira está el hospital Titicaca. Además de atender a la población, brinda servicios a los viajeros que los requieren, según la médico interna Lindsey Maure Durán. El viaje concluye con una visita a Tiquina donde hay mercado, restaurante y baño público, muy requerido por los turistas. Sin embargo, como en otras partes, no hay agua corriente. El agua para la limpieza se traslada en baldes. Tampoco hay jabón. Dos extranjeras protestan y la administradora del baño les responde a gritos: «Vayan a su país, así nomás es en Bolivia».






