Los niños ya no pueden jugar en el sube y baja del parque Orkojahuira, en la zona donde está la piscina del mismo nombre. Las aguas servidas de algunas casas convirtieron parte del área en una especie de pantano. El pasto ha crecido y las libélulas sobrevuelan las aguas verduscas.
El 19 de noviembre, La Razón visitó el parque en Miraflores (macrodistrito Centro) y observó problemas en el mantenimiento y limpieza. El área fue habilitada en diciembre del 2007 cuando se inauguró la piscina de Orkojahuira, en la avenida Pasoskanki.
El principal problema del parque, a un lado del río Orkojahuira, es la especie de pantano que se formó en el principio del sitio y que atrae a insectos y además, deja el ambiente de hedor.
De lejos parece un terreno con pasto, pero La Razón conoció que algunos niños sufrieron accidentes en el sector al pensar que el piso era firme. Es más, uno de los resbalines de madera no se puede usar por estar en el lugar. «Desde que se habilitó el parque no se a hecho mantenimiento. Este sector está así porque las cañerías del alcantarillado se han roto», señala Esther Ramos, vecina de la zona.
Explicación. El director de Comunicación de la Empresa Pública Social de Agua y Saneamiento (EPSAS), José Herbas, dijo que el problema se generó por una fuga de un alcantarillado dañado por «terceras personas» y que próximamente sería solucionado.
Si bien la subalcaldesa del macrodistrito Centro, Cecilia Ramos, explicó que no era competencia de la entidad las redes de alcantarillado, comprometió a que se realizará un mantenimiento de emergencia para limpiar las aguas servidas.
El gerente general de Emaverde, a cargo de los parques, Jaime Oviedo, agregó que el problema de la fuga por un mal funcionamiento de los colectores debe ser atendido por otras instancias de la Alcaldía.
Además de las aguas servidas, el sitio ha sufrido algunos deslizamientos que han afectado a los juegos, como dos columpios que no se pueden usar porque están enterrados. A eso se suma que otro está inservible y tres se encuentran con rajaduras. Las casitas de madera están despintadas, tienen grafitis y al puente colgante le faltan algunos tablones.
Los niños que se animan a ir al lugar no sólo tienen que lidiar con los desperfectos de los juegos que ponen en riesgo su seguridad o con el olor de las aguas servidas, sino también estar alertas ante personas que llegan para consumir bebidas alcohólicas y a indigentes que en las noches prenden fogatas para calentarse.






