Néstor perdió todo su capital por pagar su tratamiento renal
Recostado y con la mano derecha sobre la camilla, Néstor Vanegas se limpia el sudor de la frente. Está agitado e intenta respirar lento mientras cuenta su historia como enfermo renal.
«Me detectaron hace dos años. Yo no conocía el mal. Los médicos me dijeron que mis riñones dejaron de funcionar y que tengo insuficiencia renal crónica», dice este hombre de 67 años que dedicó su vida a trabajar el campo y que ahora apenas consigue dinero para vivir y pagar algunos gastos médicos. Néstor es uno de los pacientes de la Unidad de Hemodiálisis del hospital de Clínicas de La Paz, que atiende a 130 personas.
Recuerda que inició la hemodiálisis en una clínica privada, donde estuvo un período breve debido a que se quedó sin dinero para seguir pagando. «Tenía un capital de alrededor de 50 mil bolivianos, pero todo ese dinero se terminó pagando el tratamiento en la clínica y los medicamentos».
Al quedarse sin recursos, tramitó durante «varias semanas» su acceso al Seguro de Salud Para el Adulto Mayor (SSPAM). La jefe de la Unidad, Janet Terceros, explicó que el SSPAM cubre los insumos para el tratamiento, el uso de la máquina para hemodiálisis, los exámenes complementarios y los medicamentos.
El problema surge cuando se acaban los medicamentos e insumos, ya que los pacientes deben pagar por éstos. «Cuando no hay medicamentos en la farmacia del hospital tenemos que comprar de afuera y es más caro. A veces compro las agujas para la fístula, los bidones de las soluciones. Tengo que hacer lo imposible». En todo caso, el programa de salud renal del Gobierno subvenciona algunos productos. «Mi esposa es agricultora. Con eso me mantiene y me ayuda a costear el tratamiento médico. Mis hijos me ayudan pero no tienen suficiente dinero».
Añade que varias veces tuvo que pedir préstamo a sus familiares y que aún tiene deudas. Tiene cuatro hijos vivos, uno falleció. Vive con su esposa quien lo ayuda con los gastos médicos. Cuando se le pregunta dónde está su casa, prefiere no responder.
Debe recibir tratamiento tres veces a la semana durante cuatro horas por sesión. «Cuando eres enfermo renal la vida cambia», Debido a esto, por ejemplo, no puede trabajar porque luego de la sesión se siente débil y siente calambres «que son muy dolorosos».
El hijo de Benita pidió un préstamo para cubrir los gastos
«Hace dos años que estoy con el tratamiento de hemodiálisis. Hay días en que estoy bien, hay otros que me pongo mal y tienen que internarme, pero no tengo dinero para cubrir los gastos», relata Benita Velásquez (48), paciente de la Unidad de Hemodiálisis del Hospital de Clínicas. Recostada en una camilla, pone su mano izquierda a la altura de su estómago. Piensa y trata de recordar cómo se inició todo.
«Tenía 46 años. Recuerdo que después que realicé un viaje al interior del país mis pies comenzaron a hincharse». La jefa de la Unidad, Janet Terceros; señala que Benita padece de vasculitis (inflamación de los vasos sanguíneos debido a que el sistema inmunológico ataca a los vasos del paciente). La doctora indicó que necesita hemodiálisis y además otro tratamiento especializado contra el mal.
A Benita se le entrecorta la voz y calla tratando de contener las lágrimas. Pero no puede y se quiebra en llanto. «Mi hijo (uno de los seis que tiene) es el único que me mantiene. Él ha pedido un préstamo del banco para pagar los gastos y así pueda curarme. Poco a poco ha pagado pero no tenemos dinero».
No tiene seguro médico y el hijo que corre con la cuenta no posee un trabajo estable. Así, todo se hace aún más difícil. «Él paga los insumos, los medicamentos y los exámenes que necesito». Se dedica a las labores de casa y por semana se somete a tres sesiones de cuatro horas cada una.
«Gasto un promedio de 100 bolivianos por sesión. Aunque a veces se gasta más porque se necesita comprar un filtro que vale 180 bolivianos que dura para tres o cuatro sesiones, un anticoagulante llamado heparina que vale 50 bolivianos, dos agujas para cada sesión, guantes».
Además, también recurrió a prestarse dinero de familiares y amistades; sin embargo, ya no quieren seguir ayudándole. «Compro medicamentos un poco más barato en la farmacia del hospital pero no alcanza».
Benita vuelve a quebrarse en llanto cuando dice que ha buscado un trabajo que le permita emplearse día por medio, pero «la gente no quiere contratarme, quisiera trabajar y pagar el tratamiento para que mis hijos no gasten. Pide a las autoridades del Gobierno que el tratamiento de hemodiálisis sea gratuito para todos.
Padece de cáncer de hígado y no tiene dinero para el tratamiento
Los ojos cafés de Esperanza (nombre ficticio) reflejan tristeza. Recostada sobre una cama, levanta la cabeza, duda mientras intenta buscar las palabras correctas, pero su mirada se esconde. «Desde que me dieron la noticia de mi enfermedad me dijeron que no había remedio pero gracias a Dios sigo viva. Tengo ganas de vivir por mi hijo de 14 años», dice y empieza a llorar.
Cuando La Razón habló con esta mujer de 41 años, 7 de diciembre, tenía puesta una sudadera roja y un gorro negro que cubría el poco cabello que tenía. Estaba delgada y debido al cáncer de hígado que sufre y su rostro lucía unas manchas oscuras. Hace meses que se internó en la Unidad de Oncología del Hospital de Clínicas. Desde entonces, ha subido cinco kilos, ahora pesa 45.
«Ya es la segunda vez que tengo cáncer. Hace 10 años tenía cáncer en el recto pero me he curado», dice Esperanza mientras ve el suero que contiene los fármacos de la cuarta quimioterapia. Según el médico que la atiende, el cáncer derivó en metastasis (propagación a otro órgano).
«Mis familiares y amigos me ayudan. Entre todos recolectan un poco de dinero y me dan para pagar algunos gastos médicos. Pero a veces siento que se han aburrido de mí. Pero quiero vivir». Hace 10 años que se separó del padre de su hijo y no recibe asistencia familiar. Pese a eso se aferra a la vida. «Quisiera que Dios me dé unos 15 años de vida para ver a mi hijo. Él ya creció sin padre pero aún no puedo irme».
Esperanza dice que para curar el mal necesita ocho quimioterapias. Hasta ahora, se ha sometido a cuatro y necesita otras cuatro. Cada una cuesta Bs 2.500 lo que signfica que necesita Bs 10 mil. Esto, sin tomar en cuenta los gastos de internación y los medicamentos que debe ingerir y que «son muy costosos».
Ya que no puede trabajar, antes fue niñera y secretaria, para pagar el tratamiento gastó sus ahorros y los de su hermana, dejó el alquiler que tenía y sus amigas le ayudaron con dinero. Trabajo Social del hospital le tramitó descuentos. Entre sollozos, pide apoyo. «Que me ayuden para pagar las quimioterapias y los fármacos para seguir viviendo».
Irene vendió parte de su terreno en Río Abajo para pagar la hemodiálisis
«Mis riñones ya no funcionan. Soy enferma renal y desde abril recibo hemodiálisis», señala Irene Uscamayta mientras mira las marcas que le dejaron las agujas usadas en el tramiento.
Trata de levantarse de la camilla para responder las preguntas, pero las fuerzas no le alcanzan. Respira y continúa su relato. «Una vez me desmayé y mis pies estaban hinchados. Me interné en la clínica Santa María pero fue por poco tiempo. Luego estuve en la clínica Rengel».
Irene dice que en la última clínica el costo por sesión era de Bs 650, monto que cubría el uso de la máquina e insumos, «pero me pedían otros medicamentos que eran muy caros». Estuvo dos meses en el centro privado debido a que ya no le alcanzó el dinero. «Tuve que vender una gran extensión del terreno (en Río Abajo, en la zona Sur de La Paz) en el que vivo para pagar los gastos».
Ahora, junto a sus tres hijos y su esposo habitan en una pequeña parte de sus tierras. La mujer, de 42 años, antes se dedicaba a la agricultura. No tiene seguro de salud y ahora tampoco recursos. «Un médico me ha ayudado para conseguir un espacio en la Unidad de Hemodiálisis del Hospital Boliviano Holandés», en El Alto.
Si bien dice que hay algunos descuentos en insumos y medicamentos, cada mes destina unos Bs 1.400 para cubrir su tratamiento de hemodiálisis.
«Mi esposo es agricultor y albañil. Es la única persona que me mantiene y me ayuda con los gastos por cada sesión que tengo que hacer. A veces mi hija va a ayudar y el dinero que consigue me da. Esta enfermedad te hace dependiente si no la realizas podemos fallecer».
Cuando no tiene dinero necesario para comprar insumos no se hace el tratamiento. «Yo me lo hago dos veces por semana cuando deberían ser tres pero no me alcanza. Por sesión gasto entre Bs 200 y 300». Además, debe Bs 1.500 a su mamá, pero le irá pagando de a poco.
Por eso pide que la gente le ayude con medicamentos o insumos. Ella asiste a la unidad los martes y viernes en la tarde.
No tiene seguro médico y apenas comienza el tratamiento
En la pared junto a su cama hay un crucifijo de madera. Salomé está agitada y pone su mano derecha sobre el pecho, mientras mira a través de un vidrio el árbol de Navidad instalado en la sala de espera de la Unidad de Hemodiálisis del Hospital Boliviano Holandés en El Alto.
Hace tres meses que le diagnosticaron la enfermedad de insuficiencia renal crónica. «Recién he empezado el tratamiento, pero sumando uno a uno los insumos suman cerca de Bs 200 por sesión. No tengo seguro médico y tengo que comprar sueros, agujas para fístula que son desechables. Realizo tres sesiones por semana.
Además el uso de la máquina cuesta 25 bolivianos». Salomé es ama de casa y tiene un hijo (16) y una hija (12). Su marido se dedica al transporte pesado y es el que se hace cargo de mantener a la familia.
«Estoy preocupada hoy (martes 7) me han pedido que me realice una ecografía que vale Bs 208 y luego unos análisis para controlar la enfermedad. Sería bueno que nos ayuden. En algunos países la atención sanitaria es gratuita», indica.
Su voz se entrecorta y se hace un nudo en la garganta. «Yo no sabía qué era ser un enfermo renal. Cuando te pasa, recién valoras. Día por medio, mi hijo me acompaña porque salgo de aquí muy débil y cansada. Es difícil pensar que vivirás así», dice mientras llora.
La mujer de ojos negros dice que el Gobierno debería facilitar a los enfermos renales un crédito sin intereses para cubrir los gastos médicos. «Poco a poco pagaríamos eso puede ser de gran ayuda».






