Don Mario Rojas Frías viajó desde Roboré, a unos 406 km de Santa Cruz, para ayudar a su nieto Miguel Frías, atrapado entre los escombros, pero desde que arribó a la ciudad lo único que escuchó es que debe tener paciencia.
«Me piden paciencia a mis 65 años. Me dicen que espere y no puedo seguir así. Mi nieto era un buen chico», dijo ayer el hombre de canas y bigotes en uno de los ingresos al campo de operaciones donde unos 600 rescatistas intentan hallar con vida a la gente atrapada por los fierros y el concreto.
«He visto salir por lo menos unos dos cuerpos, pero ninguno era Miguel». Su nieto, al igual que Yhonny Calisaya Cairo y Luis Egüez, fue llamado por los arquitectos del Málaga para apuntar los pilares que se habían rajado la mañana del lunes. «Ha venido por primera vez y pasó esta desgracia».
Mientras aguarda noticias de Miguel, el joven de 21 años y padre de un hijo de tres años, el abuelo cuenta que su nieto «era fierrista (hacía los encofrados para el vaciado del cemento) y había aprendido mucho en construcción durante el último año».
El abuelo se enteró el martes por la noche que Miguel estaba en el siniestro. «Me llamó su madre y me vine urgente». El viaje de cerca de cinco horas desde Roboré se hizo toda una eternidad para él.
«Ahora nadie me dice nada. Sólo hay que esperar y ojalá rescaten con vida a Miguel», dijo el abuelo, que definió a su nieto como «un hombre valiente», al haber aceptado trabajar en la obra cuando se venía abajo.






