La biodiversidad y los atributos biofísicos de la frontera tripartita que comparten Perú, Brasil y Bolivia convierten a esta zona en uno de los parques naturales más significativos del planeta, una joya natural. Propios y extraños reconocen el valor de este ecosistema, que alberga a decenas de comunidades indígenas aisladas voluntariamente con el fin de preservar su cultura.
Desafortunadamente, la migración no basta para resguardar su forma de vida ni el valor natural de la Amazonia. En Brasil, imágenes de una familia indígena, que aparece en sincronía con el entorno (semidesnudos, arcos y flechas en mano, pintarrajeados, cestos repletos de papaya y maíz a su alrededor), han sido publicadas por la ONG Survival International con la intención de llamar la atención del mundo bajo la consigna: «Madereros ilegales destruirán a este pueblo indígena. Es vital que el Gobierno peruano los detenga antes de que sea demasiado tarde». Un descuido similar ocurre en nuestro territorio. Por ejemplo, en el Parque Madidi, tractores del municipio de Apolo abrieron el pasado año una brecha hasta Azariamas, buscando explotar uno de los últimos manchones de madera preciosa, a pesar de las prohibiciones que penalizan el tráfico maderero en los reservorios. Urge concentrar esfuerzos alrededor de ese llamado.






