En Pucarani, en el altiplano paceño, a diario se libran batallas intensas, terribles. Los soldados pelean por su vida; hay quienes vencen y son héroes en serio, otros caen. Los hay, más héroes aún, que vuelven al frente para continuar peleando.
Su guerra, de las pocas que tiene sentido, es contra sí mismos. El enemigo está dentro de cada soldado: la adicción al alcohol y otras drogas les plantea el desafío. Por suerte, existe el Centro Boliviano de Solidaridad Vida, una comunidad terapéutica que brinda su respaldo a estas personas desde hace dos décadas.
Un grupo de mujeres decidió impulsar la creación del centro y siguen siendo damas voluntarias las que ayudan a que siga cumpliendo su función invalorable de rehabilitación.
Las embajadas de Alemania, Inglaterra, Francia, Holanda, Bélgica y Estados Unidos han aportado a esta obra que, en funcionamiento, con resultados, siempre está necesitada de respaldo, pues hay que pagar a los terapeutas y otros profesionales, además de brindar a las personas que buscan ayuda —que deciden ayudarse a sí mismas— lo mínimo necesario para una existencia digna.
Bien harían las empresas que lucran con el alcohol, por ejemplo, en aportar para reparar el daño que provoca el exceso. No es su culpa, pero…






