Lo que seguramente debía ser uno de esos momentos cumbre en la vida de las personas, la ceremonia de graduación profesional, se frustró para la generación 2010 de licenciados en Derecho de la Universidad Mayor de San Simón, porque, irónicamente, algunos de los flamantes abogados decidieron vulnerar los derechos de una de sus compañeras ejecutando lo que podría calificarse como un linchamiento de su imagen.
En la fotografía original las y los flamantes abogados llevan puesta una toga y una banda con los colores de la universidad, excepto Amalia, quien en uso de su derecho constitucional a la propia imagen en vez de la prenda ceremonial viste una blusa y una pollera corta, típicas de las ‘cholas’ del valle; la versión modificada de la fotografía la muestra vistiendo toga como los demás, además de pantalón y zapatos altos. No sólo eso, el retoque fotográfico incluyó servicio de peluquería, pues también le cambiaron el peinado.
Según la denuncia pública que hizo la afectada, el grupo de egresados se reunió para organizar el acto de graduación, y algunos de ellos, en su ausencia, tomaron la decisión de alterar la fotografía del grupo, pagando a un estudio fotográfico para hacerlo. Una de las compañeras de la afectada aseguró a un diario de Cochabamba que no hubo tal alteración y que la denunciante no llevaba puesta su vestimenta habitual. Sin embargo, esta vez las imágenes no mienten y es obvio que la imagen fue alterada.
Por donde se lo mire, el caso es una muestra de discriminación. Es fácil inferir que detrás de la atrevida, pero sobre todo ilegal, decisión de cambiar la imagen de una persona está, precisamente, esa fractura social provocada por la incapacidad de algunos de reconocer como iguales a los demás.
Si no, ¿qué otra motivación podría tener una persona para alterar los rasgos de identidad de otra?
El asunto es especialmente grave porque los autores se cuentan entre los profesionales que administrarán las leyes y la justicia, y si antes de comenzar a ejercer ya son capaces de un atropello como el que se comenta, no hay razones para sentir optimismo hacia el futuro.
Mientras la sociedad siga teniendo entre sus miembros a quienes no sólo se resisten a aceptar y respetar la diversidad, sino que están dispuestos a impedirla a cualquier costo, seguiremos lejos de resolver la más nociva de las tensiones nacionales. Y habrá que ver si la penalización sirve de algo.






