En medio de la angustia, empiezan a surgir lunares de esperanza. En Japón, una niña de cuatro meses logró sobrevivir tres días entre los escombros. El viernes en la noche, luego del tsunami, la bebé fue arrebatada de entre los brazos de su madre cuando el mar ingresó hasta su hogar. Sus progenitores sobrevivieron al desastre, y desde entonces concentraron su tiempo y esfuerzo buscando a su mayor tesoro, pero sin éxito. A los tres días, una patrulla oyó el llanto de la pequeña y la pudo rescatar. Se encontraba deshidratada, con hipotermia, pero viva. Buscaron entonces a su padre y lo encontraron a pocos metros escarbando junto a los escombros de su hogar. El rostro de alegría de ese hombre que —embarrado por el lodo, la angustia y el temor— recobraba la vida y el aliento, sin duda quedará grabado en la mente de los militares. Este hecho fue bautizado como «el pequeño milagro de Ishinomaki». Pero no es el único, cada vez son más los testimonios de rescates milagrosos.
En comparación a los miles de muertos y desaparecidos, estos pocos casos podrían parecer irrelevantes; sin embargo, su valor simbólico es inmensamente más grande que su número, tanto más importantes por cuanto contienen una esperanza susceptible de irradiarse entre los rescatistas y pobladores de las regiones devastadas.






