La religión Católica aconseja no ingerir carne el Viernes Santo, como una suerte de alegoría por el pesar de la muerte de Jesús. Esta tradición, arraigada en el país, ha ido adquiriendo diferentes connotaciones con el paso del tiempo, plasmadas en diversos platos, pero también en el número de comidas.
Por ejemplo, algunos fieles acostumbran compartir hasta 12 platos en alusión a los apóstoles que participaron en la Última Cena. Naturalmente, estas variaciones se hallan condicionadas por las limitaciones alimentarias de cada región. Verbigracia, en el occidente del país, al ser el pescado y los mariscos alimentos suntuarios para muchas familias, se buscan alternativas criollas como el pesk’e, el queso humacha o el cochayuyo, que no necesitan ningún tipo de carne para reunir a la familia en torno a una de las celebraciones más significativas del mundo cristiano.
En las sociedades avanzadas, el ajetreo y la indiferencia interrumpen cada vez con mayor frecuencia la conexión de los seres humanos entre ellos y con los goces del espíritu, para privilegiar lo inmediato y placentero, aunque fugaz. En este sentido, huelga valorar y conservar tradiciones como la preparación y el disfrute de la comida en Viernes Santo, que permiten preservar valores y mantener unidas a las familias.






