En efecto, el país adolece de males estructurales que están destruyendo aceleradamente nuestros bosques (anualmente se deforestan cerca de 350 mil hectáreas convirtiendo a Bolivia en el tercer mayor «deforestador» de bosques tropicales del mundo), y que hasta ahora nadie se ha propuesto erradicar. Este atentado contra la naturaleza no ocurre por falta de leyes, sino por prácticas sociales y económicas que contravienen todo principio de conservación.
Es el caso por ejemplo de la ampliación de la frontera agrícola para plantaciones agroindustriales (principalmente de soya y caña de azúcar) y para tierras de pastoreo, impulsada no sólo por grandes empresarios sino también por los diferentes gobiernos, incluyendo a la actual administración. En efecto, según datos del INE, la superficie cultivada solamente de soya se incrementó de 200 mil hectáreas en 1991 a más de un millón durante el 2008, como consecuencia del marcado apoyo gubernamental hacia estos productos.
Los peligros inmersos en la deforestación son muy grandes. En primer lugar se encuentra la pérdida de biodiversidad, aspecto fundamental para la vida no sólo en términos de fauna y flora, sino también humana. En efecto, a medida que disminuye la biodiversidad de cultivos y animales, aumentan las plagas y el suministro de alimentos se vuelve más vulnerable e insostenible.
El calentamiento global constituye otro de los peligros de la deforestación. De acuerdo con datos de la ONU, el cambio de uso de suelos es responsable del 25% de la generación de gases de efecto invernadero a nivel mundial; y Bolivia ostenta uno de los índices per cápita más altos del mundo por este tipo de contaminación. Las alteraciones hidrológicas son otras de las repercusiones. Cuando los árboles son talados, los cursos y cauces de agua se diluyen, agudizando las sequías durante las épocas secas. En época de lluvias, la erosión de los suelos deforestados y la ausencia de los bosques que antes encauzaban naturalmente a los ríos devienen en grandes inundaciones.
Por todos estos aspectos, la implementación de programas (como el que viene impulsando el fondo ambiental PUMA con el apoyo de Holanda) que impulsan el aprovechamiento sustentable de los bosques a organizaciones comunitarias, que valoran y respetan su hábitat, es fundamental para frenar el actual proceso de deforestación y generar cambios sustanciales en la explotación forestal.






