Pídeme el cielo y te lo doy, las estrellas, te las doy, pero no me pidas mar porque Bolivia no tiene mar» coreaban a viva voz 5.000 personas, en el Teatro al Aire Libre, a finales de los noventa. Es que Miguel Orías, el cumbiero de melena estilo Diablo Etcheverry, en aquella época la tenía clara. Consiguió el éxito popular con una canción que se sustentaba en el lamento, es decir, a partir de un sentimiento (pérdida marítima) que desde el colegio nos lo van internalizando, con el propósito de construir un espíritu patriota.
Como diría Geertz, cuando la tradición de la política civil es débil, y cuando los vínculos primordiales como la religión, la lengua o regionalismos son diversos, un sentimiento solidario de unidad es lo que permite construir un Estado Nación; porque un Estado no es una Nación, ni una Nación es un Estado. En el caso de Bolivia, este sentimiento solidario de unidad se sustenta en el lamento de las pérdidas territoriales, principalmente del mar. Por lo cual, para mantener la unidad nacional, sobre una sociedad heterogénea, se necesita reafirmar cada cierto tiempo este sentimiento solidario de unidad, aún más, cuando se suscitan problemas sociales que pueden desestabilizar al poder constituido.
El expresidente Carlos Mesa abanderó la demanda marítima, debido a la inexistente creación de alguna reforma institucional dentro de un modelo de Estado Neoliberal. Nuevamente la demanda marítima es una estrategia ideológica de reafirmación nacionalista como respuesta al fracaso de las reformas estructurales que producen el descontento popular.
Con este fin nacionalista patrimonialista se intenta nuevamente fortalecer este sentimiento solidario de unidad, a partir de nombrar patrimonio a algunas danzas folklóricas, y expandiendo una tradición inventada a finales de los años setenta como propuesta nacional. Creando una tradición cultural común, al transformar el Inti Raymi en año nuevo aymara, y ahora año nuevo andino – amazónico 5519.
El decretazo posteriormente derogado produjo una salida simbólica, gobernar obedeciendo al pueblo, se evidenció que el Gobierno pierde popularidad al transformarse de benefactor a administrador, derrumbándose la imagen de Estado fuerte. Se generó una nueva etapa, los conflictos dejaron de ser regionales o partidarios para constituirse en corporativos.
La línea política gubernamental retorna a una izquierda tradicional que deja relegado el discurso indígena, lo que en principió representó la base ideológica de la Constitución de este nuevo Estado, a simple folklore; es decir, a una versión boba sin ninguna trascendencia política y a los indígenas como simples ornamentos culturalistas, como diría Silvia Rivera al analizar el Álbum de la Revolución de 1952, de José Fellman Velarde.
Eduardo Schwartzberg
es sociólogo.






